sábado, 9 de abril de 2016

VIAJE SIN RETORNO

VIAJE SIN RETORNO

La ignorada aldea de Taransay se extiende en la áspera y desolada ribera de las Hébridas Exteriores. Los escasos forasteros que la visitan recuerdan el acre olor a humo de turba en las colinas barridas por el viento; el gusto de su cerveza oscura y el parloteo sibilante de la lengua gaélica de los pastores y pescadores en los largos atardeceres, bajo los techos humosos de la taberna “La copita de Crofter”.
Objetos extraños tallados delicadamente en hueso banco, cuelgan de las vigas del techo o llenan los estantes: narvales, morsas, osos polares que desafían a hombres, y una manada de lobos árticos suspendidos en terrífica inmovilidad sobre un caribú masacrado. Existe en estas tallas una extraña habilidad que jamás ha surgido de la imaginación de un pastor isleño, no óbstate haber sido talladas todas en Taransay. Son obra de Malcolm Nakusiak, un viajero fuera de época.


LA ODISEA de este hombre comenzó en la costa oriental de la Jifia de Baffin, cierta mañana de julio de mediados del siglo pasado, cuando las aguas del estrecho Davis estaban fatalmente cubiertas de niebla blanquecina. Los  cazadores se habían reunido en la playa y escuchaban en algún lugar
cercano el ridículo parloteo de las primeras morsas de la estación. La tentación de ir tras ellas era grande, pero el riesgo de una tempestad era mayor.
Pasando por alto la precaución de sus compañeros, Nakusiak decidió enfrentar su fuerza y su suerte a los azares de las misteriosas aguas. Desde la playa, sus amigos vieron desvanecerse su kayak (canoa que usan los esquimales) en la oscuridad, entre los rugientes témpanos. I Nakusiak tuvo gran dificultad para encontrar las morsas pero se negó a regresar. Estaba tan absorto en la cacería que apenas advirtió la fuerza del viento oeste.
ALGUNOS días más tarde, y casi 100 kilómetros al sudeste, el vigía de un ballenero noruego vislumbró algo en un témpano distante a babor. Tomándolo por un oso polar, gritó que se cambiara el curso. El barco viró entre el hielo hacia lo que resultó ser un hombre desplomado en la cresta de un arrecife.
El inerte cuerpo de Nakusiak y los restos de su destrozado kayak  fueron trasladados al barco; después de una comida caliente, el esquimal comenzó a reponerse. Nakusiak, que nunca antes había visto hombres blancos, se sintió intranquilo desde el principio; y se perturbó todavía más cuando notó que el ballenero avanzaba resueltamente hacia el sudeste, lejos de su hogar. Cuando el buque entró a mar abierto, se desesperó y se puso a reparar su canoa, pero con tal vehemencia, que se la quitaron y amarraron a la escotilla posterior. Los balleneros actuaron así por evitar que pereciera al embarcarse en la anchura del océano en un navío tan diminuto.
El buque se encontraba al sudeste de las islas Feroe cuando lo golpeó un ventarrón del oeste. Era un barco sólido y hubiera resistido la tormenta de no haberse soltado los obenques del palo mayor. Se partieron con un gruñido y al instante, el mástil chasqueó como un hueso y se desplomó por sotavento. Trabado por un laberinto de cuerdas, el mástil destrozado hizo las veces de ancla, y la embarcación giró sobre sí misma, guiñó y, después, dio medio tumbo.
No hubo tiempo de botar las lanchas. Apenas alcanzó Nakusiak a soltar su kayak y a colarse en la parte baja de popa antes de que una ola gigantesca reventara sobre cubierta y desapareciera todo bajo el agua.
Empapados, Nakusiak y su canoa quedaron un momento sobre el lomo de una montaña de agua. El esquimal contuvo la respiración mientras se resbalaba por una pendiente tan empinada que le pareció lo llevaría a las entrañas mismas del océano. Había amarrado con tal firmeza sus ropajes, hechos de piel de foca, a la brazola del kayak y alrededor de su cintura, que hacía imposible la entrada del agua. Hombre y kayak eran un todo indivisible. El pecio ártico, con su corazón humano, fue llevado tanto tiempo por el viento del sudeste, que los ojos de Nakusiak se empañaron hasta la ceguera. Sus músculos crujieron y se enroscaron en agonía y, después, tan brutalmente como había comenzado, el trance llegó a su fin. Una poderosa cresta levantó la canoa en sus dedos y la arrojó contra la playa. Medio aturdido, el esquimal se arrastró trabajosamente hasta la arena.
Horas después lo despertaron los chillidos de las gaviotas. Su vista había mejorado, pero en ninguna parte de la espesa superficie marina se veía la familiar reverberación del hielo. Bandadas de pájaros marinos volaban, amenazadores sobre él. Allá arriba, en la costa, su mirada descansó en algo conocido. Seguramente, pensó, esas manchas blancas en las verdes altas son montones aislados de nieve. Se quedó observándolas basta que el miedo destrozó la ilusión. ¡Las cosas blancas se movían! ¡Vivían! Nakusiak huyó playa arriba y se refugió en una cueva. El  corazón le latía con fuerza. Sólo conocía una bestia blanca de aquel tamaño—el lobo ártico—  y se negaba a creer que existieran lobos en esas cantidades.
Durante dos días apenas si se atrevió a dejar la cueva. Para el tercero tenía dos necesidades urgentes: un arma y comida. Encontró un pedazo de madera de un metro de largo y en cuestión de minutos ató a la punta su cuchillo. Aquella lanza rústica le infundió valor.
En la mañana del cuarto día, después de un largo y arduo ascenso, alcanzó el borde de un acantilado de roca rojiza, y allí, en el mullido césped, se dejó rodar,  jadeante. Pero su fatiga desapareció cuando vio a unos cien pasos un grupo enorme de las misteriosas criaturas blancas. Nakusiak apretó su lanza.
El rebaño se acercó calmosamente; lo encabezaba un gran carnero de cuernos negros y en espiral. En algún momento balaron las ovejas, y Nakusiak, que había llegado a su límite, las acometió con ímpetu y gritería. Sorprendida, la manada se desperdigó y el esquimal quedó solo, tembloroso y estupefacto, mirando un par de animales muertos. Que eran seres humanos mortales y no espíritus, ya no podía dudarlo. Loco de alivio echó a reír y pronto llenaba su hambriento estómago con carne roja.
En lo alto de un cañón, 500 metros tierra adentro, la experimenta mirada pastoril de Angus Macrimmon captó un desacostumbro movimiento  de la manada. Las ovejas, observó, convergían en una informe figura situada al borde de un peñasco. Antes de que pudiera ponerse en pie, la rechoncha figura aquella se lanzó gritando sobre la nada. El pastor vio el blanco vellón pintarse de rojo, y al asesino abrir una de las ovejas muertas y alimentarse con la carne cruda. Maldiciéndose por haber dejado su perro en casa, corrió por ayuda. Una docena de aldeanos pronto estuvieron reunidos, dos de ellos llevando escopetas de carga silenciosa, y otro más armado con un mosquete de cañón largo.
