martes, 5 de febrero de 2013

PEDRITO



A Spinetta, el flaco, in memoriam

Mi viejo, flor de tipo.
A veces lo observo sin que lo note. Tiene esa mirada tan fija cuando se concentra en algo, es como si hubiese partido hacia algún lugar lejano, solo él sabe dónde está.
No es alto. Eso se hereda. Hasta ahora en la parentela, ningún gen de esos hay.
Regresa del hotel, aunque siempre muy cansado entra a casa animoso; pero algo en su rostro reclama  a la vida, y eso es indicio de que la cosa no está normal.
Después de algún beso, como si se le escapara por descuido, anda en silencio un rato. Desganado para hablar, pregunta cosas que nadie le responde, como si no estuviera. Entonces se sienta en el living y jugando con su barba leve nos mira como estando pero yo lo sé, no, no está.
- Aja - es todo, lo único que sin querer dice, al menos por unos instantes, si alguien le dirige la palabra.
Trato de entenderlo; no es fácil comprender a mi padre. Entre él y yo algunas cosas fueron sembradas, allá, muy distantes, cuando yo ni siquiera estaba en sus intenciones. Quizás cuando era niño jugando con los trompos con esa destreza que aún conserva más allá de su traje gerencial de Armani, o cuando corría por las veredas bajo el sol haciendo silbar el aro que había construido él mismo quitándole los rayos a una llanta desteñida de bicicleta, entonces debió suceder algo.
En el colegio la maestra dice eso.
-          Hoy los padres llevan una gran carga y ustedes deben comprenderlos- sin embargo
nunca me dice qué es lo que tengo que comprender. Se me arma un despelote inusual con ese asunto de comprender y termino no comprendiendo nada.
Pero nos llevamos bien, especialmente cuando, en el camping,  asoma la cabeza por encima del agujero de la carpa, ve que la del vecino está peor entonces me hace un guiño. Allí lo sé, él ha cambiado mucho y me doy cuenta y él se da cuenta de que yo me doy cuenta, porque en algunos momentos empieza a garabatear su obra preferida con tinta china y las cosas que le salen o le entran, ¡qué sé yo!...  Ahí veo que es donde mejor se mueve. Se olvida de todo lo de hoy, va hacia atrás, ayer, como sumido en la gasa de niebla de algún tren que parte hacia ninguna parte, como cuando era de mi edad, supongo.
-          A ver si dejan de hacer ruido... puta, la vez que quiero hacer algo- pero no está, no
está porque arroja todo en un cajón, y se va a caminar solo bajo el paraíso, el árbol enmarañado en flores celestes cerca de las monjas, aspira el perfume entrecerrando los ojos, como intentando retroceder más. En esa situación logra ser como él quiere ser, me parece; a mí me pasa muchas veces que no quiero ser como soy, me gustaría ser distinto aunque no la tengo clara. Me gustaría... no sé. Por ejemplo no quisiera estudiar más todo esa porquería intelectual que no me sirve para nada en el Nacional. Especialmente porque siempre tengo que laburar[1] a mami, para que me haga casi todas las tareas y además me llevo once materias a marzo, no sé para qué. Es cuando más quiero ser otro y no sé por qué uno termina siendo como todos los días. A él le pasa lo mismo, o me engaña.
Por eso, digo, en los momentitos de la tinta china o bajo el paraíso, él parece ser como quiere ser. ¿Será que lo de todos los días lo pudre como a mí lo mío? Allí, frente a mis ojos, unos trazos negros de tinta dejan salir algún antepasado con ojos en las alitas y él es otro tipo... el que más me gusta; nos sentimos en el mismo nivel. Se pone amistoso, me abraza, parecemos de la misma edad y lo que más me gusta entonces, es que no tengo que hacer ningún esfuerzo para comprenderlo, o ¿será que cuando uno deja que las personas sean como quieren ser, no es necesario toda esa pavada del comprenderlos?
Muchas veces he querido decirle, gritárselo:
-Sos mi ídolo, viejo, quiero ser como vos - y en ese momento el ocre teléfono lo llama del hotel... o cae por encanto uno de mis tíos, el Ariel.
Ahora que soy más grande comprendo-¡siempre eso de comprender!-a mi hermanita. Comprendo por qué hay tan buena relación entre mi vieja y su hermano Ariel. Todavía viven como cuando eran pibes. Hay cosas que los unen de siempre, aunque la abuela los crio sola, además entre mi tío y mi viejo las cosas van muy bien.
A veces mi viejo, fumando sus interminables Parisiennes que apestan, los mira a mami y Ariel “están locos” dice especialmente cuando se meten con la compu. Hacen unos desastres de película, pero al final terminan contentos. Yo no sé si con mi hermanita seremos iguales cuando seamos grandes como ellos.
Ariel, es de los que se hacen querer. Es buenazo pero no es ningún gil. Cuando yo era muy chico, Ariel todavía andaba en la pavada, como dicen ellos cuando uno es como quiere ser. A los dos años y medio todavía vivíamos en la casita de muchos vidrios, sin vecinos, excepto los locos del bungaló. A la tardecita nos sentábamos en la puerta y cantábamos, mi viejo con la viola “Muchacha, ojos de papel” la del flaco Spinetta o mirábamos el sol ponerse tras las montañas más allá de Villa Allende. Él, igual que ahora, de pie observaba el crepúsculo engarzado entre los cerros, se le ponía el cuello tenso con la vena casi por estallar, la piel de gallina y miraba, miraba, igual que ahora, y el atardecer que lo leía, leía a él soñando con algún cóndor en tinta china que planeaba por allí, no sé...  en esas horas vespertinas, de nuevo él estaba pero no estaba.

