miércoles, 23 de octubre de 2013

Un par de negritos… ¡Carajo!

Un par de negritos… ¡Carajo!



(Dedicado a Marcio y Leo con cariño)

-Me los cuida ¿no?, don- me recomendó María la madre. Le juré.
Solo transcurrieron quince días desde el primer contacto. 
Me había mudado a un bungaló, allá por lo de don Pío. Caminaba doscientos metros y ya me hallaba inmerso en una jungla espectacular donde vería, en dos meses más, fructificar y hartarme de moras silvestres. Lo había hecho en la alta cordillera después de las nieves en el sur de Chile, allá por los ’60. Sin embargo extasiar mi vista ante ramilletes de orquídeas amarillas pequeñas bebiendo vitalidad de troncos añosos y a veces casi podridos nunca, como en ese mi nuevo “patio trasero” de quebradas oscuras y rumorosas. Alguna vez había regalado caras orquídeas rojizas y blancas mucho más grandes compradas en una florería para Blanca, mi amor salteño imposible en Rosario. Intenté recrear para ella alguna planta de orquídeas, pero a pesar de estudios y métodos siempre fracasé. Y ahora cada mañana presenciaría el crecimiento sigiloso y constante de estos prodigios naturales.
Sin embargo a los setenta todavía me movilizaba la curiosidad infantil de descubrir algo nuevo.
Una mañana les pedí “¿Me traen leña de la selva?” Les pagué. “¿Me limpian el patio?” Les pagué. El sábado “¿me llevan a algún lugar en la montaña que conozcan?”… a tomar fotos.
Le brillaron los ojos al menor cuando con un gesto indiscutible en la mirada,
-¿Allá?- preguntó al mayor disimulando la dirección con un gesto de cabeza.
-Ajá- como jefe no supo disimular la complicidad entre ambos. Donde no se les permitiría ir jamás, por supuesto. “Lo olvidarán” pensé refugiándome en mis escritos.
Eran mis vecinos más cercanos, que se me ocurría deberían ser pobres, pero estaba equivocado.
-¿Aquí? ¿En esta selva? No, no he encontrado amigos todavía. Es más ¿te digo algo? Ese fin de semana…

Dos negritos. Hermanos. Leo de diez, serio, calmo, algo caprichoso, el nuevo Messi pero de caligrafía impecable; Marcio, doce, desafiante, revoltoso, intrépido y pésimo estudiante, según se opina, pero tengo mis reservas.
El sábado a las trece horas:
–¡Eh! Don, vamos!
– Demasiado calor, más tarde- Desde el ventanal contesto, sorprendido de que no lo hubieran olvidado..
Insisten dos horas más tarde.
– Y no se les ocurra ir al Cañón dentao– amonesta la madre–las víboras y los liones.
Suponiendo que es hacia allá donde precisamente me llevarían, les doy rienda suelta al comenzar el ascenso, el sol a nuestras espaldas. No obstante al descender por el Abrito y sus aguas crepitantes de luz, donde ya ni la mirada materna, ni de la abuela Mena, que nos saluda desde la puerta, los alcanza, giran en sentido opuesto por una cornisa, cara al sol.
Los sigo por donde me conducen. No abro yo el camino, en primer lugar porque no lo conozco. Y también un adulto al frente, siempre crea la imagen de jefe, rector, guía indiscutible reteniendo la naturaleza infantil de la búsqueda propia, personal de hacia dónde dirigirse. Van al frente, yo muy cercano, los sigo. En ese momento resurge en mi corazón con fuerte vibrar Machado: “caminante no hay camino se hace camino al andar”
¿Tiene capacidad un niño para eso? Por mi propia experiencia infantil sé que es posible cuando el niño tiene ciertas garantías. Permitiré hoy que ellos hagan creen senderos propios al andar. Mi presencia cercana a sus espaldas deberá infundirles resguardo, protección, no coartarlos, restringir su motilidad; así los veré y fotografiaré lo que no se ve, su confianza, su bravura, su miedo y su ingenuidad tan indispensables en esa edad. Tendrán a la vez en mi presencia, aunque no ven porque voy siempre detrás, la garantía de seguridad indispensable porque han experimentado más de una vez en su propia carne, supongo, la tontería entrelazada al corazón juvenil e inexperto, mas alguien advertirá el peligro antes  y eso los tranquiliza
Además, por acciones anteriores, saben que mayor libertad es la consecuencia de mayor cordura. Por lo tanto la oportunidad de la  autonomía, ser como son, hacer lo que desean superando obstáculos por su cuenta, les permitirá el actuar espontáneo. Entonces hoy, liberaré a estos niños de restricciones para que viertan su llaneza en el juego, en lo que los entretiene, transformando ese instante natural de búsqueda permanente de lo desconocido, el ansia de ¿que tras cada montaña nueva o las ya conocidas?. Es cierto;  por naturaleza está implicado el miedo, el temor a ello, y ese mismo estado de ánimo los azuza a la creatividad, a enfrentar circunstancias que ellos deberán resolver… sabiendo siempre que la seguridad les sigue. El miedo y el temor lejos de ser una debilidad, es una condición indispensable para auto protegerse sin acobardarse ante el futuro de arribar a puertos desconocidos. Es la idiosincrasia del juego: a mayor temor al riesgo mayor creación… ya gateando ha comprendido: nuevos problemas abre nuevas posibilidades y asume valor. Eso haré hoy, aunque ¿sinceramente?... no conozco los bueyes con que aro.