Estaba el día por morir cuando se pusieron en marcha a través de las praderas. Desde lejos vieron las manchas blancas de las ovejas muertas. Avanzaron cautelosamente hasta que uno señaló con el brazo la cosa velluda que se inclinaba sobre una de las ovejas. Entonces azuzaron los perros.
Nakusiak había estado tan ocupado rebanando carne que no advirtió a los pastores hasta que el frenético aullido de los perros lo hizo levantar la mirada. Ya estaban sobre él. El cabecilla, un espigado collie café con negro, dio una vuelta alrededor de esa figura de rara vestimenta y olor desconocido  que estaba allí con las manos teñidas de sangre. Nakusiak  reaccionó  con un balanceo a dos manos  de la empuñadura de la lanza, golpeando  a la bestia tan fuertemente al lado de la cabeza, que le rompió el cuello. Los perros restantes se acercaron de nuevo  y Nakusiak retrocedió hasta el borde del farallón. Alzando el rostro hacia los pastores  gritó en su idioma: “¡No soy peligroso!”
Como respuesta recibió el disparo de mosquete. La bala lo hirió en el hombro izquierdo y la fuerza del impacto lo hizo girar en redondo. Hubo un grito de los pastores y todos se adelantaron mientras Nakusiak tropezaba sobre el borde del escarpado. Arañando frenéticamente con la mano derecha, se las arregló para adherirse a la empinada cuesta y resbalar un par de metros, pasada una pequeña saliente hasta  tenderse, tembloroso y extenuado, en una pequeña fisura en la pared de la roca.
Incapaces de ver algo que no fuese el resplandor de las olas en la angosta playa y el aleteo de las gaviotas espantadas de sus nidos,  los pastores llamaron a sus perros e iniciaron el regreso a casa a través las praderas oscurecidas. Cualquiera que fuese la identidad del asesino de ovejas, sabían en su interior que era un ser humano y esta certidumbre no les resultaba fácil de sobrellevar. Macrimmon expresó lo que todos sentían cuando interrogado sobre el suceso por  su esposa e hijas: “Lo hecho, hecho está. No tiene caso decir al mundo todo lo que puede encontrarse en estas praderas, pues no lo creería. Mejor es dejar que se olvide”.
SIN EMBARGO, Macrimmon no podía olvidar. Obsesionado por el recuerdo de esa extraña voz, regresó tres días después al farallón y con cuidado descendió por el borde. Su perro lloriqueó tristemente y no se  atrevió  a proseguir cuando su amo desapareció de vista.
La marea estaba bajando y los guijarros húmedos de la playa brillaban muy por debajo. Pasaba cerca de nido tardío de un alcatraz. El enorme pájaro se echó a volar y con un ala golpeó el rostro de Macrimmon, quien por instinto levantó una mano para defenderse. En ese instante, la pizarra sobre la  que apoyaba los pies se desmoronó y lo hizo caer.
En la punta del farallón el perro presintió la tragedia y empezó a aullar.
Su aullido despertó a Nakusiak de un sueño de fiebre en la pequeña cueva que había sido su primer refugio donde descansaba en espera de que su cuerpo sanara. Con la mano sana asió la única arma que le quedaba, un trozo de roca llena de percebe. La levantó y la tuvo suspendida mientras el traqueteo  el traqueteo de las  piedras que caían se mezclaba con un lamento humano. Se arrastró al  exterior. Sobre un montón de madera un hombre rezumaba sangre por la cabeza. En un instante Nakusiak estuvo de pie sobre el enemigo, con el trozo de roca en lo alto: la muerte se cernía sobre  Angus Macrimmon, y sólo un milagro podría detenerla. Y sucedió un milagro, el milagro de la compasión.
Nakusiak   bajó   lentamente el brazo. Temblaba.   Después, con el brazo sano, sujetó a su enemigo y lo arrastró trabajosamente hacia el amparo de la cueva.
A LA mañana siguiente, una partida de rescate encontró al perro al borde del acantilado y adivinó lo sucedido. Sin embargo, los buscadores sólo habían imaginado una parte. Una delgada espiral de humo los llevó a la cueva. Cuando consiguieron mirar temerosamente hacia el interior de la estrecha hendidura, listos los rifles, sus rostros mostraron tan azorada incredulidad que Macrimmon no pudo menos de sonreír.
“No se asusten, muchachos”, los tranquilizó desde el colchón de algas marinas donde yacía. “No hay nadie aquí más que nosotros, hombres salvajes, y no nos los vamos a comer”.
En el interior de la cueva ardía una pequeña fogata encendida por Nakusiak con el pedernal y el acero de Macrimmon. La cabeza del pastor estaba vendada con tiras de su propia camisa, pero su espalda, dolorida por las costillas rotas, había sido cubierta con el abrigo de pieles que no hacía mucho cubría la espalda del ladrón de ovejas. Nakusiak, desnudo hasta la cintura, abrazaba su hombro herido con el brazo sano.
Nervioso, el esquimal miraba, ya el rostro sonriente de Macrimmon, ya al grupo de cabezas apretadas a la entrada de la cueva; después, también él comenzó a sonreír. Era el inexpresable gesto de alivio de quien, perdido en el terrible vacío, ha regresado a la tierra de los hombres.
EL ESQUIMAL y Macrimmon yacieron en camas contiguas en la cabaña del pastor hasta que sanaron las heridas. La esposa e hijas de este dieron al forastero cuidado y ternuras mientras él las entretenía con canciones en su idioma. Semanas después ya era tratado con afecto por todos y cada uno de los pastores.
Nakusiak pronto se ajustó a la forma de vida de los isleños. Tres unos después se casó con la hija mayor de Macrimmon y formó su propia familia con el nombre cristiano de Malcolm. Durante los largos  atardeceres del invierno se unía a los otros hombres en la taberna  “La copita de Crofter” y, allí, sentado ante el hogar, tallaba sus pequeñas y maravillosas esculturas como queriendo describir a sus compañeros la vida de la lejana tierra de los inuit. Mucho antes de morir, a fines de siglo, y de ser enterrado en el panteón de la aldea, se había convertido en uno de los habitantes de Taransay y su recuerdo aún vive entre la gente.
Una tarde de verano, en nuestros días, un muchacho, bisnieto de Nakusiak, se arrodilló para leer el epitafio escrito por un sacerdote amigo del esquimal y esculpido en una de las dos piedras gemelas que sellan las tumbas donde yacen Malcolm y su esposa. Había orgullo en el rostro del joven cuando leyó en voz alta:
Lejos del mar, de tierras
ignoradas,
llegó este forastero
e hizo su morada.
Fue en Taransay amado:
entendió con piedad que hay que responder al
mal con bondad.


