lunes, 14 de enero de 2013

JAN



-Me   pareció que   días   antes,   hubo    alguien...sin precisar...
-Algo, ¿cosa? ¿Persona? ¿Animal? o solamente...
-Solamente eso.
-La cuestión que...
-¡Esperen, esperen! ¡Déjenlo!-gritó el forense, psiquíatra en el Hospital de Oslo, tratando de no confundir a Jan; en fin de cuentas nadie podía asegurar que hubiera sido él.
-La cuestión es que cuando escuchaste afuera los aletazos terribles, saltaste los escalones
-Corriste.
-¿Corriste?
-¡Corriiiiste! 
-Algo en la atmósfera amenazaba viajar sin mí...como te decía. 
-¿Vociferaste?
-Maldije esa casa a mis espaldas.  Encendí los compresores,  el gas, corté el amarradero por la derecha,  luego el  tercero...entonces el último y remonté el aparato "en un  chasquido  de lienzos  encendidos,  hinchados  que terminan  en  el  vuelo  no visto".
-¿Y el arma?
-¿Entonces?
- De   esa   casa   del   campo,    ¿tenía   que marcharse?
-¿Estuvo solo? 
La casa blanca anclada en la luminosa pradera de Noruega donde Jan se aferró a aquellos árboles, su plateado murallón. El sol al coagularse cada amanecer en el porche para mirar a Jan, vigilaba a los pájaros. De tan inofensivo Jan era pájaro, entrampado como años atrás en la misteriosa asfixia de la tundra.
-Queda poco tiempo ¡Ya vienen! y, 
¡Hay tantas cosas!
¡Qué oscuro!
- Lo que pasó es que, estaba observando a un gerifalte, un halcón ¿me entiende? Falte es la fonética latina de falke, halcón para la etimología germánica.
-Sí, sí, ¡por favor!
-Por favor, deje su fonética para otra corte.
-¿Sabe que eran los preferidos de la cetrería? ¿No?  Raro.  Le digo, habitan en acantilados rocosos...desconozco por qué ¡allí! en esa pequeña ondulación hacia el mar estaba él. Ya había visto a otros en Vatna Jokull de tonos bien claros, casi blancos estriados de negro,
-¡Por favor!
-Color idóneo en la zona nórdica; pero éste se entretenía en dar caza a las aves marinas; era gris oscuro. ¡No podía ser, allí a decenas de millas al sur del círculo ártico!
-Deje los detalles. Deje.
-¿Cuando fue?
-Abril o mayo de esa...-Jan se perdió con la vista en el resplandor oblicuo que lo curioseaba por las ventanas del oeste. Los marcos de madera para los vidrios, a contraluz le recordaron barrotes- abril, mayo más o menos...estaba muy confiado, sedentario.
-¿Ud.? ¿Por qué?-los profesionales, abombados, aburridos por ese extraño animal se removieron en sus altos sillones de terciopelo verde como si una sombra gris les impidiese estar erguidos solemnemente.
-No, yo no, él, el gerifalte-señaló el techo-Cuando, perezoso, remontó vuelo…- Jan se irguió y corrió entre los pupitres de los profesionales en frente planeando con sus brazos como si fuese un ave o un chiquillo.
-¡Compórtese!  Que los guardias ordenen a este- El golpe del martillo en el estrado despertó paralizando a Jan. Dos guardias de azul con botones plateados lo llevaron a empellones contra el asiento.
- Lo seguí con la vista y de pronto allá me pareció verla por primera vez
-¿A quién?
-¿Qué cosa vio?
-Cosa no- recalcó Jan- a ella, en el árbol, como una lechuza de Tengmalm.
-Abril o mayo, ¿Por qué tan seguro?
-Porque escapé.
