lunes, 3 de septiembre de 2012

CUENTOS BREVES EN OCHENTA PALABRAS


 

Adagio nocturno.

La tarde fue escarcha. No esperaba a nadie, pero vendría; lo supe.
Ordené  almohadones, encendí  sahumerio de violetas.
Sus pasos resonaron en el porche.
Apagué todas las luces excepto la gran lámpara.
No será la primera vezme dije.
Corrí, cerré la canilla del baño que goteaba nerviosamente entonces  Adagio de Albinoni  inició calmo, pero resuelto.
Sus ágiles manos rozaron el picaporte en la puerta.
La abrí y algo atropellado, dije:
Entra y sin luna, entró la noche.



Mi vecina 

regresaba del mercado, con la cesta no muy llena.
Se inquietó al ver demasiada gente en su puerta y aceleró el paso
Los vecinos al verla quedaron horrorizados.
La otra mujer, vociferaba contra los paramédicos por soltarse.
Mi vecina la tocó en el hombro para ver quién era, por qué el escándalo.
-Nos llevan, nos llevan - gritó la del chaleco de fuerza.
Mi vecina, dejó caer la cesta casi vacía porque  su cuerpo gritaba en la camilla.



3


Llueve intensivamente

Dos ancianos acurrucados frente al hogar en llamas.
-Quise darte hijos, no pude-musitó ella.
-También yo.
Estalló el rayo; un trueno.
-Estamos solo ¿no lo crees?
-No, mira-  extendió su agenda.
Afuera, con estrépito cayó el roble en la colina
-¿Tus poesías, tus poemas?- 
La anciana recostó su cabeza sobre el regazo del esposo.
El acarició sus mejillas, sus ojos.  Ella sus manos.
Lejos el mar, se había apaciguado.
-Tus hijas, tus hijos... tan sólo eso pude darte


4


 Marilyn

Es noche.
Cuando nadie ingresa al cementerio el anciano deposita en su mes final la rosa blanca.
-Perdóname-llora-¡eras tan vulnerable!-pájaros nocturnos, hacen coral en la niebla- ¡Aquella foto del aire esculpiendo tu belleza debajo del vestido! ¡Insoportable!
Boulevard Wilshire lejos, se desbocan los motores.
-Preferías los spots… el Yanquee Stadium… coquetear con la democracia… ¡Perdóname por empujarte!
Era otoño.
Ella, depositó la hoja final sobre hombros encorvados.
El,  su última rosa blanca.

James-dijo llamarse-James Dougherty.  
Apenas un muchacho.

5


Pero

Giulietta, hija de don Genaro y Gianni, el adoptado, se amaron  sin soberbia.
- Sábado, festa,  aniversario -sermoneó el padrino- rispeta tua famiglia, non faltare- lo besó.

La  felicidad  enerva los misterios.
           
Giulietta, aquieta su corte a lo garzón sobre la camisa de batista italiana de Gianni. Engominado, decoran  “El día que me Quieras”.
-¿Vamos... la terraza?-disimula Gianni-por la izquierda tú.

Amados por todos pero casi hermanos.
La mafia fanfarronea arremolinándose:
puñal de hielo en silencio púrpura lo derriba.


6




Golondrinas

Despertó consternado.  Algo  extraño, diferente, iba a suceder.
Atrás, cuarenta años daba nombre al hijo.  Nunca más lo vería.

Al mediodía el zonda enfogó  sus arterias
¡Cuántos de setenta cesaron  en agosto!
Sin medicamentos ese páramo lo aniquilaría.

Cinco horas p.m: como siempre después del viento, la  armonía inexplicable.

Vértigo, asfixia, terror cuando una garra estrujó su corazón
Se arrastró al crepúsculo, elevó sus ojos y allí… lo inesperado:
Sobre  niños y  cometas las  primeras golondrinas de setiembre, regresaban.


7





Dos hermanos

El fuego del hogar, en mis pupilas refleja ansiedad mientras leo.
Sé cómo terminará.
Mi hermano mayor, él está vivo, aquí.

El estruendo sordo.
El zarandeo.
La nube empolva  la ciudad detrás…ya vencida.
Lo escucho maldecir cuando tropieza sobre los escombros
Cruza la calle tajeada en vertebral.
Lucha con vecinos aterrados  para no soltarme.

Tembloroso, termino sus memorias.

Atardecer del 44.
Oscuridad, dolor, velas.
¿Yo? ni de dos años,  cuando en sus brazos él, me rescató del terremoto.



Dedicado a Hugo Zavalla, mi hermano mayor.


8



¿Qué hago con Yolanda?
                   