FELLINI maestro del séptimo arte

En parte actor, en parte artista y mago, Federico Fellini se ha consagrado como uno de los grandes directores en la historia de la cinematografía.


FELLINI:

maestro del Séptimo Arte (Por Melton Davis)
EN ROMA, donde vive y trabaja, lo conocen como  Maestro. El número de películas de largo metraje que ha filmado no llega a la docena. Sin embargo, ha sido nueve veces candidato para el Oscar (el premio de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood) y sus películas mismas lo han ganado en tres ocasiones. Los festivales cinematográficos se disputan el privilegio de proyectar su última obra, y siguen exhibiéndose por todo el mundo películas que dirigió hace diez años. Como Fellini ejerce mayor atracción que sus estrellas, es su nombre el que despliegan las marquesinas de los cines en letras gigantes. En parte actor, en parte artista, en parte mago y en todo y por todo hombre que domina los resortes del espectáculo, es Federico Fellini uno de los grandes realizadores cinematográficos de nuestro tiempo.

Nada es tan grande, tan original o tan inusitado que Fellini no pueda acometerlo. Su Satiricón, viaje onírico a través de los modales y las costumbres de la antigua Roma, tuvo un elenco multinacional de 1500 actores y un equipo técnico de más de 250 personas que trabajaron durante seis meses en no menos de 89 escenarios. En realidad Fellini lo prefiere todo desmesurado, desde grandes automóviles hasta travesuras colosales. (En alguna ocasión telefoneó a un amigo: "¡Asómate a la ventana! ¡Quiero verte!" y cinco minutos más tarde le pasaba por delante volando en helicóptero.)
Por supuesto, también  Maestro es grande en lo físico. Con 1,88 m., de estatura y 90 kg. de peso, parece una versión afable aunque mofletuda del clásico busto dé Beethoven. Tiene 52 años de edad y se preocupa por no excederse de peso. Y sin embargo, cuando va al restaurante, se mete en la cocina para ver cómo va su comida, probando de paso cuanto haya sobre las hornillas. Nunca se siente más feliz que cuando las personas que almuerzan con él piden platillos diferentes (recomendados por él mismo), de manera que pueda probarlos todos. A despecho de las dietas que ensaya de vez en cuando, la cintura le crece sin cesar. Cuando se le echa esto en cara replica altivamente: "¡El trabajo es mi dieta!"
Hombre corpulento, cejijunto, cuando escoge a los actores para sus películas se parapeta detrás de un inmenso escritorio. Aun cuando haya advertido a su secretaria que no recibirá llamadas de ninguna clase, a los pocos minutos ya está hablando con todo el mundo. Se quita la americana, se remanga la camisa, se afloja la corbata y el cabello se le convierte en un matorral. A la vez que telefonea, dicta telegramas y aprueba presupuestos, entrevista una interminable procesión de actores o de aspirantes a serlo. Rebosante de bondad, los recibe a todos y les pide que dejen su foto.
Una vez iniciado el rodaje de una película, Fellini se revela en la dirección de sus actores como una mezcla de director de orquesta exigente e imaginativo maestro de ballet. No obstante su corpulencia, retuerce el cuerpo en las posiciones que quiere de cada actor y sus dedos rechonchos se convierten en relampagueantes ilustraciones de los gestos que pide. Mientras la cámara rueda, Fellini revolotea junto a ella, comunicando instrucciones con voz suave y persuasiva, mientras su cara muestra una docena de expresiones diferentes. Terminada la escena, es como si los actores hubieran reflejado a Fellini como otros tantos espejos.
Por muchos nombres famosos que pudiera haber en el reparto, en ~el escenario Fellini es siempre el mejor actor, capaz de representar todas las partes, desde la del extra más insignificante hasta las de los primeros actores. "Es una enciclopedia de lo humano", dice un amigo íntimo. "En él se puede encontrar al héroe y al cobarde, al viejo y al niño, a la víctima y al verdugo".
Como consecuencia, donde trabaja Fellini el ambiente suele ser como el de un circo en el momento que precede a algún número excepcional, mortalmente arriesgado. Cuando, como es frecuente, los actores y el equipo técnico aplauden cierta escena, Fellini demuestra su complacencia levantando sobre la cabeza las manos juntas, a la manera de un boxeador victorioso.
Cuando alguien comete un error, Fellini manifiesta su descontento en tonos de reproche. Una vez, ante una escenografía defectuosa, dijo al culpable ayudante del escenógrafo:
— ¡Debería darle vergüenza! ¡No entiendo cómo pueda no importarle lo que hace!
A veces huye bufando del escenario, asegurando que se niega a trabajar con gente a la que no le preocupa su tarea. Pero como no es ninguna prima donna histérica, siempre regresa, generalmente a los pocos minutos, después de haber bebido una taza de café para tranquilizarse.
Fellini no sólo se interesa por lo que hace, sino que disfruta haciéndolo. Sostiene que el trabajo hecho con gozo es siempre mejor. Constantemente se repite a sí mismo que hace películas para diversión del público. En cierta ocasión, un visitante advirtió un pedazo de esparadrapo de color amarillo pegado junto al visor de la cámara. En él, el director había escrito en mayúsculas: "No lo olvides. ¡Se supone que esta va a ser una película chistosa!"
Cuando el ambiente se pone demasiado tenso, es Fellini quien sale con un chiste, una agudeza o alguna broma. Su buen humor es contagioso. Vivaz y divertido, conversador brillante, es capaz de hacer que sus amigos se desternillen de risa o rompan en lágrimas. Uno de ellos ha dicho: "Si Felfei hubiese nacido en la India, hubiera sido encantador de serpientes".
Su don de atraer y subyugar a quien sea, más el prestigio que acompaña a toda película de Fellini, mueven a actores de primera categoría a aceptar papeles secundarios y a técnicos experimentados a renunciar a trabajos Mejor pagados, con tal de filmar con él. Piero Tosi, famoso escenógrafo, en cierta ocasión terminó un turno de dos semanas con Fellini y trató de irse a trabajar en otra película. Pero Fellini lo convenció de que volviera "durante una semana, nada más". Cinco meses después Tosi continuaba allí, trabajando por una fracción de su sueldo habitual. "Cuando se está con Fellini", comenta Tosi resignado, "no se tiene vida privada. Es un volcán de ideas; te llama en mitad de la noche, abrumándote de cosas que quiere que le hagas. En ocasiones te agota; pero las mayores satisfacciones de mi vida las he tenido trabajando con él, que es un individuo fascinante".