No pensó qué llevar. ¡Tanto y tan viejo todo!  Marcos en las paredes aguardando fotografías alguna vez admiradas. Tan solo la figura de aquel retrato, la mujer acurrucada contra el Ayuntamiento en Dresde, radiante, aún para esa imagen gastada en el ocre de los años veinte.
Lámparas apagadas.
El trozo final de leña se desmoronó   provocando nubecitas de ceniza y alguna chispilla humeante en la alfombra inició su música vertical sobre el piso de madera.
-Usted la asesinó
-¿A qué? No. ¡No fue el miedo! La amé siempre. Estaba allí, la vi por primera vez y sentí ¡qué sé yo qué! Solamente sé que no estuvo nunca antes...y ¡esos ojos!
-¿Eran muy bellos?
-¡Rojos! Eran rojos y fue la última vez que relinchó el caballo negro en el establo.
El ruido de una puerta de hierro, arrastrándose sobre su marco produjo un chillido. Distrajo a Jan. La luz desbordaba en el cabello y la barba amarillentos, parecía un santo, el icono contra el vitrau que no pudieron robar en Bucarest, y la sombra extraña resaltaba el color de sus ojos. Comenzó a acariciar con la mano izquierda, como si fuera el cabello de alguien presente, la pelliza desteñida de carnero que le cubría del frío en tanto con la derecha se cerraba el cuello del uniforme del presidio.
 -Un momento, espere...espere.  Usted dice que
-No, no podía esperar la
-Dice que fue la primera vez que la vio, entonces huyó. Pero después dice que desde aquel día que le pareció ser el último, en los días siguientes no vio más al caballo negro, ¿qué quiere decir? ¡Es tan confuso todo!
-Tenía los ojos rojos, ¡rojos!...y eso... ¡era insoportable!- Jan caminó fácilmente hacia la oscuridad. Veía a través de ella. Vivía en ella -Terminar, le dije. Todo será diferente.
Poco conocía de la marea en que ingresaba. Lo más parecido, amnesia.
Adelantándose en las tinieblas un árbol se irguió hacia él, más negro que todo lo demás. 
Se estiró al  pie, exhausto... sin  hojas, las  ramas  partían desde el núcleo  ubicado  en   sus ojos, hacia  mil  senderos  lineales, retorcidos...hacia  donde él mirase suspendido por hilos invisibles, con las alas extendidas, el gerifalte. En una rama inferior los ojos encendidos de las lechuzas lo alumbraban con aburrimiento. La dureza del metal entre su piel y el cinturón le produjo un dolor cuando posó su espalda contra la base del tronco. Él era la raíz, remando hacia el abismo, donde habría un destello. Estaba seguro, como siempre el destello aparecería.
Observó al juez y a los otros letrados. Lo miraban con sus ojos rojos, agudos, centelleantes. Irritado, penetró en un cubo transitando senderos sin habitantes. Desde hacía diez horas… ¿o diez años cuando decidió marcharse?
-Se marchó ¿Por qué escapó?
-¿Escapar? ¿De qué? ¿Hacia dónde?- pero sucedió como siempre: una ramita cruje inesperadamente, quiebra la calma, transita en su cerebro y él se marcha por senderos inconclusos.  ¿No le había sucedido en Buenos Aires en la pensión del callejón sin salida frente al Kavanagh? ¿O en la mohosa habitación desde donde sólo divisaba, agua, agua, agua por todos lados hasta desleír los cimientos del caserío de colorinches en Ámsterdam? ¿Y en el suburbio al este en Esbjerg? Nunca era lo que buscaba.