-No sé director. La espié seis noches. Fregaba  pisos, inodoros, y después
-¡Tantos niños mueren, cada día aquí! Sanito, el de la última cama, solamente. ¿Como médico no lo vio?  
-Todo fregado, levantaba al bebé; lo  acunaba, cantaba, besaba., y dormido,   a la camita.
-¿Qué hago? Ni enfermera es. ¿Saludable? El hijo de nadie.
-El suyo nació muerto; no podrá tener otro.
-Pero  ¿Qué explico al Consejo?

-Sanito, por el amor de una negra… la fregona.


9






Viejos inuit

-Es hora, vamos; demasiadas bocas.
-Vendrán más-asintió ella.
-El pez azul escaseará.

Innumerables kayaks por el desfiladero helado en la tundra.
Amanece. Todos se despiden. Ojos oblicuos, oscuros, sin lágrimas.

Dos esquimales arremeten contra la borrasca.
El viento negro, gélido tajea su perfil cuando se desmoronan al borde del abismo.
La estrecha contra su corazón; el calor, lo saben, será innecesario.
-Es hora-repite; apenas pupilas inquietan cejas de escarcha.

Tienen cien años.
Mansa, la nieve los acuna.



10





Ochenta en Maui

Cuando Pearl Harbor tenía 7 años.

Desde el avión la isla, mujercita calipso sumergiéndose en terciopelo azul
Rechazó circuitos convencionales; temerosa, sola, enfrentó el ascenso.
Tras horas de marcha, la aguja Lao West protegiéndola,  sobre arenas marfileñas, calas serenas cayó extenuada
-¿Qué hago aquí?-  Ella, mujer de Chanel 5, tejida en hijos, nietos guirnalda a su garganta.
Escritora. 
Ochenta, en Maui.

La Florida, 10° “C”, frente al espejo cabello lunar:
-¿Aventura? ¿Pasión?- rió estrepitosamente-no temas, recién comienza.



Dedicado a Luisa M. F. de Puerto Rico



11


El asesino



Tras el hermoso terciopelo del ventanal, la viejecita, enjoyada; regresó del servicio religioso muy tarde.

Olió. Alguien, allí. Buscó, pero no descubrió los botines  que sobresalían del cortinaje.

El arma quema. Ella cena y ora: 

-Señor, tu paz, mi paz. Si alguien me daña, perdónalo, ignora qué hace-leyó. Durmiéndose, su respiración sosegada invitó al asesino.

Relumbra el filo en la lámpara; boca abajo, la “Santa Biblia”.



En torbellino, la oración regresó.



La navaja, “click”.

Cerró la ventana. Ella no debería pasar frío.






12


Maldición gitana.

¿Superaría a Pablo Casals?
Antes del concierto debía ensayar como genio.

Cuando su nieto gritó orgullosamente:
- ¡Bravo, abuelo!  el teatro, de pie,  bramó  en aplausos.  
Después, silencio sideral.

Comenzaba Tzigane de Ravel, cuando la vio acercarse  para enredarlo entre mantilla y pollerones, taconeando, seduciendo. En tanto,  solo danzaba  para él, y él bebía gota a gota la poción de su pecado.

 No pudo más. Extasiado, demasiado adrenalina para el último solo.

 Cayó, el rostro contra su violonchelo.

                                                                                                     Dedicado a Noemí Dacunha


13.



Trimera Quincena.



Madrugada; desmembrado abrazó el jergón, mirándola con esa pregunta en su conciencia: “¿estoy muriendo?”
Ella, quitó botines, harapos; la toalla mojada, de siempre  sobre ojos del último hijo, adolescente. Estaba acostumbrada a consecuencias del primer cobro, para los suyos.
-¡Enfermo!-puñetazos descascararon el muro. La madre, la mirada de siempre, ardiente, purificante, dibujó venas sudorosas, mugre, carbón.
-No, Pascual- recordó al esposo, al mayor, subyugados, moribundos prematuramente- ¿fábrica? ¿fragua? ¿como ellos?-besó tiernamente- no, tú no. Será tu última borrachera

                                                                              





14.




AL SOLTAR EL PUÑAL

-Al fin-Murmuró.
Su sangre remó porfiada, cintura abajo.
Por él, luces inciertas oraban mientras vientos brumosos del Plata se arremolinaron tajantes contra él.
Un galeno susurraba  “La cachila”.
-¡Madre!- desde cristales mutilados creyó  verla extendiéndole manos, sin aferrarlas por las suyas demasiado restringidas en tripas resbalándose.
Dedos en rojo moribundo, por el farol resbalaron sigilosamente.