Al principio los muchachos conservan la distancia, física y emocional; a pesar, están conscientes de todos mis actos, desconocidos para ellos porque soy eso un desconocido con costumbres ignoradas. Por eso disfrutan presenciando espontaneidad y liberación en el mismo adulto. Si éste, desnudo de viejos prejuicios, en lo que ha sido domesticado desde el primer grado, por su modo de actuar rompe la tirantez que su simple presencia acartonada provoca en el niño por costumbre, ellos manifestarán su propia esencia. Un padre no es el amigo de su hijo, es el padre y él espera que actúe como tal. Aguarda a otros cumplir la función de amigos lo que implica independización de sentimientos y apertura a otras realidades que fuera del hogar los amigos le pueden agregar.
Entonces: no sobreactúo. Simplemente actúo con mi naturalidad diaria en lo que sé hacer, tomar foto al más despreciables árbol seco que a nadie importaría, sorprenderlos al ver a un viejo ascender a duras penas a los árboles para filmar desde una visión más panorámica y así escuchar su comentario en los ojos al arrojarme al suelo boca arriba o abajo para lograr una perspectiva diferente, rodar por la pendiente hasta llegar a una alta roca -¡maldita artrosis!- y de allí invitarlos a ver el magnífico espectáculo que solamente esa posición brinda.
-Hagan un rectángulo con sus manos. ¿Saben que es un rectángulo verdad?
-Por supuesto.
-Observen. Suelten las manos y miren. Vuelvan a formar el rectángulo. ¿Es igual lo que ahora ven?
-Bueno sí…no, no, es distinto.
-Distinto ¿Cómo?
-Como si todo lo otro se fue.
-Observen bien. ¿Hay algo que ahora ven y antes parecía que no estar allí?
-Nada- dice el menor.
-No- el mayor- ahí veo ese mololo todo cubierto de sachas secas.
-¡Y yo veo ahora una piedra manchada de rojo!-grita Leo.
-Siempre estuvieron allí, suelten las manos y vean si no están.
-¡Sí que están!
-Ahora formen el rectángulo y desde la derecha vayan girando la cabeza… ahora de arriba hacia abajo siempre muy lento-los niños lo hacen- ¿Qué han visto?
-Todo.
-¿De un solo golpe o en partecitas?
-Partecitas.
-Han estado filmando todo el paisaje antes sus ojos. Bueno eso es una perspectiva. La vida es así; pasa delante de nuestros ojos y depende de nuestra posición cómo la veremos pasar.
-¿Y eso qué quiere decir?-Pregunto Marcio.
-Ya hablaremos de eso.
Ahora la distancia es menor. ¿Cómo disminuirla? Sé que un niño jamás rechazaría una oportunidad como esta:
-¿Pueden tomarme una foto desde arriba de un árbol con ese paisaje de fondo?
-¿Nosotros?
-¿Quién más va a ser? ¿Ese gallinazo que pasa volando?-se miran como cuando un niño quiere decirle a otro sin palabras: “Está loco, pero ¡vamos!”- Miren así se hace.
El primer dispuesto es Leo.
En sus manos mi costosa y sofisticada réflex Nikon..
-Así siempre hay que llevar una cámara- le cruzo tras el cuello la correa - contra el pecho para
evitarle daño ante un tropezón o que la roce algo dañando la lente- le explico como pretexto para zamarrearle el pelo con fuerza ¿Cuánto hace que no acaricio el cabello de mi hijo?
Después le explico algo sobre el encuadre, la disposición apropiada entre las nueve cuadrículas, cómo ubicarse con relación al sol, qué es un primer plano. ¿Y cómo? ¿Y cómo? Sí ya sé, cómo disparar, aquí, aquí sencillamente primero presionás suavemente hasta que todo se vea claro, no borroso y entonces  ¡zac! a fondo y ya está la toma.
Marcio a varios metros simula desinterés hasta el momento en que se cruzan nuestras miradas. Recién en ese momento, a pesar de dos semanas de tratarnos, descubro que su ojo izquierdo tiene una leve desviación. ¿Cómo en tantos días no me he percatado de esa diferencia, apenas notable, yo que siempre miro “implacablemente” a los ojos?
Se trepa a un árbol del que cuelgan como jarcias largos bejucos.
-¡Omar!- me grita- ¡mire lo que puedo hacer!- balanceándose se suelta del bejuco y vuela atrapando en el aire otro más cercano que plasmo en muchas fotos y al fin se arroja al suelo en medio de un alarido.
“Yo también puedo”, me está diciendo. Me habla de su persona, de sus logros, pero es evidente que entre hermanos más que competir hay confabulación perfecta cuando la necesitan. ¿Podría ser que está indicándome que si se propone algo, lo consigue? ¿Intenta explicarme que no es inferior a su hermano menor, que al parecer siempre saca mejores notas? ¿O tratará de probarme que hay acciones que jamás dependen de clasificaciones?  Cada niño es un misterio, lo sé por experiencia.
-Vení-le digo. Torno a explicarle lo mismo que a Leo, incluyendo el zamarreo de su oscuro cabello.
A partir de ese momento, ambos se adueñan de la cámara; la tratan con más delicadeza que yo y terminarán logrando más de 100 exposiciones entre ambos esta tarde.
Me sorprende esa capacidad de comprensión tanto oculta como veloz, audaz. Las funciones de una cámara son en extremo complicadas, más para un niño, supongo yo, que jamás tuvo ni la más remota idea de cómo se siente una cámara entre los dedos. Utilizan mis posturas, el modo de afirmarme, notan cómo observo yo la posición de la luz, ya se corregían entre ellos en base a lo contemplado en mí. Dejo que entre ellos investiguen y se sorprendan.
-No zonzo, así no.
-Tírate al suelo.
-¿Qué sabés vos pachón?-en ese momento remonté hacia aquel primer día cuando pusieron una Leica Flex, y su lente Karl Zeiss por primera vez en mis manos. ¿”Está loco”? recuerdo que pensé a los diez años. Sentí un cosquilleo en todo el cuerpo. Un desconocido, de pronto me permite ver y crear la vida a mi antojo, interpretarla desde mi perspectiva, según lo que yo escoja. Inesperadamente vino a mi memoria aquella escena que marcaría mi pasión por la creación de vida  a través de mis propios ojos, escudriñándolo todo, al recrear en estos niños mis propios sentimientos… cuando una risa ahogada, fría y distante con su hábil navaja de jardinero rajando raja una T en mi piel desacostumbrada para ungir en ella estos dos nuevos injertos... Bajo la vista para que los niños no me vean.