Federico Fellini nació el 20 de enero de 1920, en Rímini, célebre lugar de veraneo situado a orillas del mar Adriático. Su padre, agente viajero, soñaba con hacer de su hijo un abogado, pero el joven Federico tenía otras ideas y se pasaba muchas horas encerrado en el baño atusándose unos bigotes de cáñamo y pintándose patillas con corcho quemado. Hacía títeres y los niños de la barriada pagaban un centavo cada uno para asistir a sus representaciones.
En la escuela fue un alumno difícil. En un año hizo novillos 64 ' veces. Dedicaba parte del tiempo libre que así conseguía a pintar carteles para el cine Fulgor, que se los pagaba con entradas gratuitas. Cuando Fellini tenía 18 años, una revista de Florencia compró uno de sus dibujos y él se lanzó a hacer otros. Al estallar la segunda guerra mundial estaba dibujando para un semanario humorístico de Roma.
Posteriormente obtuvo un empleo como escritor de un programa vespertino de radio compuesto de canciones, chistes y diálogos breves. De ahí pasó a escribir Cico y Pollina, serie semanal radiofónica sobré una pareja de enamorados. Pollina era
Giulietta Masina, atractiva rubia graduada en la Universidad de Bolonia. Fellini, que no la conocía, vio su foto en una revista de aficionados a la radio e inmediatamente le telefoneó:
—Buongiorno Pollina, io sonó Fellini —le dijo—. Estoy harto de la vida, pero antes de morir quisiera ver qué cara tiene mi heroína.
Giulietta aceptó verlo y su amistad se consolidó. Un día Federico le mandó un par de ansarinos, cada uno de los cuales llevaba un pedazo de papel al cuello. En uno estaba escrito Pollina, en el otro Federico. Los acompañaba una carta: "Pollina, ¿quieres casarte conmigo? Federico. P.D. Para ahorrarte el trabajo, te^ mando una carta con la respuesta escrita. Bastará con que la firmes y me la devuelvas". Giulietta la firmó, y se casaron en octubre de 1943.
Federico continuaba rondando los periódicos y las revistas, tratando de vender artículos y dibujos, y escribiendo en ocasiones algún guión para cine. Para cubrir sus necesidades cambiaba a los soldados norteamericanos caricaturas por cigarrillos y pan blanco. Tenía tanto éxito que pronto abrió un negocio llamado "Tienda de caras cómicas" y al poco tiempo organizó a varios artistas amigos suyos y estableció otros negocios parecidos.
Pasado algún tiempo Federico volvió a redactar guiones cinematográficos. En 1945 él y otro escritor, Sergio Amidei, compusieron en dos semanas Roma, ciudad abierta, drama que, dirigido por Roberto Rosellini, habría de consagrarse como una de las obras clásicas de la cinematografía.
Fellini se convirtió en director casi por casualidad. Poco después de 1951, él, un amigo y el director Michelangelo Antonioni habían escrito el guión de Lo Sceicco Bianco ("El jeque blanco"), sátira de las "fotonovelas" que se publican en Italia. Pero Antonioni decidió que a él no le interesaba dirigirla, y así pasó algún tiempo antes de que un productor pidiera a Fellini que hiciese la prueba como director. El rodaje del primer día iba a tener efecto en un barco de pesca, cerca de Roma. Mientras lo trasportaban adonde artistas y técnicos le esperaban, Fellini se puso tan nervioso que se olvidó del guión y de lo que él tenía que hacer. Pero tan pronto como subió al pesquero, empezó a decir a los actores en qué forma debían moverse, a dar órdenes a los técnicos y a mirar por la cámara como si no hubiera hecho otra cosa en su vida. En el viaje de la orilla al barco se había convertido en director.
Algunos críticos acusan a Fellini de charlatán, por la vaguedad del contenido de sus filmes. Fellini prefiere que el público saque sus propias conclusiones. "No hay nada más allá de lo que se ve en la pantalla", dice. Y lo que allí se ve es un compuesto de la vida personal de Fellini y de sus sueños. Para Fellini, el mundo de la fantasía es el verdadero. Ya en su primera película uno de sus personajes dice: "La realidad existe sólo en los sueños". Es ahí donde Fellini crea su universo, con el material de sus ensueños y los fragmentos de sus encuentros con la gente y los sucesos de la vida real.
La gente, las caras, voces, risas, todo ello estimula a Fellini, que necesita de la gente (y la gente parece comprenderlo así). No es de maravillar que se haya convertido en una especie de atracción turística y que se le visite como si fuera un monumento nacional o un monarca reinante. Saluda a todos con auténtico entusiasmo, casi como un anfitrión en una fiesta en que todo va bien. Al mismo tiempo clasifica rostros, gestos y rasgos de carácter en su archivo mental, para su posible utilización en futuras películas. En tiendas y cafés no tarda en trabar conversación con el camarero, con la pareja sentada a la mesa de junto, con la cajera . . .
Este interés, esta consideración natural por el prójimo han sido positivos para la carrera de Fellini. En 1962, después de tres años de no filmar, aceptó dirigir una película de la que no se sentía seguro. Tres días antes del comienzo perdió la inspiración por completo. Poseído de pánico, se sentó a redactar una carta al productor, renunciando al proyecto. En ese momento uno de los técnicos llegó a decirle que se estaban celebrando los 70 años de uno de ellos y que lo invitaban para que los acompañara. En la fiesta los presentes levantaron de pronto las copas y brindaron espontáneamente por su director y la nueva película que iba a realizar. Fellini se conmovió a tal punto que rompió la carta inconclusa. No podía dejar frustrados a sus colaboradores. Haría una película acerca de un director que había perdido la inspiración. El resultado fue 8 y 1/2, la tercera película de Fellini que ganó un Oscar.