En la casita del sol poniente como llamábamos por tantos cristales, teníamos el Heinkel, un ratón alemán que alguna vez recuerdo supo transportarnos. Mi viejo soltaba malas palabras si querían atropellarnos cuando volábamos como águilas por la avenida Rafael Núñez en aquella escafandra del 50.  Y mi vieja, contenta, con una mano en la boca con la otra lo agarraba del brazo.
-Cuidado, Gus...- ¿o Tavo? ¿O Guti? ¿O Gusta? ¿Cómo lo llamaba? No recuerdo bien; entonces lo llamaba con sobrenombres cariñosos, ahora, Gustavo a secas. Y yo reía y saltaba porque yo era una cosita rubia, y esa burbuja una gota de cristal demasiado segura para mí que desde el asientito de atrás lo abrazaba a él rodeándole el cuello con mis bracitos y él no se enojaba, me daba besos en las manos sin distraerse y así no me atemorizaba ver por la ventanilla pasar pavorosas moles a toda velocidad porque aferrado a él, a mi viejo, nada te daba miedo.
Era la época cuando Ariel caía de repente en un jeep.
Hecho a duras penas, le daban pinta de jeep americano bien fachero, pero era de después de alguna guerra. La verdad, lo habían hecho a pulmón y otras cosas. Digo otras cosas, porque los caños los chorearon[2] de los postes de señalización de las calles. Bueno, no digo que los robaran. Jamás el viejo haría eso. Lo que sucede es que por la Rafael Núñez cada sábado a la madrugada alguno de los borrachos ricos terminan contra esos letreros. Durante todo el fin de semana quedan los caños retorcidos, abandonados, que no servirían para nada. Y bué[3]… allí aparecía tío Ariel con su hermano el ragbier concheto[4]; hacían una redada rastreando los caños como si hicieran un inventario y por la noche los retiraban para que no entorpeciera el tránsito tan compacto los fines de semana en el Cerro. Así, de a poco el jeep tomaba su pinta de tuneado[5] invencible.
Encaramados en ese meteorito, mi vieja, yo, la Umicha de pie en la caja, con Ariel o mi viejo al volante y algún otro de copiloto todos gritando la Cantata, la del flaco, descendíamos raudos y suicidas hacia la diagonal 14, olvidando por un momento la pobreza temporal y el maldito trabajo nocturno en el casino de Carlos Paz que casi mató a mi viejo.
Cuando escucho algo del Casino de Carlos Paz, algunas cosas me suenan familiares. Mi viejo no volvía del casino como vuelve hoy del hotel, no, ya cuando se iba, al atardecer, cargaba peor mufa[6] que la que hoy trae de vuelta. Al parecer viajaba en colectivo hasta la plaza, frente a la Catedral, los enlataban en otro rumbo a la Villa y regresaba casi muerto a dormir su insomnio en casa a la hora en que más le hubiera gustado quedarse en pie pintando los cerros de La Calera con el sol sobre sus espaldas.
¡Qué período ese! Pero lo superó. Es valiente.