Me han llevado a lugares tan elevados en la montaña, donde jamás hubiera ido solo, menos atravesando selvas… hasta el Cañón dentao. Machete para adulto en las manos, a causa de las serpientes, esos cuerpos pequeños, delgados, van haciendo camino entre los matorrales, para mí, solo deteniéndose a quitarme la cámara por un  gallinazo carroñero que vuela bajo las nubes.
Agotado yo, hambrientos ellos por una hora de ascenso continuo, nos sentamos a comer algo. He preparado sándwiches de mortadela; su madre,  una botella con tres litros de agua y limón. Muerdo mi primer sandwich descuidadamente sin prestar atención a ellos; cuando me doy cuenta de que ellos no lo hacen les pregunto por qué no comen; al extenderles la comida veo que la educación les impide servirse sin ser invitados ante una persona mayor.
El padre me ha efectuado reparaciones en el baño del bungalow, pero eran necesarios unos ajustes.
-Díganle a su papá Miguel
-No es mi papá- contestan en el acto a coro sin que yo terminara la frase-es el Talio.
-¿El qué?
-Talio.
-El esposo de mamá, ¿no?
-No-enfatiza el mayor-no están casados.
-Pero
-Es el padrastro-agregó Leo.
Hago tiempo porque no sabía como seguir sin meter la pata de nuevo y la meto al preguntar:
-¿Y va bien la cosa con el padrastro?- los niños se observan en silencio incómodo. Expresan algo entrecortado que no alcanzo a comprender por su acento local, creo; se sonríen entre ellos con una pequeña mueca. Lo han dicho todo sin decir nada. Yo conocía por experiencia ese lenguaje, solo lo he olvidado. Un niño lo dice todo, sin nada. Un niño prevé los resultados  de ser demasiado claro con el adulto, percibe las complicaciones de ser excesivamente confiado de boca, con ellos; olfatean reprimendas,  a veces hasta palizas consecuentes a su fresca sinceridad. Quizás lo haga una vez por confiar demasiado. La segunda, no; no más. En las medias palabras, los gestos abreviados a su compinche, lo expresan todo. Todo. Sin decir tanto como para involucrar un ajuste de cuentas algún día siguiente. Yo sabía muy bien eso, demasiado; sólo me faltó ese hermano menor, el cómplice indispensable ¿Cómo pude ser tan imprudente al preguntar? Sabía bien los resultados. Donde aparece un padrastro o madrastra, la existencia del niño, si ya ha pasado los cinco años puede ser traumática, no necesariamente por el adulto en sí, sino por el cambio incomprensible que significa para el niño. He conocido varios casos donde adulto presiona al niño o niña a usar “papá o “mamá”, cuando eso implica un sentimiento que no tienen. Algunos amigos tardaron diez, hasta quince años para que los jóvenes se ajustaran a la nueva presencia y jamás lograron que se les llamara papá o mamá. Los más inteligentes nunca lo pretendieron. Dentro del fabuloso mundo infantil donde no existen límites, pero las dimensiones cercanas se acortan, se encasillan en los únicos sentimientos acostumbrados su carecen de preparación para cambios tan sorprendentes. Los amigos que han logrado una vida “normal” son los que no han forzado jamás las circunstancias, sino que han acomodado su vida a ello, porque en síntesis no es el niño o la niña quien ha optado por esa decisión, es el adulto. Preparado o no debe encarar su responsabilidad por su decisión porque es el amor, el afecto y el respeto al niño, propio o ajeno, lo que prima, no la nueva unión, porque ésta durante años dependerá de la maestría en manifestar tales sentimientos.
Ante la reacción de los niños cambio de tema.
- ¿Qué tendrán que estudiar esta noche?
-Sociales- responde Marcio.
-¿Qué es “sociales”?
-No sé.
-¿Cómo “no sé”? ¿No te han enseñado de eso?
- Nada.
-Dime “NoNada”- comprendo que esa será la única respuesta que obtendré cuando le pregunte a “NoNada” sobre sus materias escolares y no intento moralizarlo ni adoctrinarlo cuando le pregunto- ¿Cómo harás cuando tengas una evaluación?
-Está en el libro. Voy a hacer un machete.
-Nunca tuve que hacer eso- y comienzo a contarles un “cuento” sobre mi infancia y los estudios. De tanto en tanto se miran entre ellos y echan afuera una risita un tanto burlesca pero he captado el interés de ellos, especialmente al ser franco sobre mis rebeldía constante y las consecuentes palizas, a pesar de las mejores notas.
-Vos sos rebelde también-señalo a Marcio que grita
-¡Siiiií!
Comprendo que la tan mentada rebeldía en los niños, no es sino otra manifestación de crear, construir; es un sentimiento punzante como espolón de avispa que lo lleva no necesariamente a la oposición, al rechazo, sino a la búsqueda de su propia identidad, única, personalísima que lo identifique como un ser vital, no un ente domesticable más allá de lo que él anhela. Él mismo tiene ese derecho y está consciente cuando ve al adulto actuar a voluntad, y él mismo puede lograr eso, puede aprender a disciplinarse, establecer sus propios límites dentro de los cuales moverse organizadamente en base a su conciencia natural.