A pesar de sus éxitos, Fellini ha conservado ciertos rasgos atractivos de su carácter, desarrollados en sus primeros años. Es hombre temeroso de Dios y creyente por naturaleza. "A menudo dirijo mis pensamientos a Dios", confiesa.
Cuando se le pregunta si cree en los milagros, Fellini reviste de humorismo su creencia para contestar, como hizo una vez: "El otro día cayó un rayo sobre dos pinos, cerca de mi casa. ¡Pero jamás habrá de caer sobre mí! Tengo un acuerdo secreto". Y dada la capacidad de Maestro para entrar en comunicación con quien sea, es muy posible que tal acuerdo exista, en efecto.

sábado, 12 de julio de 2014

El Criador de imágenes



Sad Bear, el formidable schnauzer de dos años , durmió contra sus piernas.
La gata, Nanette, entre postigos entreabiertos desconfió de la noche.
Esa languidez inmersa en su pellejo desconoció si él  acaso existiese. Era un furor anfibológico de cincuenta años y solo.
¿Qué le quedaba? Estaba resuelto.
Tres días atrás había colocado sobre la mesa la pecerita. Diez por siete pulgadas. Suficiente para Espartaco su beta splendens[1]. El cuerpo, inferior a medio meñique, motorizaba las aletas que a manera de túnicas reales lo envolvían. La dorsal extendía el azul tornasolado, la pélvica una larga barba rojo encendido, la anal en parte escarlata en parte verde topacio pero no podían competir con la caudal que a manera de cola irisaba todos los colores del espectro. Era un príncipe en pleno celo. Se deslizaba por el agua blanda con altivez absorbiendo el líquido superficial para luego regresarlo en ampollitas mágicas formando un centímetro convexo sobre la superficie. Un flotante racimo de seis por cuatro centímetros, no más de eso, en diminutos globos transparentes, sería el hogar para sus primeros hijos a una hora por nacer. Macho preferido en tu especie-pensó- apenas si vivirás más de un año. En Siam, hasta tres podrías, superviviendo en el mero barro, sin una gota de agua hasta que azote el monzón. Lo lograrías. ¿Acaso podía Espartaco discernir la diferencia entre esclavitud y libertad? Entre ambos, el pez era el más libre, porque podía cumplir su propósito en la vida como liberto dentro de su esclavitud. Y él ¿no era también esclavo de sí mismo y del sistema? Sin dudarlo, pero su esclavitud sin un propósito era amarga.
Lo eligió aquel enero en el Acuario Azul, en la galería de la 27 de Abril durante su último viaje a Córdoba.
-¿Cómo está Criador?- lo saludaban- ¿Qué nos trae?- La pregunta de siempre. A pesar de haber vivido allí quince años, en los acuarios no lo conocía por su nombre. “Criador” le decían porque les entregaba sus crías, veinte, cincuenta, setenta  a veces a cambio de un solo pez exótico que por lo general lo traían para satisfacer su excentricidad. ¡Criador!
Fue verlo y amarlo. Era pequeño todavía pero en su compartimento aislado en la betera[2], desplegaba gallardamente enfurecido todo el velamen de su cuerpillo contra otro macho el doble más grande. Solo el cristal impedía que se despedazaran. Se llevó en una bolsita de plástico a Espartaco a cambio de veinte levistes y diez mollies. Espartaco podría aguantar las veinte horas de viaje hasta Barreal en esa bolsita. Era verano y no habría problema de que el frío lo matara con el hongo blanco. El resto de los peces en cajas de telgopor selladas para mantener la temperatura aguantarían sin oxígeno en el maletero del colectivo hasta llegar a la finca contra la Cordillera del Tigre.
-Ahora va a poder ganarse unos pesos con ese pequeñín- le dijo el empleado en tono de risa. Lo miró desafiante a los ojos. El Criador conocía;  dos machos betas no pueden estar juntos en una pecera de menos de cien litros; en el patio trasero de cualquier taberna tailandesa los hombres armaban un pequeño escenario y en un acuario poco profundo y reducido arrojaban dos betas machos y apostaban más y más y más, hasta que uno terminaba muerto y el otro vivo pero sin un milímetro de sus gloriosas mantas. Las aletas crecerían en pocas semanas, deformes, contusas, el cuerpecillo aún con llagas a medio cicatrizar y otra vez, como gallos de riña a enfrentar la muerte segura en menos de un año. Era el destino de Luchador de Siam. Odiaba eso y como Criador, odiaba también a esos indonesios hijos de puta y el muchacho del mostrador no pudo soportar su mirada.
Y allí estaba desarrollado totalmente en cosa de tres meses y sería padre por primera vez.
Él había perdido los suyos. Miraba al Beta Splendens como si mirase a su hijo ya hombrecito en cualquier lugar, vaya a saber carajo dónde.
Vació el primer vaso de patero.
Absorto en el pez lo distrajo una de sus fotografías colgadas en la pared. Por toda la habitación estaban sus trabajos fotográficos profesionales.
Bebió despacio su segunda copa de patero. Finas hebras como de aceite rojizo fueron deslizándose por el interior hasta formar una moneda de bronce en el fondo. Sabía que era muy bueno, aunque los vecinos que lo elaboraban no eran nada higiénicos. Se detuvo con la pausa del vino en las fotografía en un intento de destrozar la cara del envolvimiento que lo amortajaba cada día, que se le hizo red en la carne, una caricatura espeluznante, atrapándolo.
Al lado de la copa la culata plateada de la Browning 9 mm refulgía.