Sin embargo hay veces que no nos entendemos.
Hace unos meses, me dije a mí mismo”le voy a dar una sorpresa”.
Siempre escuchaba que él era fana[7] del flaco Spinetta. A veces lo canta con los ojos puestos en la nada, se le pone la cara como cuando yo sueño despierto con alguna pavada. Aprovechando la moda, me propuse darle esa sorpresa, ser diferente como él hubiera hecho en la época de La Falda Rock. Lo preparé todo bien. Seguramente él vendría mufado por el trabajo y por eso que me parecía estaba pasando con mi vieja, cosas de ellos. Le iba a dar una alegría enorme. Limpié sus retratos de melena re larga, barba y bigotes manchados de Parisiennes que todavía estaban abrumados de polvo oxidado de nostalgia sobre la biblioteca donde quedaron sus longplay de Pescado Rabioso y algunos casetes de Artaux.
Cuando abrió la puerta de casa, salté gritándole:
- ¡Hola pa!- se le cayó el Parisiennes de la boca, los ojos le saltaron como en los dibujos animados. Quebró el cuello como hace cuando se pone tenso porque no entiende algo.
-¿Qué te hiciste?- preguntó, arrugando la cara como si viera un alien, sorprendido en su buena fe- ¿estás loco? ¿Qué te hiciste taradito? -
¡Era un chico! ¡Lo amaba! ¡Quería verlo feliz, siendo como él habría sido!
Esos son los instantes en la vida de pibe cuando se experimenta la incomprensión universal: un adulto no entiende tus hallazgos geniales. También me pasaba con la mami, ojo, eh. Yo que había hecho el esfuerzo por agradarle, por mostrarle que hace muy bien cuando se pone a ser como él quiere ser sin importar qué piensen los demás... jamás pensé que se escandalizaría, porque  él nunca se escandalizaba de nada…  si hasta el hijo de Spinetta tenía ese luk[8]...
Todo salió para el diablo. Me llevó él a la peluquería para que me pelaran a la bocha, como un esquinjed[9], porque el rojo remolacha con claritos amarillo patito en mi pelo, no le gustó ni medio.
Entonces, por la noche cuando intento dormirme, su rostro se me acerca y trato de entenderlo.  Especialmente si esta tarde se refugió contra el ruido o los demás dentro de su dormitorio para envolverse en su melancolía grave, ese sonido desconocido para los pibes como yo, él y su guitarra acústica.
En mi cama le pido a la mami que no me apague la luz, no porque lo negro de la noche me de miedo sino porque él, mi viejo, él continúa fluyendo hacia nosotros en un susurro casi imperceptible de “muchacha ojos de papel”. Sus canciones grabadas con tinta china negro y rojo en las cuerdas de la viola penetran en mi corazón engañoso y traicionero desde su dormitorio donde trata de ser él, no sé, no sé por qué siempre totalmente a oscuras.