Hacia el atardecer llegamos a la cima. Dos horas difíciles con estos guerreros implacables.
Tomamos fotos por todos los ángulos de un paisaje inmemorable. Estoy satisfecho en especial porque ya no hay la más mínima distancia entre nosotros: cada uno sabe del otro lo que quiere. En especial lo de la rebeldía nos identifica, nos une lo suficiente como para aceptar una mano cuando te la tienden. Así lo hemos comprendido los tres.
En un momento dado les digo:
-Párense frente a mí. Más cerca entre ustedes. Más, más cerca- hacen gestos algo negativos- Mírense a los ojos- se miran, se ríen,  se esquivan rápidamente como avergonzados- Vamos, mírense de frente, más cerca. ¿De qué color son los ojos?- giran sus caritas en direcciones diferentes, esquivando la mirada del hermano- Vamos, Leo ¿de qué color son los de Marcio?- Leo miró a Marcio sin levantar la cabeza.
-Negros.
-¿Bien negros?
-Requete-negros.
-Y los de Leo ¿cómo son Marcio?
-Puta, don Omar, ¿por qué hace eso?
-¡Esa boca! No me mirés a mí, a él miralo-
Marcio inclina la cabeza y observa al más pequeño que se muerde los labios por la risa.
-Oscuros, son oscuros.
-¿Muy oscuros?
-No tanto.
-¿Como qué tanto? ¿como la noche o como la madera?
-Madera.
-Y cuales son mejores, ¿los tuyos o los de él?
-Ninguno es mejor- salta Leo-ninguno es mejor.
-¿No?-pregunta el de ojos negros.
-No, ninguno-contesto- solo son diferentes. Ahora la foto juntos- les tomo seis-  Abrácense como hermanos- agrego.
-Pucha don Omar, no, no-responde el mayor y se aparta dos metros.
-Vení-le digo; a regañadientes se acerca. Lo abrazo. El cuerpo se resiste un poco, pero no del todo - Vení, Leo - se acerca sin miedo y los abrazo juntos - ¿Es tan feo sentirse abrazado? - Los muchachos bajan la cabeza sin respuesta.Los aprieto más fuerte-¿Es tan feo sentirse abrazado?-insisto.
-No- susurra Leo.
-¿Marcio?
Me mira a con fijeza. Sus dos ojos estaban rectos, no uno fijo y el otro algo desviado. ¿Qué hacía enfocar distinto a veces ese otro ojo? Él no contesta con una palabra solamente larga un respiro muy profundo.
-Miren. No van a andar por ahí buscando que cualquiera los abrace. Pero entre hijos, padres, hermanos hay que aprender a abrazarse. Eso cura; cura cuando uno está enfermo, dolido o a veces se siente despreciado. Un abrazo es medicina, a veces mejor que tener que ir a un médico. Las personas han perdido esa costumbre, por eso hay tanta maldad, delincuencia y falta de cariño. Si los papás y abuelos abrazaran a sus niños, los hijos nunca querrían abandonar sus hogares y todos se sentirían más seguros. A ustedes ¿nunca los abrazan?
Bajan sus cabezas.
-A veces mamá- dice Leo.
-A veces ¿cuándo?-pregunta Marcio.
-Bueno ahora cuando vuelvan a la casa, abrácenla, a su hermanita también.
-Pero esa es hija de él-protesta Marcio.
-Es hija de tu mamá; es tu hermanita ¿no?- y se abrazan creo que por primera vez y les tomo un montón de instantáneas.
Se está haciendo tarde. Nos sentamos Marcio y yo en una roca, con el paisaje soberbio al frente,  el precipicio del dentao a los pies. Abrazo a Marcio. De atrás nos fotografía Leo.
Hacemos lo mismo con él. Marcio capta las últimas positivas de esta tarde frente al universo.

Me arrojo al suelo para descansar antes del descenso y al parecer me quedo dormido.
Cuando despierto falta media hora para que el sol se esconda tras el Cerro Bravo.
Los muchachos no están. Los busco, mas no los veo. Comienzo a llamarlos despacio. No escucho respuesta alguna. Llamo más y más fuerte. Solo responde el silencio quieto mientras observo el cementerio ochocientos metros más abajo.
Entonces los llamo a gritos. Nada.
Inicio la búsqueda por todas partes. Solamente matorral hirsuto y arbustos pesados. Trepo con extremo cuidado a un lapacho amarillo. No veo nadie y tampoco respuesta a mis gritos.
Comienzo a asustarme, no por mí… bueno si un poco por mí, porque no conozco el camino de regreso; guiado por ellos ni presté atención por donde veníamos, pero más preocupado estoy por ellos. “Me los cuida ¿no?” me resuenan las palabras de su madre.
La zona es muy difícil, en parte, senderos estrechos de cornisa, profundas cañadas donde todavía no ha comenzado a correr el agua de las lluvias y las víboras. ¿Qué ha pasado con estos niños? Desciendo del lapacho y corro entre los matorrales según puedo en su busca.
-¿Cómo he podido descuidarme un minuto? Estúpido viejo ¿por qué te dormiste?-me increpo a los gritos- ¿Y si ha sucedido algo terrible como expreso eso a su madre. Lo juraste, imbécil.-comienzo a desesperarme- ¿Dónde quedó tu sabiduría? ¿Dónde tu perspicacia? Estúpido- suponiendo que pueden haber descendido por otro lado avanzo en medio de arbustos espinosos y árboles macizos hasta llegar de pronto a un espacio algo amplio y llano. El sol ya está por deslizarse detrás del Bravo entonces cuando me propongo avanzar más allá del claro, algo me lo impide.
Escucho el gruñido ahogado tras la maleza que se prolonga un momento. Algo mueve el matorral frente a mí pero no hay viento. Nuevamente el gruñido prolongado más intenso. Como una luz aparece en mi memoria Esquel, la finca de Nores Martínez, el que produjo la raza  del dogo argentino y su puma que andaba suelto pero al acercarse a su territorio personal emitía el mismo rugido ahogado, preventivo. Sé que si es lo que creo, lo peor que puedo hacer es salir corriendo: Un salto, un zarpazo y adiós. El gruñido suena más profundo a ras de tierra lo que lo hace más audible en todas las direcciones..
-¿Qué hago? ¿Qué hago?- nunca necesité pedirle nada a Dios pero en este momento casi que tengo ganas. Los niños ¿Qué habrá pasado con ellos? ¿Qué habrá pasado? ¿Estarán camino a su casa? Yo, ya no importo… ¿pero ellos? En ese instante ante el matorral que se agita más comienzo a paso de hormiga a retroceder hacia atrás. Así la bestia no se excitará en mi contra. Si me alejo de sus límites no se sentirá ni amenazada…¡Ay!…si el lente de la cámara se refleja por la luz se verá provocada… aquí vienen monteros con escopetas y rifles contra los pumas por el ganado desparecido. Intento cubrir el lente pero no localizo la tapa. El solo gesto de revisar mis bolsillos puede ser… retrocedo pie por pie.Uno… dos…tres…-¿Y los niños? ¿Qué sucedió con ellos?- El gruñir se hace más ronco y amenazante. Cuatro… cinco… Más intenso, como si fueran más bestias… seis…si…cuando mi pie atrás tropieza con una piedra, caigo de espaldas.
En mis orejas sin ver, la maleza se estremece de golpe en un estallar de ramaje quebrado, en un bramido sin remedio… cuando el sol ahora detrás del Bravo extiende su arco de rayos infinitos frente a mis pupilas salta sobre mí arremolinado en un alarido de carcajadas un par de negritos.
¡Carajo!