En Oslo aguantó dos días. Prosiguió el viaje a Kristiansand donde se encontró con Marthen Knudd, siempre la misma rutina insoslayable. Marthen le aconsejó remontar el Bjorna pero no solo. Las góticas coníferas sobre el fiordo oteaban el perfil muchísimo más elevado que el escueto horizonte de los hombres del barco sobre el agua. Pero lo hizo solo.
En Bergen pudo contactar a Isnilsen a quien no había visto hacía dos años, después de lo de Tsingtao. Isnilsen todavía no lograba reponerse de esa. En aquella noche de la taberna de Rusebrack, Isnilsen fue quien le recomendó la casa.
-Los abedules forman pequeños bosquecitos descendiendo hacia el mar—comentó al descuido acariciando la barba- cada amanecer el caballo negro aparece y desaparece nervioso, inquieto como provocando. Hasta que lo atrapé. ¿Sabe cómo hice porque era salvaje el maldito?
-No insista. Es tema que no le interesa a la corte.
-¡No le interesa!- pensativo Jan como si le molestara el metal entre la piel y el cinturón se acomodó en el costado derecho, pero se dio cuenta de que la ropa del presidio no incluía cinturón. Se pasó la mano por la cintura y luego señalando al ventanal, agregó -Solamente a ella no la había visto nunca antes. Tenía que marcharme.  Debía marcharme.
-¿Por qué?
-¿De quién?
-¿Hacia quién? -inquirieron los especialistas con no poca desconfianza.
No recordaba si alguien estuvo allí, alguna vez, si esas voces siseando en su partida...
-Nunca hubo alguien-respondió. ¡Tan confuso!- Ya no distinguía si el enemigo quedaba rezagado o se le adelantaba.
-¿Enemigo?
-¿De qué enemigo habla?
-¿De dónde provino el enemigo?
En su memoria solo árboleslibrospájaroscárcelesfiordosydesiertos... y el gerifalte. Le apuntó en un ángulo de treinta y cinco grados.
-Sus ojos eran rojos. Ella si hubiera querido…pero no - y calló. Era concreto. Su vivir... Pensaba que después de aquella muerte ya nada queda- Porque ¿quién es inmortal tras unos versos toscos, mal trabados?- gritó al juez ausente que pareció despertar- Sólo se vive a través del pensamiento de otros que también partirían sin un mísero verso in memoriam. ¡Bah!  Ilusos... ¡poema!...poemas, aspirinas para el reuma-otra vez un gran silencio.
-¿Por qué entonces, era menester huir ese lunes?
-El caballo, ¡el caballo!
-¿Qué quiere decir?
- Los ojos rojos, ¡rojos!...y eso...era insoportable!
La llamita en el suelo, estalló iluminando, sin que Jan lo percibiera, su melancolía de medio siglo. 
Ató las botas, cruzó el capote, lio las riendas sobre el caballo negro y escapó hacia los pájaros.
A sus espaldas un resplandor, no de mediodía, creció iluminando alguna nieve rezagada.
El cabello de Jan, su abrigo, cada minuto se tornaron más rojizos.
¿El atardecer?
Brusco.
Violento.                                                                                                     
Apasionado.
Lejos de Jan, la casa, un blanco navío español incendiado que crece en la dilatada noche de Noruega.
El fiscal psiquíatra trató de sorprender a Jan que estaba en su partida, con una pregunta a rajatablas:
-Y el arma ¿De dónde consiguió su arma y donde la escondió después de todo?
-¿Arma? ¿De qué está hablando?-le gritó Jan.