LA LONJA, 9 de Julio (S.J.) 6 de Mayo de 1998 3:13:59 a




[1] Lenguaje popular. Convencer sin que la otra persona se dé cuenta, como robándole la atención.
[2] Expresión popular con el significado de “robar”
[3] Expresión popular para “bueno”
[4] Expresión vulgar para jugador de Rugby de clase alta un tanto con sentido de superioridad, aunque sea tímido.
[5] Del inglés tuned
[6] Del lunfardo para “Mal humor, bronca”
[7] Por fanático y un derivado del inglés “fan”
[8] Del inglés por “look”
[9] Del inglés por “skinhead”

jueves, 24 de enero de 2013

Lámparas imaginadas

Un conjunto de poemas e ilustraciones, 
utilizando fotografías y dibujos del autor.
si camino
el sendero 
que cruza
un campo de cebada
el llamado de una voz 
me detiene. 
Viejas memorias
hacia cierta nostalgia
me conducen.
Entonces silbo.
Canciones amorosas
a mis oídos
saludan en respuesta
mas cuando me vuelvo
nadie está allí
sólo el atardecer arde sin fuego
y cielos vacíos ahogan mi mirada,

(Basado en la traducción personal de una canción anónima coreana)









Poema base:
Nació
      sobre un amor por nadie reclamado
      diamante bajo arenas forastero 
      al principio de su edad sin la atracción del oro
parpadeó oscuros cormoranes
                   POR ESO EL MAR LO PERDONABA

Robó
      el pan de su comedia 
      en arrebato de prisionero 
      la trampa en su corazón descuajó la aldaba
      fue atrio al propio extrañamiento
      llanto y piedra sobre sacrificio de la noche
y la noche le concedió su derecho...la escarcha
                   POR ESO EL MAR LO PERDONABA

Perdonó
al que no perdonó su cobardía
      ¡escaso carro para tanta caminata!
      ¡tanto amor encallado entre corales!
      se paró entre el mar y la borrasca
cuando esta lo envolvió en su sacerdocio altivo
                POR ESO EL MAR LO PERDONABA

Murió
bajo tres astillas de sol sobre su espalda
      chisporroteó en su parpadeo águilas
      para mudarle  rostro de bronce y proa
      al sonreír su otra Máscara
reír con lamento de Pastor Arlequín sin freno
                POR ESO EL MAR MÁS LO PERDONABA.  
               









 