domingo, 26 de mayo de 2013

CUENTOS BREVES EN OCHENTA PALABRAS SERIE II




1. 





Sucedió después del rezo.

-Papito-pregunta Rocío- ¿por qué hay guerras?
El capitán encierra esas manitos en las suyas.
-Bueno… malos quieren quitarles la casa a otros niños…
-¿Y?
- Soldados buenos como papi invaden hasta echarlos.

Vértigo.
Su M16 masacró anhelos, napalm equivocado carbonizó al hermano, ojos oblicuos de pequeñitos, afiebrados de terror sobre madres yertas insistieron en condenarlo.

Retorna, lívido, añoso.
Trenzas azabaches de Rocío cicatrizan su gemido inútil.

-Papito, allí… ¿cómo  sabes que el otro es el malo?



2.

                                                           

-¡A bañarnos!

Cinco años de Jazmín chapotean junto a mamá.
Desnudas, manantial de espumas.
Vapores envolventes, felicidad, Eliana, infancia y su madre.
-Vuélvete para higienizarte.

Ambas de pie.
Eliana, champú desbordante porque adora a su pequeña.
Jazmín, derrocha inocencia.
En monería inaudita, insospechada,  introduce su dedito en la vagina de mamá.

La espuma se coagula. El vapor se obnubila. El agua se consterna.

-Pero ¿qué haces?-terror en las pupilas.

Jazmín, azorada.
Lirio vejado.
-Pero si el padrino siempre  me divierte…


3.




El parto.

Esposa del almacenero.
El primero, dos meses en su vientre.
Segundo uno, tercero cuatro… y así

Compraron a Renata,  con tanto amor desperdiciado, pero cuando parió seis llamaron al veterinario.

Felisa perdió todos.

-Hasta el final en cama-ordenó el médico el año once-te levantas solo para los ejercicios.
Y un día como tantos, toda esquina del pueblo vociferó:
-¡Parió Felisa, parió! ¡Fiesta! ¡Fiesta! ¡Es machito el Tany!

Renata  olvidada, cada  invierno  frente a la estufa,  gruñe su esterilidad.


4







Limosna negada

Niña zapateando, con su violín mendigó hasta tarde.
El viento arrasó el sombrerito andrajoso sin monedas.

La avenida central espumaba furia del regreso.

Recogerlo sin pensar, limpiar alas, cubre su cabecita escuchando  el estampido.
Saeta de espléndida seda, el arco transpuso el contrapunto, frente a otro estampido. Otros.

Bailando,  su violín… ascenderá.

Sirenas.
Palabrotas
Metales.
Rugido.
Semáforos.
Abajo.

Danzará vigorosamente mientras sus cuerdas no callen.

Entorno al violín mendigo en la última nota ejecutará la noche, el ángel.



5



Morir de amor

Malvina subió al lecho gimiendo.
¡Había esperado cincuenta años!
Calva. Esquelética. Quimioterapia.

Sentados, lapacho encendido en blancura, “amor eterno” le jura.
Palomas a los pies.
Formoso, gato en falda, los separa. Arrodillado abrasa ambos.
Malvina, el primer dolor… olvida.

La noche incendió su cama.

Estalla la granada; la metralla desflorando nieve petrifica sus mundos.

Lapacho, gato, abraso, traspusieron costillas cuando aprisionó la carta postrera.
1982.

Envueltos en ella los cinco, juntos en hoyo incierto de Puerto  Argentino.


6



Apenas era adolescente.

En su dormitorio, solo. No entendía.

Papá lo abandonó con cinco años.
Mamá trabajaba catorce horas.
Los menores disputarían el televisor a golpes en el living.

Gerardo golpea la cabeza contra la pared.
-No, no, y no-frente amoratada, ojos llorosos de rabia.
Espejo, trompada, sangre.
Tele, volumen al máximo, niños que gritan.
-No, no, y no.

Frente a él, su profesor de gimnasia, completamente desnudo.

No entiende qué sucede.
Porque Gerardo en su dormitorio… está totalmente solo.

7




DOS VIEJOS.

El sillón mecía al guerrero;
Recostada ella, a sus pies.
Tanto tiempo y al fin… nada!
¿Resistir? ¿Renunciar?
Ella… ¿simularía dormir?
Ya en la última incursión no estuvo.
Dolor y amor, iguales para quien tampoco espera.
Sabía: uno aventajaría al otro sin remedio.

El primer golpe esperó en la puerta.
Ella pareció girar la cabeza.
Engañoso ilusionarse. Fue la última cacería.

Tres golpes más, irrevocables.
Ella ni se irguió al emitir por su boca
su postrer agónico ladrido


8.



EN CADA SÍLABA

Román articuló todo maltrato en tan corta vida,  en cada sílaba…
conocimiento del mayor fatalismo imaginable.          
Convicción, instintiva, animal, expone solo maldad.

Los presentes ya estarían convencidos:
“Miente”.