Nuevamente sus paisajes recalan otras travesías con algo de su sentimiento, si le queda, es decir desde el naufragio.
Allí va, la  fatiga del caballo flaco, su ascenso inmortal hacia el establo del otoño dorado en Re  Mayor por Ascochinga.

Su barca yace aguardándolo en arenas negras de Jericuacuara hasta que el paterno mar en sus olas lo devuelve. No paga rescate a la manga que se desenfrenó hacia el oeste desde el sur desorientado.

La estación del ferrocarril Mitre, rieles inmolados a las nieblas de julio  claman por  la desintegración del hueso, pero tras la arcada en la avenida, los tarcos azulejos, le hacen señas, invitación que no ignora.

El árbol misántropo sobrevive, único, apuñalando la roca que lo nutre, cuesta abajo en “El Silencio”. Le  convida hacia su rama desnuda. Pero... ¿dónde escuchó otra vez este chistar compasivo de la brisa?

Nanette recostada, no apartó los ojos más allá de la dovela de horquilla.
Sad con su garganta apoyada en la falda de él por algo miró consternado al amo.
Llenó otra copa.
Esa tarde había seleccionado las mejores hembras para Espartaco. Como en todo el mundo acuático, por protección de la especie, las hembras son feas. Aletas insignificantes, cuerpo gris desteñido, rayas verticales en pálido que lo cruzan, tiempo de celo, el vientre abultado de huevos.
Colocó una hermosa y gorda en el acuario y permaneció vigilante. En un salto inesperado Espartaco la agredió y ella recorrió despavorida enfrentándose  a los vidrios que impedían el alejamiento de tanta furia. La retomó en la pequeña red y la devolvió al harem. Ya había visto suceder eso con su padrillo, Indio, cuando los paisanos traían sus yeguas para la cópula. Pateaba y las mordía hasta que era impensable abandonarlas en el corral.
Depositó otra hembra más abultada y nuevamente el pez la agredió,  brutal. Se defendió algo al principio pero evidentemente no llenaba los requisitos que Espartaco consideraba indispensables para su progenie. Él no habría sido tan exigente. De haberlo sido no estaría tan abandonado y sus hijos  maldiciéndolo en cualquier lugar.
Levantó el arma, apuntó al pez demasiado exigente pero se vio en el vidrio apuntando su propia frente. ¿No sería lo mejor? ¿Cuál de los dos?

Flamea la brisa entre sus pantalones presionándolo por las pantorrillas y la espalda.
La juventud chirría sobre sus goznes en un pueblo fantasma  cuando  la Leika mensajera, capta un clamor mudo tan unipersonal y vivo como que él es. ¿Alguna vez se decidió a escucharlo? 

El cementerio ferroviario  de Las  Playas.
Locomotoras, vagones por decenas. Acero, hierro, latón, chapa, escalerilla, pasamanos,  asientos  podridos, imperio de ratón y cucaracha…  desertores. Ventanillas enlutadas de costra. A través de aquella allá,  la del cristal pensativo, ese, el descuartizado por la honda artera de algún niño. Por él trigo de agosto reinicia su tozudez y lo saluda con una risotada de verdor naciente.

Quitó el seguro. El arma cabeceó un instante a la lumbre hasta fingirse quieta.  Vació otra copa.
Deslizó la tercera hembra al agua, Ofelia, su predilecta virginal. El macho dio dos vueltas en persecución similar a las anteriores, pero en un instante se detuvo bajo el blancuzco coral flotante. La hembra, ansiosa y temblequeando se detuvo en el otro extremo y allí permaneció. De tanto en tanto el macho arremetía  unos segundos, la hembra le hacía frente y Espartaco sin herirla le permitía ese rincón, nada más y retornaba al nido empeñado en  agregar más y más burbujas.
-Mundo extraño- se dijo llenando otra de tinto que la lámpara aquietaba su murmullo de licores- todo sigue igual menos yo. No sentía piedad por sí mismo. Ya nada lo incentivaba. Pero pensó en esos bichos. Nanette, vieja, experta se las rebuscaría por un tiempo pero, Sad Bear aún era cachorro a pesar de que parado en sus patas traseras le llegaba a los hombros. Pero los otros, los señores de sus grandes acuarios sobrevivirían mientras las burbujas de aire no cesaran de movilizar la superficie del agua produciendo el caudal de oxígeno necesario hasta que, como la condición humana, los llevara a la desesperación de devorarse, la extinción mutua hasta que el más apto flotara en su póstuma boqueada, porque sea como fuere habrá el último que boqueará en su final. Pensativo, acarició la Browning repasando una a una las veintitrés rayas del segrinado.
Él ombú único vigía en esa sementera, arruga sus patas a la vera de la encrucijada en cruz y agita su núcleo de médula suplicante hacia cualquier parte donde él ansiare recomenzar su evasión sin edad.