lunes, 14 de enero de 2013

JAN



-Me   pareció que   días   antes,   hubo    alguien...sin precisar...
-Algo, ¿cosa? ¿Persona? ¿Animal? o solamente...
-Solamente eso.
-La cuestión que...
-¡Esperen, esperen! ¡Déjenlo!-gritó el forense, psiquíatra en el Hospital de Oslo, tratando de no confundir a Jan; en fin de cuentas nadie podía asegurar que hubiera sido él.
-La cuestión es que cuando escuchaste afuera los aletazos terribles, saltaste los escalones
-Corriste.
-¿Corriste?
-¡Corriiiiste! 
-Algo en la atmósfera amenazaba viajar sin mí...como te decía. 
-¿Vociferaste?
-Maldije esa casa a mis espaldas.  Encendí los compresores,  el gas, corté el amarradero por la derecha,  luego el  tercero...entonces el último y remonté el aparato "en un  chasquido  de lienzos  encendidos,  hinchados  que terminan  en  el  vuelo  no visto".
-¿Y el arma?
-¿Entonces?
- De   esa   casa   del   campo,    ¿tenía   que marcharse?
-¿Estuvo solo? 
La casa blanca anclada en la luminosa pradera de Noruega donde Jan se aferró a aquellos árboles, su plateado murallón. El sol al coagularse cada amanecer en el porche para mirar a Jan, vigilaba a los pájaros. De tan inofensivo Jan era pájaro, entrampado como años atrás en la misteriosa asfixia de la tundra.
-Queda poco tiempo ¡Ya vienen! y, 
¡Hay tantas cosas!
¡Qué oscuro!
- Lo que pasó es que, estaba observando a un gerifalte, un halcón ¿me entiende? Falte es la fonética latina de falke, halcón para la etimología germánica.
-Sí, sí, ¡por favor!
-Por favor, deje su fonética para otra corte.
-¿Sabe que eran los preferidos de la cetrería? ¿No?  Raro.  Le digo, habitan en acantilados rocosos...desconozco por qué ¡allí! en esa pequeña ondulación hacia el mar estaba él. Ya había visto a otros en Vatna Jokull de tonos bien claros, casi blancos estriados de negro,
-¡Por favor!
-Color idóneo en la zona nórdica; pero éste se entretenía en dar caza a las aves marinas; era gris oscuro. ¡No podía ser, allí a decenas de millas al sur del círculo ártico!
-Deje los detalles. Deje.
-¿Cuando fue?
-Abril o mayo de esa...-Jan se perdió con la vista en el resplandor oblicuo que lo curioseaba por las ventanas del oeste. Los marcos de madera para los vidrios, a contraluz le recordaron barrotes- abril, mayo más o menos...estaba muy confiado, sedentario.
-¿Ud.? ¿Por qué?-los profesionales, abombados, aburridos por ese extraño animal se removieron en sus altos sillones de terciopelo verde como si una sombra gris les impidiese estar erguidos solemnemente.
-No, yo no, él, el gerifalte-señaló el techo-Cuando, perezoso, remontó vuelo…- Jan se irguió y corrió entre los pupitres de los profesionales en frente planeando con sus brazos como si fuese un ave o un chiquillo.
-¡Compórtese!  Que los guardias ordenen a este- El golpe del martillo en el estrado despertó paralizando a Jan. Dos guardias de azul con botones plateados lo llevaron a empellones contra el asiento.
- Lo seguí con la vista y de pronto allá me pareció verla por primera vez
-¿A quién?
-¿Qué cosa vio?
-Cosa no- recalcó Jan- a ella, en el árbol, como una lechuza de Tengmalm.
-Abril o mayo, ¿Por qué tan seguro?
-Porque escapé.
No pensó qué llevar. ¡Tanto y tan viejo todo!  Marcos en las paredes aguardando fotografías alguna vez admiradas. Tan solo la figura de aquel retrato, la mujer acurrucada contra el Ayuntamiento en Dresde, radiante, aún para esa imagen gastada en el ocre de los años veinte.
Lámparas apagadas.
El trozo final de leña se desmoronó   provocando nubecitas de ceniza y alguna chispilla humeante en la alfombra inició su música vertical sobre el piso de madera.
-Usted la asesinó
-¿A qué? No. ¡No fue el miedo! La amé siempre. Estaba allí, la vi por primera vez y sentí ¡qué sé yo qué! Solamente sé que no estuvo nunca antes...y ¡esos ojos!
-¿Eran muy bellos?
-¡Rojos! Eran rojos y fue la última vez que relinchó el caballo negro en el establo.
El ruido de una puerta de hierro, arrastrándose sobre su marco produjo un chillido. Distrajo a Jan. La luz desbordaba en el cabello y la barba amarillentos, parecía un santo, el icono contra el vitrau que no pudieron robar en Bucarest, y la sombra extraña resaltaba el color de sus ojos. Comenzó a acariciar con la mano izquierda, como si fuera el cabello de alguien presente, la pelliza desteñida de carnero que le cubría del frío en tanto con la derecha se cerraba el cuello del uniforme del presidio.
 -Un momento, espere...espere.  Usted dice que
-No, no podía esperar la
-Dice que fue la primera vez que la vio, entonces huyó. Pero después dice que desde aquel día que le pareció ser el último, en los días siguientes no vio más al caballo negro, ¿qué quiere decir? ¡Es tan confuso todo!