¿Por qué hacerlo?
Creció sin esperanza ni fe en la razón, pero no mentía.
Peritos verificaron moretones, heridas, cicatrices.
Hijo, veía todo claro y aceptaba las cosas como fueron.

¿Por qué insistía? En cada sílaba… solo por coraje moral, convence al juez en el estrado, Román, un niño herido.


8.




¿CIEGOS?

Muchachas estudiantes, colorido atrapado en smartphons atraviesan la acera bulliciosa.
Miradas pícaras, risas cómplices, palabrotas, empujones, codazos.
¡El mismo camino siempre!

Un anciano, anteojo oscuro, en camino opuesto avanza decidido.
Su oído de bastón blanco, parpadeando aquí, allá lo guía.
Escucha la advertencia del escalón sobresaliente; como niño, cada hierro de la verja responde al bastón, despertando perros también enceguecidos que lo reconocen…  
¡El mismo camino siempre!

¡Tac! ¡Toc! ¡Tac! Entonces,  evita columna mugrienta donde las alegres muchachas tropezarán.  


9.






DESPEDIDA.

Es la hora.
¿Tres náufragos? ¿Qué, si no?
Preferirían lágrimas pero son hombres… el abrazo no avergüenza los restos andrajosos.
   -Nuestra época ha regresado- sugiere Eduardo, el viejo.
   -Será menos sangrienta- grita Juan, el gemelo mayor.
   -Menos heroica- susurra Fer, el menor.
   -¿Hay algo diferente? –Ed.
   -Bondad, perdón… ¿no es heroísmo acaso? - Juan.
Tres destinos, agonías diferentes.
El mayor, volviéndose, grita:
   -Miseria de millones, alto sueldo por heroísmo de unos pocos.
Juan refunfuña sin volverse:

   -Salario de guerra. 


OMAR ANTONIO DAGATTI GIULIANO



miércoles, 22 de mayo de 2013

Un hombre mediocre




-Fue el anteaño pasado en diciembre  ¿no?
-¡No! Fue el año pasado, boludo. En Junio nos cagábamos de frío. Maldito tiempo.
-¡Puta! Tan buen tipo…

Este día caminaré sobre el filo ignorándolo, sin divagar por qué debería ser de otro modo dado que en sí misma la vida es una frívola representación de estar. Soy un remedo espantoso de la mediocridad humana que me parió-cree haberlo pensado. Despabilado de la resaca por el despertador, lo golpea y ni ganas tiene de regresar el brazo bajo las frazadas. Se sienta en el borde de la cama, acaricia la calvicie prematura, enciende un pucho[1] ordinario y exhalando el humo de costado, se encamina al baño rascándose el culo.
Frente al espejo se burla de su mueca de qué me importa; cepilla los dientes, las uñas, se ducha indiferente y cuando el chorro tibio le apaga el cigarrillo, con un pie empuja el agua amarillenta de tabaco hacia el sumidero. Presiona con el dedo gordo obligando a esa porquería inconsistente a desaparecer.
Más despierto retorna al espejo; se observa con mayor franqueza porque el cristal en virolas opacas le impide ver por qué podría ser de otro modo. ¿Nació mediocre? No lo sabe pero que lo ha logrado es indudable.
En pie frente al lecho, la esposa duerme con su pausado respiro de costumbre, la barriga descubierta, prematuramente obesa para la edad. No, no es aquella secundaria que invitara al Te Hamilton de la San Martín donde a la cuarta tarde cogieron fogosamente en el baño para damas. Sus labios fruncidos hacia la izquierda al contemplarla preguntan: ¿quién mierda sós?
Escupe en la alfombra y al guardar el llavero en el bolsillo no se aviva de que sale a la calle con el cierre de la bragueta abierto.
El 128 asqueroso de todos los días.
Coloca monedas indiferentes en el depósito de la caja. Sin un ruido le vomitan el ticket.
No hay asientos. No importa. Es costumbre viajar amontonados de pie mierda contra mierda aunque se cuida un poco  desde aquella vez que un puto colgado de espaldas a él, con la mano izquierda le cosquilleó los huevos.  
Es invierno, las ventanillas impiden ver el otro mundo, el de más allá, no, no el de la vereda, el de más allá si hubiera otro. Hay una cierta oquedad hacia la cual hubiera querido emigrar. Hubiera. Pero entre tanta carne pestífera  que de pronto saldrá surtida, amortajada, sometida como por un tubo para hacer chorizos ¿qué otra cosa le queda por hacer? Ni sabe quién será esa mina que, apretujados a la fuerza, le brinda una sabrosa calidez. ¿Será una gran persona? ¿científica? ¿directora de cine? ¿madre heroica e ignorada? Quién lo sabe… ahora las mujeres han invadido ¡tanto! el espacio de los machos en cualquier dimensión… ese es el problema, quizás estás frente a la grandeza y no la ves… eso es ser anodino… eso sí, sabe que puta no es. Las putas a esa hora no viajan en un 128.  
De todos modos… de todos modos.
Nadie pide permiso, lo pisotean abarrotándose hacia la puerta delantera aunque  todos saben leer el cartelito y deberían huir por la trasera. Sí todos lo saben pero si ¡ni al chofer le importa un  carajo! Cuando la puerta se abra en un sopapo violento ¡pobres viejitos! descienden los jubilados, esa comedia de ciruelas pasas con olor a naftalina,  y al final de todo se larga él ya solo, por la escalerilla sabiendo que el chofer arrancará de golpe no bien vea que ni siquiera ha tocado con el zapato la vereda.
Por la Dorrego se detiene a comprar un filismorris  y abandona la caja de los ordinarios al piso cubierto de mugre desleída por la llovizna y gallos[2] verdes de engripados. Pide fuego. “No tengo”, responde el otro sin mirarlo. “¿Y para qué mierda tenés quiosco? “
- “Paragua, paragua hay paragua pa’l agua por die peso” - grita frente a él un jetón ordinario, cara de choro[3] de pasacasetes. Seguramente en el informativo habrían previsto lluvia y estos tipos se harán un negoción con los pelotudos que ni vieron el pronóstico en la tele a la medianoche. Al final del almuerzo habrán ganado tres veces más que él en la puta oficina del distrito bancario.
Cuando asciende por la escalera hacia el ascensor se sienta en el primer rellano desde donde puede divisar el ramo marchito que desfila apresurado frente a su cara igualmente marchita.
Son jornadas invernales. No hay pájaros.  La gente acelerada parece querer achicarse  dentro del abrigo porque la vida giró bruscamente en torno al otoño y se paralizó en los huecos de julio.
Subiendo, en los rincones puede ver pañales descartables apelotonados por un lado, hojas muertas, formularios estrujados, restos de choripán y algún forro[4] usado.  Se aprieta la nariz , suena y arroja los mocos contra el vidrio despreciando la calle.