“Nunca más mis ojos tristes verán tu aurora” gemía la radio.
Se arrodilló, quebrado en cruz… sobre el otro malevo, inerte.


15.




¡Bajo la cama!

-grita Estela.
Botas truenan escalones, derrumban la puerta.
Manolito, boca abajo, manos al pecho.
La agonía trepida en su mejilla congelada.

-Papá enfrenta tres, mamá se encarama a otro. Lucha mortal.

Quiere ayudar, esos uniformes le aterran.
Manolito muerde su lengua, cubre las orejas.
Ellos abusan.
Ensordecedoramente, fogonazos.
Con cuatro amapolas púrpura los padres se desmoronan.

-Los ojos negros de mamá me observan, me observan… pero se escarchan ante mis pequeños anteojos sembrados de amapolillas rojas. 


16.



Giraba su vértigo silencioso

La calesita.
Afuera contra la baranda, la mirada del niño traspuso caballitos de madera.
Bocas feroces subían, bajaban la dicha desde un mundo que no le perteneció.
Recordó aquel vago susurro de lágrimas velando su sonrisa.

La calesita giró frenética,  desorientándolo.

Desde aquel calabozo de doce años descubrió su sendero arrebatado en sangre.
La calesita se inmovilizó esfumando sus niños.
Perplejo supo que era otro, cuando no escuchó que le gritaban
-Vamos, vamos
 sus padres adoptivos.   



17.





Corrí.



Moretones, rasponazos. Rostro, uniforme denunciaban la paliza al salir del colegio.

-Los voy a matar, abuelo-lloré; me atrajo contra sí.

-¡Eres tan desafiante, tan flacucho!
-A matar los voy...
-Son superiores, muchos.
-Entonces ¿qué me queda?-enjugó mi rostro.
- Lágrimas y risas.
- Lágrimas y risas… ¿Sólo eso?
- Solo eso- su mirada sabia me tatuó el alma.
Entonces reí, reí y reí sin freno, hasta que los ojos me impidieron verlo a través de mis lágrimas de risa.

18.





Rumbo a.



-¿Está libre?

-Sí- contestó y Celine ocupó el asiento.
El tren, después de la invasión del 26 de agosto  abandonó Gare Montparnasse rumbo a Lion.
Esvásticas tachadas.
Conversaron ágilmente.
-Tengo esposo-aclaró Celine y ambos rieron.

-¿Está libre?
-Sí- contestó y Sebastián ocupó el asiento.
El expreso después de la invasión del 12 de octubre abandonó Estación Retiro rumbo a Rosario.
“Perón presidente”, gran letrero.
Hablaron a tientas, temerosos, casi compungidos.
-Ya no tengo esposo-aclaró Celine entonces ambos rieron


19.




Rosarito.

Cristian partió al liceo, descuidando la puertecilla.
Ella remontó disgregando oros de cielo.
Viró armónico gorjeo hacia su pequeño señor ausente.

Cuando Lulo saltó, Rosarito quedó en sus garras.

No es su ratón cautivo.
Gema ardiente, pía terciopelo ajado entre rejas.
El gato, prisionero  de la estrella que lo inspira, ni libera ni inmola.

La tarde renació. Cristian regresaba.
Lulo extenuado, desamarró sus garfios, ella preludió hacia el amo.

-Rosarito, en mundo voraz ¿sobreviviría? – preguntó Lulo con su mirada. 


20.



Los gemelos.

Noche cerrada.

Espantado arrojó la camioneta al costado. Puñetazos al volante, incrédulo.
Fer habiéndolo besado con labios ardidos, huyó maizal adentro.

-¿Qué carajos?-
Eric intentó serenarse.
Encaramado al capot maldijo reclamando el regreso del hermano.
Fer se desmoronó aturdido sobre chalas viejas.
Eric buscó hasta encontrarlo.
Le apretó la garganta, sin dudar.

Una brisa sensual humedeció la llanura.
En la lágrima vacilante se reencontraron.

Sobre la camioneta huérfana, su chispazo amarillo el semáforo, encendía… apagaba… encendía… apagaba… encendía.




  OMAR ANTONIO DAGATTI GIULIANO.

2 comentarios:

  1. Breves pero contundentes. El adagio nocturno es hermoso, como solo la noche y la soledad pueden serlo. Viejos inuit, ellos prefirieron la muerte inmediata a esperar. Refleja la tradición de los Inuit que a los viejos los envían a que mueran solos y no sean una carga. Llueve intensamente, me hubiera gustado otro título (es cuestión de gustos)eso no quiere decir que no es bello.

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