Córdoba, 6 de Febrero de l992 3:00 a.m.



 Garçon
 (o memorias de un caballo)

El niño, impertinente, saltó sobre mi lomo.
Renuncié a mis corcovos.
Era un niño.
Ajustó las patitas queriendo abrazarme en su horqueta vertical y huimos hacia el Arroyo Cabral donde los juncos cuelgan sus jarcias.
-¡Soy El Zorro! ¡El Zorro!-gritaba y yo, bronco, lo conduje por el barranco espantando liebres y perdices.
-¡Soy El Zorro!- y enterró su espada vegetal en la corteza del viejo ombú, los sus brazos columpiándose en el aire.
Lo conduje hacia las acacias.
Estiré mis patas. Recorrí el espinazo en las gramíneas.
Al dormirme yo, se durmió contra mi sudor.
Desperté, cuando lo despedían en el tren para la Universidad y no lo vi más.
-¿Quién da más por este buen frisón? ¿Quién da más?
El gallego Soler ganaba mucho en el hipódromo, más en las cuadreras… y me fui con él.
Yo no servía para correr, ¡sí que para el arado! Y el gallego no perdió el tiempo.
-¿Mé va’presta’l Garzón?- preguntaban gringos o criollos.
Así pasé de mano en mano. De chacra en chacra. De otoño en otoño.
Hasta que apareció el inglés de los huesos, le decían. No sé por qué.
Y por cien pesos le hice un hijo a la Luz Mala, esa maldita yegua que me pateó hasta las verijas, primero.
Era tan bonito mi potrillo…
Pero después vino otra, otra, otra, siempre por cien pesos… y me olvidé de que yo cada vez quedaba más solo que sombrero olvidado.
Hasta que no di más y ahora,
Muerdo cuero y hierro, no obstante explote mi pecho.
Alguien arremete desde atrás con fuerza.
¡Formidable!
No creo en el destino, sí en mi historia de caballo
A pesar de todo sigo traspirando hacia delante, la boca sangrante.
Agotado sí, el corazón, se alboroza aunque sea para morder y repechar sin dientes.
Hay instantes cuando me retobo hacia la derecha o la izquierda
mas sigo atropellando piedras que al pasar entibia mi saliva.
Apenas veo el cielo sobre mí cuando el cuero-hierro lacerante
arquea mi cabeza más allá de la porfía.
Y esa sola vista, basta.
Porque él me dice:
-“¡ARA!, carajo, ARA” - aunque nada sientas lo compense.- ¡ARA! Ya te recomprarán mañana.
Y así vino la oscuridad siendo día aun.
Mi cuerpo cansino ya ni se endereza.
Ni me restriego en las gramíneas.
Ni insisten con el apero.
Ni asusto siquiera a una perdiz.
De mi ya ni se acuerdan. Que ni para arar me necesitan
Es noche.
Mi noche.
Alguien se acerca.
Mi cabeza solamente se empecina por negarse.
Hace tanto tiempo. ¡Tanto!
Pero no le tengo miedo a esa bruja.
Está encima de mi cuerpo, lo siento, encima.
Me retobo. Aunque no puedo, no puedo. Solo agito mi cabeza.
¿Quién es? ¿Quién es?
Y pone una manzana entre mis belfos.
Se recuesta sobre mi sudor de espanto y calmo al oído:
-Soy El Zorro-me dice- El Zorro.

OMAR ANTONIO DAGATTI

miércoles, 24 de octubre de 2012

MAUDE






MAUDE

Amanece.
Arenas y hojas se demoran en el pórtico.
Desde este acantilado la marea nunca es demasiado alta.
El océano golpea las ventanas.
Agresivo, se empecina noche tras noche por llevarme.
No acepta que sobreviva a mi naufragio.
La botella de Gillbe-ys casi vacía deslíe tinta de versos… versos en la madera del piso junto a mis anteojos quebrados.
Amanece. Arenas y hojas se demoran en el pórtico.
Amanece. La puerta se abre.
Se ensancha hasta dar ingreso a la playa, al mar, al sol, a las estrellas, al cielo, sin dejar huellas.
La bahía de Dorkshaun  algo lejos; ruido de barcos, sirenas, griterío, me devuelven al silencio siempre huésped más acá de la puerta.
Maude no está. Se fue.
Me dejó sentado a horcajadas con mi corazón sediento mirándome desde las manos.