Acurrucado sobre resortes enmohecidos, hilachas de sudor y orina que lo quisieran catapultar desde su locomotora  achicharrada… pero, jubilados de su propio impulso, fatigados de dilema y sosiego involuntario disfrutan por un momento el encuentro. Entonces sobre el nitrato de plata la luz diafragma el vagón en millares de insignificantes carboncillos únicos, ardidos en sol.  

En el umbrío salón de espera de la estación, la gente agita su frenesí de aquí para allá, nuevamente de allá para aquí, amarrándose a valijas y bolsones porque sabe que donde vayan transportarán consigo lo que son… y temen perder lo que son porque ignoran la eficacia de otro ser, desnudos de pasados Y él va escribiendo en luz dentro de su Nikon uno a uno esos ojos vacuos, inquietos, semidormidos, abatidos anhelantes, apasionados porque no esperan el fin sino el comienzo atinando arribar a una nueva estación. Ansían que fuera la final donde el manzano maduro los aguardare con su paraíso restaurado libres de esa sensación que los gobierna esa angustia dominante. Y él ¿se irá con ellos? ¿se dejará transportar más allá de lo incierto?
La provocación.
La hembra se instaló bajo el nido. Sabía que era una posición temeraria, pero su discernimiento instintivo le anticipaba el resultado. El pez con oposición  belicosa la obligó a alejarse de la  sitio. Y retornó acumulando con mayor intensidad perlas transparentes en la superficie. Ofelia digitaba la situación repitiendo cada cinco minutos su gesto seductor porque el nido aún no le satisfacía a ella, no sería suficiente para seiscientos u ochocientos alevinos que engendrarían. Espartaco repeliéndola sin pensar en ella sino en su labor, cada vez más excitado retomaba casi con desesperación el montaje de su castillo.
Vació la cuarta copa. Sentía la presión. Sabía que el patero no se puede tomar sentado, sino, en pie, caminando, bailando o como fuera… pero sentado terminaría en un sueño sancochado y su propósito esa noche no era precisamente el sueño, al menos no el de costumbre.
Elevó la pistola. Vislumbró como si del brocal humeara el último disparo, alguien se arqueó hacia atrás primero y tras otro murmullo de niebla lo obligaron a enredar sus manos   como para clausurar sus entrañas ovillado en alguna esquina oscura, pájaro desfalleciente a merced del ventarrón de hielo.
Palpó en el gatillo el tacto áspero de la otra mano, del de la reventa.
Martilló sudorosamente.
El clic reconocido desveló a Sab.
Nanette clavó sus ojos en el señor como dos refusilos.
¡Qué ironía! Alguien entre residuo de locomotoras y vagones olvida en pleno mediodía luz de neón erguida en un mástil curvado. la selecciona para el negativo donde será una mancha más oscura que sus noches. Ese reflector rígido, inalcanzable se confundirá con la niebla para ser la única calidez para aquellos muertos. Se le hela la sangre al mediodía en medio de ese llano de rieles que huyen o convergen, ese bosque de espectros retirados que se mienten orgullo de tren presidencial , descarrilamiento, el primer ministro que murió de viejo en sus asientos o la mujer que parió entre sus manos en medio del desierto patagónico… todo, bajo tan irrisoria luna de mercurio.

Más lejos  Villa Nueva y las tumbas verticales.  Las más  viejas, de cien años o más. 
--¿Por qué razón sembraron sus muertos en pie?-- No, no  sería  por  carencia espacial. No existían entonces fronteras para el cenotafio del amor--¿Los ubicarían así, atentos, vigilantes aguardando para correr hacia alguna redención, como para no perderse algo?
Madrugada. Botella vacía.
La hembra inflamada de huevos y rayas ya blancas hervía en sus ansias de parir por amor. Espartaco titilaba deslumbrante en su despliegue casi jocoso como pavo real,  giró y giró como si necesitara amontonar sobre sí la total de Ofelia. En la superficie ondulada sin sosiego los globos oscilaron como preparando su rol de cuna. Se detuvo en un solo gesto e interpuso su velamen radiante de mil tonos entre el nido y su muchacha. Ella estiró su boquita hacia él. Danzaron como si se besaran en pas de deux, adagio lento hasta que Ofelia se detuvo. Espartaco enarboló sus galas y la cubrió hasta hacerla desaparecer de la vista. Uno solo.  Segundos… decenas de huevecillos más pequeños que un punto, llovieron desde el vientre debajo del nido y en su viaje el esperma invisible del padre los fertilizó y finalmente  Espartaco y Ofelia abrazados se dejaron caer hacia el fondo de la pequeña prisión. Instantes… hasta que  ella se movió bruscamente golpeando con su cabecita a Espartaco. Espartaco se estiró en un golpe eléctrico y comenzó a llenar su boca de huevecillos, ascendía para arrojarlos hacia los globitos en cuyas uniones permanecían adheridos. Ella lo incitaba a que una y otra vez repitiera el viaje hasta que ya no quedara uno en el fondo.
Ofelia reinició su excitar a Espartaco con movimientos de cabeza que hacían oscilar las aletas pélvicas, desafío que él aceptaba y como dominando la recubría en sus mantos nupciales por segundos hasta que descendía otra nevada de huevecillos en el fluido vital. Nuevamente el reposo mortal, el acicateo de la madre, el padre que retoma el empuje y la cosecha de nuevos hijos ascienden en su boca hacia las alturas.
Esto sucedió varias veces hasta que él se irguió medio borracho, alistó el percutor, alineó  el arma a su corazón, Nanette en vértigo felino se abalanzó colgándosele del pulóver y le mordió la mano.
La Browning cayó. Sad Bear la atrapó en su bocaza y escapó a esconderse bajo la cama.
Ebrio, abandonado y solo.