Ni saluda.
La calefacción en la oficina  casi lo adormece entre paredes de cemento más allá de la ventana.
Solo piensa en la ventana. Ventanas. Cerradas, otras entregadas a la luz vacilante.
Su oficina y otras en varios pisos  forman esa U de tabiques de aluminio y vidrios opacos que remata finalmente en el  muro de la Cámara de Diputados, donde la mediocridad parece haberse derrumbado como bola de nieve. Esa maldita Cámara que ningún día del  año permitirá el sol sobre su escritorio.
Es un empleado entre una multitud de mudos emporcados en su hipocondría. Uno más de tantos almacenados en pasillos sobre las galerías comerciales de la ciudad transgresora.  Entre expedientes manuscritos aburridos, el mal sonido de la radio, harto del café con sacarina, salta de ventana en ventana con su mirada.  Rara vez se ve alguien. De tanto en tanto, quizás  en el  verano, una cortina flotaría  al aire. Pero hoy  en pleno invierno  los vidrios son  láminas delgadas  de mero hielo  desfigurando  dentro de  ellas la rutina de una vida ficticia que no vale para nada.
-¡Eh! Giménez ¿terminaste el análisis del balance de los Belfonte?—lo sabe, es Mariela Bermúdez, jefa; no girará a mirar  ese globo, fofo, esos carrillos inflados excedidos de colorinches, esas mechas reteñidas con maripositas de biyuterí, esa nariz dándose importancia, esos labios cuajados de violeta, esos dientes deformes, esas migas de medialunas todavía pegadas a la lengua que no cesan de vociferar “¡Eh Giménez! ¡El balance! ¡El balance!”
Entonces sí se dará vuelta y de pie le gritará “¡Gorda maldita ya me tenés harto hija de puta, me tenés harto, reharto hace cinco años, vos tus balances y tus medialunas que escupís cuando me gritás!” Arrancará el teclado de la computadora, lo partirá en dos en la rodilla arrojándole trozos de letras desteñidas de tan viejas a la cara,  enlazará con el cable del maus el cuello de la jefa, hasta verle azular la cara, los ojos desorbitados como las historietas de La Voz, y mientras unos compañeros lo aplauden, vitorean, los alcahuetes suplicarán “Soltala Giménez, soltala, la vas a asfixiar”… pero la mediocridad no se imita y él alejando los dedos del teclado voltea la silla y
-En una hora todo estará listo—dice.
-Metele más rápido, boludo, esos gringos ya vienen
A la hora siguiente deposita en el escritorio de Mariela el análisis mientras en el cajón asoman varias medialunas mordisqueadas. Le chorea[5] la única no mordida.

Se detiene ante el interminable hilo de ventanas del otro monoblock de oficinas de espaldas al pasillo de las gerencias.
Las figuras, desde las ventanas,  permanecen  geométricas, agudas, punzantes pero indefinidas. Hacia una se ha deslizado con torpeza un rayo de sol tras la llovizna amarga. Un rostro apegado contra el  vidrio. La frente aplanada e informe, la nariz contrahecha, los labios achatados en el surrealismo de una mueca que lo estremece. Es un niño al parecer por la altura,  que juega consigo mismo.
¿Qué puede sobresaltar más a la conciencia ordinaria que el rostro desnaturalizado  de un chiquilín?
Cables de radio y telefonía se confunden sobre el techo de zinc que cubre un local de la planta baja, pero ni siquiera se agita esa hoja roja, retorcida como un alarido entre puchos y trozos de formularios arrojados por los del tercero.
No quiere mirar otras ventanas. ¿Mostrarían más alteraciones?
El día parece comprimirlo dentro del cuartucho.
Cuando supone que la jornada se alargará demasiado hasta llegar al pub de siempre por primera vez piensa que ya no hay tiempo para él. Es casi una sombra, tras la pereza mental de banalidad  que lo ha dominado esta última década. Y concluye que esa correntada, el tiempo,  avanza, nunca retrocede y cuanto uno hizo quedó,  lo no hecho jamás va a recuperarse, solo continuarán las consecuencias de la fatuidad.  La vida es como hojas de hierba. ¿Desde cuánto tiempo despareció el tacto sobre la gramilla? ¿La risa del pie descalzo escarpando las piedras de la siesta en busca de vizcacheras o iguanas? ¿Cuánto hace que no abraza un árbol? Su vida ha crecido vertiginosamente, una anémona demasiado temprana en la semi sombra de agosto y como la hierba que es, ahora se fuga.
La oficina le recuerda ese aspecto; cada  vez  que ingresa lo envuelve el olor a tabaco ordinario impregnando escritorios, piso de parqué, aunque nadie fuma allí. Hace año y medio murió de cáncer el único fumador de tabaco rancio durante diez años en esa oficina, avalado por su antigüedad. El tiempo pasó pero olvidó rezagado el olor acre por descuido. Comprende. Por un instante quisiera no caer, como todo mediocre, en reprobar lo que sabe se le escapará de sus manos, siempre. Se atreve y comprende, observando el rostro amorfo del niño contra el vidrio: el tiempo no pasa más rápido ni más lento, ni para uno sí, no para otros. Es inmutable. Siempre igual, duración, exactitud indefinidos y solo un hombre que fuera lo que no puede ser lograría agregar variaciones a tal realidad.
Sucede que nosotros pasamos—piensa. Cuando pequeño y atorrante  podía distinguir las formas  en un lejano horizonte, de otro horizonte y de otro, siempre uno más. Así es el tiempo. Él, hombre vulgar y gris, igual a esos pobres viejos miopes del colectivo apenas distingue una forma, como si el horizonte se hubiera expuesto frente a su frente. De todos modos aun, apenas pasado la juventud, si pudiera asegurar que dispone de tiempo, de vida para sí...
¿Para qué? ¿Hasta cuándo?—se pregunta. Si aquel rostro en la ventana fuese de la mujer que le impulsare a cruzar la nada abismal entre su escritorio y la vida, dejando el niño informe en la ventana con su invierno… Pero ¿cuánto tiempo ha transcurrido  sin que retorne el rostro de aquella diciéndole “ve y vuelve” desde el andén deslustrado del ferrocarril en el pueblecito cuando el viento del sur casi no soplaba ni a un kilómetro por hora como hoy, que ni siquiera  mece los cables del tercero piso, agobiados de humedad y junios? ¿Para eso querría tal tiempo ahora no disponible?  Si al menos fuese la alborada cuando el rostro de la muchacha se entiesa de trigo y de las trenzas negras descendieran alucinantes espigas sobre su melancolía, montaría ya inequívoco  sobre el alazán por desfiladero milenario de árboles hasta descubrir el llano, en el  bosque y con su ropa ajada, el animal transpirado, ambos él y ella, oscilando para siempre sobre el péndulo luminoso de cualquier mañana…
Desde el noveno piso de la Caja de Jubilación de la  Provincia, se ha arrojado un empleado de esa Repartición. Suicidio, comentó el comis…
Empuja de un manotazo la  radio  contra el vacío de una ventana abierta. Los papeles tiemblan en sus bandejas. Los músculos del cuello tensos, querrían girar la cabeza para mirarlo y algo parece impedirlo.  El sudor  comienza a descender de su  frente helada. Insiste  en el esfuerzo hasta lograr que su vista se enfrente a la única realidad, ventana y tiempo: el chiquilín del rostro torturante, ya no está allí.