Ese día me había detenido en la taberna de Saint Breuill y, medio borracho, vociferaba aquel poema "la fuerza que por la verde mecha impulsa a la flor" que había leído en el New Weekly en el ’33 y dos años después había escuchado por la BBC.
Entró bajo la lluvia, apretujada en su piloto de gabardina azul.
El bruto de Hort, detrás del mostrador, casi dijo una estupidez cuando ella preguntó por Bertrand.
­               ‑Aquí estoy- grité, escondido entre vapores y  humo.
- No eres Bertrand-contestó ella con desconfianza al acercarse a mi mesa.
Y tenía razón. Bertrand rubio, corpulento por su vida en el mar era un tipo duro.
Pero ella no sabía que éramos hermanos, ni sabía que yo era el poeta, del que ni le habría hablado: el flaco, débil fracaso de una familia de marineros.
Tampoco sabía que Bertrand había muerto.
- Y tú no lo vas a encontrar. Siéntate.
- ¿Lo conoces?
- ¿A Bertrand? -un manotazo en la mesa con la carcajada, los versos borroneados en servilletas volaron.  Dio vuelta la cara, el aliento que deja el Gillbe'ys es apestoso-Si lo conozco, ¿decís nena?-no podía pensar en Bertrand sin que se me hincharan los ojos de bronca, rabia, agua y sal por angustia. Bertrand más que el hermano diez años mayor que yo, había sido todo y ahora,   el muy maldito ya no estaba.
               - ¿Donde puedo encontrarlo?
               -Es que… no puedo decirte...no sabría...-eructé, ella volvió a desviar la cara-¡Quien puede saberlo! Nunca se sabe donde puede estar ese desgraciado.
-Pero dime ¡dónde está Bertrand!-en el grito descubrí una búsqueda de meses.
Desde otra mesa, el viejo Carridge parpadeó por sobre el carey de los anteojos; el escarbadientes temblaba desde el labio, náufrago muerto de frío. Taylor, el calafateador, manos siempre mudas de brea y ese olor a algas podridas que lo impregnaba volvió las cartas sobre el mantel de hule; giró su cabezota hacia nosotros… bolsas bajo las pupilas y el cigarrillo denunciaba el cáncer que se lo pudría.
-¿Por qué no te sientas? Mojada y con este frío te vas a quedar dura, ahí de pie. ¡Un irlandés doble, Hort!- grité.
 Se quitó el piloto. Aroma profundo, caliente, emanó de ella, en el oleaje de un amanecer que borró el olor a miedo y anchoas en las paredes de maderas húmedas. El largo cabello negro ondeó fuera del pañuelo  apenas mojado.
"Maldito Bertrand, pensé, las veces que te habrás enredado en ese pelo..." Hort posó el café de mal modo, como de costumbre; no le gustaba que lo interrumpieran mientras escuchaba un partido del Arsenal-Glasgow por la final.
-Soy Maude-extendió su mano. No quise soltarla, demasiado suave. Presentí que en esa piel regresaba algo de Bertrand. Notó mi demora y, algo turbada, como descubierta, retiró su mano. Ese acento del canal la hacía un poco distante, Wiklow, pero no demasiado para mí.
-¿Vas a darme algún detalle del paradero de Bertrand?
- ¡Ahh! Bertrand, cierto...
Hort miraba de reojo.
A su lado, entre el humo, la vieja radio lanzaba ruidos parásitos, descargas que hacían casi imposible escuchar los gritos del comentarista. Hort nos observaba como al cine mudo. Veía a Maude hablar haciendo gestos de sorpresa en el rostro. Me vio a mí mover labios y ojos  en un monólogo extenso. El barbero Carridge por sobre  las  gafas, me recriminó algo cuando primero unas lágrimas rodaron de los ojos verdes de Maude; después un llanto ácido, entrecortado, empapaba esas manos de filigrana que el maldito  Bertrand habría  besado mil veces. Atherton el pastor anglicano, chupó el cigarrillo, frunció el ceño cuando me levanté, ayudé a Maude con el piloto, el pañuelo, apreté bien fuerte mi brazo sobre su hombro y abandonando la taberna, bajo la lluvia nos fuimos hacia cualquier parte.
La atraje hacia mí Maude,  serena. La besé alucinado, y torpe.
Horas. La lluvia arremetía contra estas ventanas.
En el rincón de mis libros, a la izquierda de los anteojos la vieja foto en sepia nos recordaba a mí apenas chiquillo y Bertrand, gigantón con pantalones arremangados, sosteniéndome sobre la escollera; en el otro brazo suspendía un escualo de casi un metro.
No divisé el mar  en la foto. Era muy tarde o demasiado oscuro.
 "Qué me estás haciendo, Bertrand?” pensé. Sentí a Maude junto a mi espalda. La miré."¿Por esto te fuiste?" Desde la pared donde cuelgan las cañas, lo vi venir creando a la carrera con sus pies arcos traslúcidos de océanos. Acercó su cara bruñida de viento y siestas al sol. Reía, pleno de vida al apuntarme con el dedo índice guiñándome un ojo, cuando se esfumó playa abajo, llevando en la mano un aro de alambre donde relumbraban siete corvinas pardas con manchas en el lomo.
              