-Tenía los ojos rojos, ¡rojos!...y eso... ¡era insoportable!- Jan caminó fácilmente hacia la oscuridad. Veía a través de ella. Vivía en ella -Terminar, le dije. Todo será diferente.
Poco conocía de la marea en que ingresaba. Lo más parecido, amnesia.
Adelantándose en las tinieblas un árbol se irguió hacia él, más negro que todo lo demás. 
Se estiró al  pie, exhausto... sin  hojas, las  ramas  partían desde el núcleo  ubicado  en   sus ojos, hacia  mil  senderos  lineales, retorcidos...hacia  donde él mirase suspendido por hilos invisibles, con las alas extendidas, el gerifalte. En una rama inferior los ojos encendidos de las lechuzas lo alumbraban con aburrimiento. La dureza del metal entre su piel y el cinturón le produjo un dolor cuando posó su espalda contra la base del tronco. Él era la raíz, remando hacia el abismo, donde habría un destello. Estaba seguro, como siempre el destello aparecería.
Observó al juez y a los otros letrados. Lo miraban con sus ojos rojos, agudos, centelleantes. Irritado, penetró en un cubo transitando senderos sin habitantes. Desde hacía diez horas… ¿o diez años cuando decidió marcharse?
-Se marchó ¿Por qué escapó?
-¿Escapar? ¿De qué? ¿Hacia dónde?- pero sucedió como siempre: una ramita cruje inesperadamente, quiebra la calma, transita en su cerebro y él se marcha por senderos inconclusos.  ¿No le había sucedido en Buenos Aires en la pensión del callejón sin salida frente al Kavanagh? ¿O en la mohosa habitación desde donde sólo divisaba, agua, agua, agua por todos lados hasta desleír los cimientos del caserío de colorinches en Ámsterdam? ¿Y en el suburbio al este en Esbjerg? Nunca era lo que buscaba.
En Oslo aguantó dos días. Prosiguió el viaje a Kristiansand donde se encontró con Marthen Knudd, siempre la misma rutina insoslayable. Marthen le aconsejó remontar el Bjorna pero no solo. Las góticas coníferas sobre el fiordo oteaban el perfil muchísimo más elevado que el escueto horizonte de los hombres del barco sobre el agua. Pero lo hizo solo.
En Bergen pudo contactar a Isnilsen a quien no había visto hacía dos años, después de lo de Tsingtao. Isnilsen todavía no lograba reponerse de esa. En aquella noche de la taberna de Rusebrack, Isnilsen fue quien le recomendó la casa.
-Los abedules forman pequeños bosquecitos descendiendo hacia el mar—comentó al descuido acariciando la barba- cada amanecer el caballo negro aparece y desaparece nervioso, inquieto como provocando. Hasta que lo atrapé. ¿Sabe cómo hice porque era salvaje el maldito?
-No insista. Es tema que no le interesa a la corte.
-¡No le interesa!- pensativo Jan como si le molestara el metal entre la piel y el cinturón se acomodó en el costado derecho, pero se dio cuenta de que la ropa del presidio no incluía cinturón. Se pasó la mano por la cintura y luego señalando al ventanal, agregó -Solamente a ella no la había visto nunca antes. Tenía que marcharme.  Debía marcharme.
-¿Por qué?
-¿De quién?
-¿Hacia quién? -inquirieron los especialistas con no poca desconfianza.
No recordaba si alguien estuvo allí, alguna vez, si esas voces siseando en su partida...
-Nunca hubo alguien-respondió. ¡Tan confuso!- Ya no distinguía si el enemigo quedaba rezagado o se le adelantaba.
-¿Enemigo?
-¿De qué enemigo habla?
-¿De dónde provino el enemigo?
En su memoria solo árboleslibrospájaroscárcelesfiordosydesiertos... y el gerifalte. Le apuntó en un ángulo de treinta y cinco grados.
-Sus ojos eran rojos. Ella si hubiera querido…pero no - y calló. Era concreto. Su vivir... Pensaba que después de aquella muerte ya nada queda- Porque ¿quién es inmortal tras unos versos toscos, mal trabados?- gritó al juez ausente que pareció despertar- Sólo se vive a través del pensamiento de otros que también partirían sin un mísero verso in memoriam. ¡Bah!  Ilusos... ¡poema!...poemas, aspirinas para el reuma-otra vez un gran silencio.
-¿Por qué entonces, era menester huir ese lunes?
-El caballo, ¡el caballo!
-¿Qué quiere decir?
- Los ojos rojos, ¡rojos!...y eso...era insoportable!
La llamita en el suelo, estalló iluminando, sin que Jan lo percibiera, su melancolía de medio siglo. 
Ató las botas, cruzó el capote, lio las riendas sobre el caballo negro y escapó hacia los pájaros.
A sus espaldas un resplandor, no de mediodía, creció iluminando alguna nieve rezagada.
El cabello de Jan, su abrigo, cada minuto se tornaron más rojizos.
¿El atardecer?
Brusco.
Violento.                                                                                                     
Apasionado.
Lejos de Jan, la casa, un blanco navío español incendiado que crece en la dilatada noche de Noruega.
El fiscal psiquíatra trató de sorprender a Jan que estaba en su partida, con una pregunta a rajatablas:
-Y el arma ¿De dónde consiguió su arma y donde la escondió después de todo?
-¿Arma? ¿De qué está hablando?-le gritó Jan.