Es noche abierta y audaz. ¿Para qué regresar a casa?
Sale del pub donde suelen emborracharse los viernes, el día de los casados. Todos los cincuentones el viernes se empilchan  como pibes, compiten con sus hijos adolescentes, yins ajustados, mocasines de cuero con largos flecos o botas tejanas relampagueantes, magnos camperones inflados hasta la cintura U.C.L.A. y gorros de béisbol bordados de niuyorkers, bostonians, texans.  Se desenfrenan como idiotas. Juegan a los bolos, al billar, se creen pendejos embriagándose a medias unos con Martini, cuba libre, tequila o vodka para después magrear a una loca entre varios en tanto él, un dedo en la nariz, hace bolillos con su moco. Al día siguiente, sábado,  saldrán con esposa y niños vestidos bien acorde a cada edad, al restaurant para familias  donde sabe todos se saludarán con los gerentes, ese rasgo que él conoce muy bien entre los suyos, ese saludo mediocre, una moderada alabanza.

Solo y en pedo[6].
Recorre las calles fuera del pub en el balanceo de un lado al otro recostándose por momentos en las paredes donde chorrea la lluvia; no quiere que el Cholo Cifuentes lo acerque en el auto a la casa porque aquella seguro salió a beber con sus amigas también… como ella no ha querido tener hijos…
Oooodio al Cholo Cifuentes— vocea dejando la vereda.
Oooodio a la mujer del Cholo- que lo vive provocando con sus tetas medio al aire cada vez que va a cenar.
Mientras, oscila ebrio en la calle de pavimento resbaladizo.
Odia su empleo de analista de balances.
Odia esa oficina apestosa de tabaco agrio, e ingresa por la avenida de circunvalación.
Odia esos ventanales siempre vacíos.
Odia el pasillo de oficinas donde nunca llegará a gerente y apenas se sostiene erecto.
Odia la escalera y el ascensor con pañales y forros.
Odia el camino diario y las bolsas negras de polietileno despanzurradas  que vomitan desperdicios durante la huelga de basureros.
Odia el 128 donde lo manosean esos putos culiaos[7] y circula a tropezones ahora por el centro de la diagonal 77.
Odia los viernes por la noche cuando todos falsean lo que son.
Odia la puta que los domingos por unos pesos le quiere hacer creer que es otro y mejor.
Y odia a la Bermúdez con su ampulosa gordura prepotente y se caga en sus medialunas.
Va por el centro de la 77 empapado en el vendaval de lluvia que lo desnuda vomo encerrándolo en el sótano de su oficina donde no logra ver nada.
¿Doooonde está ese mocoso? —brama en bocanadas de agua dando una orden. La encerrona del aguacero, el pasillo que le impide ver la ventana, las muecas, el niño y se desliza tanteando como apoyándose  en la lluvia implacable— oooodio a ese peeendejo burlón porque… ¿por qué?...cuarenta años me mira… y me mira… y me jode… que  vuelva… que vuelvaaa— faros desmesurados ávidos de silencio, manos suplicantes de lluvia en los ojos, chirriar de hierros, alarido resquebrajado, el alma mojadita de lluvia, y el impacto del tiempo impostergable, porque para quien intente fugarse, la mediocridad acecha el descuido… y




[1] Modismo para cigarrillo.
[2] Escupitajos.
[3] Ladrón urbano.
[4] Preservativo, condón.
[5] Roba.
[6] Borracho.
[7] Despectivo iniciado en Córdoba con connotación sexual homofóbica, convertido en uso diario para ofender o saludo y trato amistoso utilizado sin diferencia de género.