Al día siguiente escuché por primera vez la tos.
Nos demoramos en la barca de Bertrand, lejos de los promontorios. El viento saca a luz la olvidada tormenta, el mar se nos entrega manso, abandonado, perezoso. A cierta distancia, los tejados de Saint Breuill y más allá la bahía de Dorkshaun, con sus barcos paralizados desde el inicio de la guerra. Los hombres que se quedaron, muy enfermos, apenas si se anclan en el muelle a mirar el horizonte entre bombardeo y bombardeo. Algunos, demasiado poetas, soñadores, marinos testarudos un día sin entrar en la mar, es peor que la muerte. Al menos allá, entre olas nunca muertas, redes y cormoranes escribían su batalla en la inmensidad todopoderosa.
Bertrand me enseña eso desde mis primeros años en esta barca de una sola vela.
Maude inclinada sobre el borde juega con sus manos como intentando atrapar algo o aferrarse al agua. De pronto comienza la tos seca, aguda, tajante. La levanto por los hombros. El rostro enrojecido, ahogado. Escupe varias veces en el agua. La siento sobre la red que Bertrand ha dejado envuelta en exagerada madeja gris. Aprieto su espalda contra mi pecho y ella deja caer la cabeza sobre mi hombro como una gaviota atolondrada y vencida.

Durante meses cuando queríamos escapar de nuestro escondrijo aquí en la torre del faro y el tiempo era favorable a estribor, nos sentábamos en aquella mesa preferida de Bertrand en la taberna de Hort. El Reverendo Atherton, tísico y vicioso, chupando su asqueroso cigarro eterno, miró a Maude con desprecio y otra vez en medio de su ebriedad me amenazó con su dedo divino. Su conciencia justiciera le hacía suponer que yo convivía con la amante de mi hermano.
En realidad nadie sabía ni quien era Maude, ni por qué estaba allí, ni que nos habíamos casado en una aldehuela sobre Lough Caragh. Jamás le preguntamos de dónde vino, pero yo conocía bien aquella tonada arrastrándose desde Wiklow. La misma conque volvía Bertrand tras varias semanas de pesca en Arklow.
Hort, Carridge y Taylor recordaban la primera tarde, cuando entre la lluvia surgió ella como una visión turbulenta despertando el temor en los pechos al preguntar por Bertrand y se quedó acurrucada como esperando  sin saber qué de mi sombra.
Ezra, el único, parecía conocerlo todo. El negro ciego, quien acariciando siempre su barba presbiteriana, un tic personal, al escucharnos entrar, miraba a Maude guiándose por su risa, asombrado como si la viera. Aquel negro ex capellán del ejército yanqui durante la Gran Guerra, contrabandista de alcohol en Baton Rouge, durante el Prohibicionismo, aguardaba la muerte, refugiado aquí, en el perdido Saint Breuill para que lo sepultasen mar adentro, como un bucanero más.
Aquella tarde, casi dos años después, a principio de primavera  el doctor Liebnsnitz movió su cabeza al ver entrar a Maude a la taberna. Liebnsnitz, con su impecable saco de corderoy a tres botones, recetaba más en la taberna que en su propio consultorio. Escapó clandestinamente, el año treinta y uno de Pfotzheim clandestinamente y el posible Auschwitz. Ahora casado con Minerva, la vieja más rica de Saint Breuill, ejercía sin título su profesión. La semana anterior  en la última crisis, mientras Maude estaba agotada por el acceso, semi dormida sobre la cama, el médico apretó los labios y mirándome movió negativamente la cabeza.
No disponíamos de medicamentos en la bahía. Durante días recorrí las poblaciones costeras a vela. Bertrand corría detrás empujando la barca, arremetiendo a mi lado entre peñascos escondidos, perfilando acantilados violáceos, pero en ningún poblado había medicinas. Los ingleses se habían llevado todo al frente. Las poblaciones civiles estaban a merced de la fiebre y la tuberculosis. Era excesivamente pesado vivir. Liebnsnitz lo comprendía.
Ezra se acercó a nosotros caminando muy sereno a pesar de ciego y viejo. Se ubicó en frente. La luz cenital se amortiguaba sobre Maude y su rostro emblanquecido.
-Señorita-empezó el negro algo perturbado-¿sabe que desde su aparición, él – puso su mano sobre mi camisa
negra- ya no grita borracho esas cosas que escribe y otras que nadie entiende?
-Lo sé, lo sé- respondió ella siempre tan distante para los todos.
-¡Mire! ¡Mire, señorita!- continuó el ciego y barrió de la mesa servilletas y pocillos. Hort maldijo al
ciego aunque nunca dejó de pagar lo que rompía. La mano de Ezra  se deslizó sobre la mesa. Temblé. Supe qué buscaba. Tanteando llegó al grabado –Mire señorita…
Maude acercó su perfil a la mano del negro. Observó donde estaba señalando un bajorrelieve a cortaplumas: El círculo de eslabones de cadena unidos y, en el centro sobre un ancla toscamente labrada, nuestros nombres “Douglas&Bertrand”. Maude me miró, yo respiraba agitado, Ezra arrojó su risa de saxo barítono.