Córdoba, 6 de Febrero de l992 3:00 a.m.



 Garçon
 (o memorias de un caballo)

El niño, impertinente, saltó sobre mi lomo.
Renuncié a mis corcovos.
Era un niño.
Ajustó las patitas queriendo abrazarme en su horqueta vertical y huimos hacia el Arroyo Cabral donde los juncos cuelgan sus jarcias.
-¡Soy El Zorro! ¡El Zorro!-gritaba y yo, bronco, lo conduje por el barranco espantando liebres y perdices.
-¡Soy El Zorro!- y enterró su espada vegetal en la corteza del viejo ombú, los sus brazos columpiándose en el aire.
Lo conduje hacia las acacias.
Estiré mis patas. Recorrí el espinazo en las gramíneas.
Al dormirme yo, se durmió contra mi sudor.
Desperté, cuando lo despedían en el tren para la Universidad y no lo vi más.
-¿Quién da más por este buen frisón? ¿Quién da más?
El gallego Soler ganaba mucho en el hipódromo, más en las cuadreras… y me fui con él.
Yo no servía para correr, ¡sí que para el arado! Y el gallego no perdió el tiempo.
-¿Mé va’presta’l Garzón?- preguntaban gringos o criollos.
Así pasé de mano en mano. De chacra en chacra. De otoño en otoño.
Hasta que apareció el inglés de los huesos, le decían. No sé por qué.
Y por cien pesos le hice un hijo a la Luz Mala, esa maldita yegua que me pateó hasta las verijas, primero.
Era tan bonito mi potrillo…
Pero después vino otra, otra, otra, siempre por cien pesos… y me olvidé de que yo cada vez quedaba más solo que sombrero olvidado.
Hasta que no di más y ahora,
Muerdo cuero y hierro, no obstante explote mi pecho.
Alguien arremete desde atrás con fuerza.
¡Formidable!
No creo en el destino, sí en mi historia de caballo
A pesar de todo sigo traspirando hacia delante, la boca sangrante.
Agotado sí, el corazón, se alboroza aunque sea para morder y repechar sin dientes.
Hay instantes cuando me retobo hacia la derecha o la izquierda
mas sigo atropellando piedras que al pasar entibia mi saliva.
Apenas veo el cielo sobre mí cuando el cuero-hierro lacerante
arquea mi cabeza más allá de la porfía.
Y esa sola vista, basta.
Porque él me dice:
-“¡ARA!, carajo, ARA” - aunque nada sientas lo compense.- ¡ARA! Ya te recomprarán mañana.
Y así vino la oscuridad siendo día aun.
Mi cuerpo cansino ya ni se endereza.
Ni me restriego en las gramíneas.
Ni insisten con el apero.
Ni asusto siquiera a una perdiz.
De mi ya ni se acuerdan. Que ni para arar me necesitan
Es noche.
Mi noche.
Alguien se acerca.
Mi cabeza solamente se empecina por negarse.
Hace tanto tiempo. ¡Tanto!
Pero no le tengo miedo a esa bruja.
Está encima de mi cuerpo, lo siento, encima.
Me retobo. Aunque no puedo, no puedo. Solo agito mi cabeza.
¿Quién es? ¿Quién es?
Y pone una manzana entre mis belfos.
Se recuesta sobre mi sudor de espanto y calmo al oído:
-Soy El Zorro-me dice- El Zorro.

OMAR ANTONIO DAGATTI