Ambos recordábamos aquella tarde, mi primera entrada a la taberna Black Shark. Mis doce años. Entonces nadie pensaba en guerras ni bombardeos, porque más allá sólo existía el mar; el mar y la vieja barca que encontraron misteriosa y semi destruida. Pero el cuerpo de papá no. A los doce años, apenas quedaba el mar, mis cinco poemas, y esa barca donde pescábamos o dormíamos horas enteras, como si estuviésemos acunados en el vientre de mamá. Ezra admiraba a mamá y él sí sabía qué significó para Bertrand que a pocos minutos de nacer yo, ella muriese.
Aquella tarde, en mi primer entrada al Black Shark, donde según mi hermano solamente entraban los hombres duros, el negro invidente talló con maestría nuestro escudo. Ahora, de espaldas a Hort, sacó su vieja navaja con la que nos había unido hasta la muerte y, acariciando la madera, llegó al tallado. Sobre nuestros nombres, en diagonal, grabó “Maude”.
Pasando mi asombro por los ojos de ella, miré el humo centrado en el techo de la taberna. Por entre los renegridos resquicios de las maderas talladas a mano más de cien años atrás, se extendió el mar amplio, rugiente. A un costado, en la orilla estaba la barca. Bertrand sentado en la quilla con su cuchilla fabricaba de un tronco una lanza de pesca.
No me miraba. Yo conocía esa actitud. La forma de presionar la cuchilla, los músculos tensándole la remera, el rostro, Bertrand no quería mirarme.
Maude asentó su mano sobre mis párpados. Mi pecho se aquietó.
Ezra, el ficticio capellán de ejércitos, guardó la navaja. Sus manos comenzaron a gesticular con torpeza ante el rostro de Maude. Entendí qué quería. Así había conocido la belleza de White Mam, como él llamaba a mamá.
-¿Quieres verla, no?
-Aja, aja- respondió el viejo, otra vez las manos en la barba.
Observé a Maude. Miró el rostro casi infantil lleno de ansiedad del viejo, que podría ser nuestro padre.
-Está bien, Ezra, puedes – dijo ella bajando los párpados.
Sus manos de roble oscuro contra de vello encanecido avanzaron hacia ella. Tomó el cabello entre los dedos como si fueran hilillos de una vela somnolienta al viento. Los ojos muertos del negro se agitaron ansiosos. La yema de un dedo fue investigando las cejas que daban a Maude esa expresión constante de asombro. Fue deslizando por el pómulo derecho apenas saliente para detenerse en la nariz recta.
-Por favor, señorita, por favor Maude-era súplica.
-Está bien - dijo ella.
Casi sin rozarlos, pasó su dedo por la línea exterior de ambos labios, dibujándolos, para ascender por el pómulo izquierdo, la oreja,  nuevamente el hilillo de los cabellos, suspendiéndolos y abandonándolos hebra a hebra sobre el aguafuerte de la luz parpadeante sobre nuestras cabezas.
Maude me miraba lejana, atrozmente lejana. Ezra rozó los párpados nuevamente y ella regresó, serena.
-So much beautifull y’re! La brisa  pertinaz que me arropará por siempre bajo las olas – musitó Ezra, robándome el adjetivo.
El anciano contrabandista se retiró hacia su mesa. El imbécil de Hort, observaba inmóvil, boquiabierto.
-Vamos- dijo Maude- es muy tarde.
El reverendo Atherton bamboleaba su cabeza sobre el vientre repleto de aguardiente.

Lo estival del siguiente día nos retrotrajo al mar.
La noche anterior Maude no pudo dormir. No quería permanecer en la torre del acantilado como por un pesentimiento.
Se maquilló, como nunca.
El chal de seda italiana rodeó el cuello de colores vitales. La línea de sus labios intensos, sensuales contrastaban con el rostro gris.
Era una rosa muy fresca, debilitándose antes del mediodía.
Era el amor marchitándose.
Maude.

Sentí el deseo de amarla intensamente. Y la aferré de la cintura.
-Eres tan hermosa, aun así-le susurré.
-Chissss. Sabes que estoy mu…-le cerré la boca con mi boca.
Temblábamos. La ondulación del mar nos adormeció.
Temblábamos mortalmente abrazados.
Temblábamos por amor y miedo. Nos habíamos detenido quince millas mar adentro. Nos amodorraba  solamente el océano y las nubes abigarradas. Recogimos la vela, nada se interponía en la distancia.
El sol golpeaba tenazmente.
La brisa marina se detuvo.
La barca, era una inmensa cuna meciéndose para dormirnos en el amor.

Desperté asustado, como cuando el coletazo de un tiburón nos embestía.
Maude no estaba junto a mí.
A babor, tosía de manera convulsionada.
La abracé.
-¡No Maude, no! ¡No!- la tos no se detuvo.
El cuerpo se estremeció. Quería escaparse.
Nunca había tenido tanta fortaleza para arrastrar la red de Bertrand, como la que tuve para retener a Maude.
Intenté darle de beber. Rechazó todo. Mis lentes rebotaron sobre suelo.
Tos, solamente tos.
Se retorció peligrosamente. Era una corvina en peligro, fuera del agua.
Por un momento se tranquilizó con la cabeza sobre mi pecho. El sonido áspero, le brotaba desde muy adentro.
Me miró exhausta.
De repente estiró su cuello, con el rostro paralelo al cielo, retomó la tos con mayor intensidad.
-¡No Maude! ¡No! ¡No!-quería cerrarle los labios nuevamente, pero ya no era posible.
La tos y los estertores entremezclados no permitían nada.
Nada. Lo sabíamos.
A quince millas de la costa o sobre la misma costa, era todo igual.
Nada.
Entonces, su boca tosía, sin sonidos, sibilante, impotente.
-¡No Maude! ¡No! ¡No! ¡No te mueras, no!
Se aquietó de forma brusca.
-Bertrand – balbuceó al mirarme…
En la delgada hebra escarlata que se fugó de la nariz hacia el pómulo, hacia la cubierta chispeó el sol.
Me sentí desconectado de todo.
Arrodillándome, aflojé los músculos, pero aprisioné el cuerpo inerte sobre el piso por mucho tiempo.
Dejándolo reposar, mis brazos se electrizaron y, hacia el sol que escondía, impiadoso, su gloria, los puños cerrados, mi alarido sin control:
               - ¡Bertraaaaand!



CÓRDOBA,  Agosto 15 de 1995 – 5 a.m.