Allí a ras del suelo como las lápidas, solamente lápidas, en el cementerio de los disidentes en Rosario donde todo es luminoso, vívido con el olor eterno a pasto húmedo de muertos que no estuvieran  muertos ni resecos, como si recibieran el refrigerio atraído hacia ellos por el aire desde una tierra recién regada no por mano de hombre, manos de lluvias lejanas. Allí él pasaba las siestas del otoño preparando sus exámenes para la facultad. Y escuchaba en su muerte aturdida a los muertos discutir sobre las paradójicas tumbas celtas que él había fotografiado en sus descensos por la campiña irlandesa. Al fondo las ovejas enmarcaban entre pircas vaporosas de musgo el borde de los acantilados contra el mar desecho en fiebre fulgurante.
            Maldijo a la gata, amenazó al perro.
Nanette comenzó a frotarse contra su yin.
Fué hacia el lecho, se derrumbó al suelo, intentó dominar al cachorro  con voz de amo. Su torpeza con el machete para la maleza no intentó herir al cachorro pero sí recuperar la pistola pero no pudo. El perro con un gruñido amortiguado por el arma en la boca contemplaba el sollozo. No conocía a ese hombre, no así. Sabía que no era llanto de borracho y abandonó la oscuridad bajo el lecho. Soltó la Broening. Le relamió la cara, la nariz, el pelo, la boca, las orejas. Nanette elástica y ronroneante se las ingenió para transponer los brazos apretujados del dolor de ese hombre y se aquietó entibiando el pecho envejecido mientras continuó vigilando a la noche más allá de los postigones.
Cuando de un manotazo recogió el arma, Sad Bear en pie ladró dominante, autoritario. Él hizo un ademán–Be quiet, be quiet– Sadbear lo entendía. Regresaron a la luz.
Hay una  pluma caída  sobre las  hojas secas  de los  eucaliptos que enmarcan el camino  hacia la casa.  Tiene más de ciento ochenta años y todavía se yergue descalabrada pero no vencida a pocos  metros  de un  recodo del  Arroyo  Cabral.  Reconoce su admiración por ella. Pioneros.
Varias habitaciones cubiertas de desechos por tato exilio. Puertas carcomidas hasta la mitad. Sobre el  dintel del vestigio de la principal permanece pendiente de un clavo, porfiada en óxido una herradura de siete agujeros. Allí en la puerta impediría el ingreso de la mala suerte.  Al  fondo sobre  lo que  debe haber sido un fogón,  varios ladrillones en desorden  reciben la luz cenital que transpone la distancia entre el agujero del techo y la pared que nunca termina de desmoronarse. En la habitación  que continúa, un cielo raso abovedado es sostenido por su arco  de pino de una  sola pieza, construido a mano, rústico por  las heridas irregulares  en la madera.
Pioneros. 
Otra puerta  entreabierta y la franja fosforescente del atardecer recorre el suelo  donde descansa una espumadera quebrada por cuyos agujeritos se extienden apretujados filamentos de luz sobre telarañas gigantescas que jamás despertarán..
Quiso tomar otra copa, pero la botella estaba muda y seca.
No estaba. Nunca estuvo, pero la vio. La última fotografía, la que nunca se atrevió a enmarcar ni dejársela para él mismo. La que no era suya, porque era ella.
El olor suave del pinar regresa envuelto en el viento y el tamo de las eras del verano armoniza los efluvios del amor. Él se recuesta y el último sol desde dos árboles viaja rasante sobre el cuerpo de ella. El mar se detiene al costado de sus pechos y se retira. Ella cree que es él y le hace un gesto que comprende be quiet, be quiet y gira para mirarlo mientras él la retrata casi desnuda sobre la arena. Ella se arrodilla y ríe, ríe como el aire mientras su cuerpo se balancea como un manojo de miosotis azules y porfiadas. Entonces corre, corre, corre hacia las olas nuevamente ágiles, vertiginosas. Él abandona su cámara y su todo para perseguirla hacia el torbellino y la locura.
Nunca quiso quedarse con aquella foto, la última. Es lo único que se le permitió colocar, más allá del nombre, sobre la lápida horizontal en el Cementerio de los Disidentes.

-Vamos- les dijo y ubicó el arma contra el cinturón en su espalda, bajo el pulover mientras el perro gruñó y ladró un rato más. Seguro  que Nanette, no iría,  experta lo sabía todo; Sad Bear, aunque desmesurado, para ella era solamente cachorro; debería dársele tiempo para conocer muchas cosas de ese cincuentón. Se arrellanó dueña de la ventana, la noche había sido terrible para todos más para una veterana como ella y debía aprovechar;  ya regresaría la luz con pájaros en el alféizar y sus pitíos musicales que la despiertan a primera hora.
Partieron hacia lo alto de la finca en la Cordillera del Tigre aún oscura.
Conocían ese sendero culebrero de memoria. De tanto en tanto él mareado trastabillaba contra las rocas, resbalaba hiriéndose el rostro, permanecía un tiempo extendido hasta recuperar el aliento y constataba la Browning en la cintura.
Cuando lograron la cima, él se estiró todo cuanto pudo boca arriba sobre la maleza fríaque aguardaba el rocío al amanecer. El perro se sentó con su cabeza apoyada en las manos, oteando en la oscuridad y a hurtadillas desconfiado de su amo.
Una hora después la serpentina rosada de la alborada comenzó a extenderse sobre los picos más elevados del Cerro Mercedario. Paulatinamente de lila fue tintando en celeste alborozado el cielo y la vida, que no estuvo estancada en la noche como olvidadiza de menesteres, se desdobló como un rollo en la sinagoga. Vió a Balbina la vieja tendera del pueblo, excesivo maquillaje, desarrollando desde el tubo de cartón la albura extravagante de la seda con flores liliáceas y el momento cuando ella cerrando los ojos acarició en su mejilla su nuevo vestido para el baile de compromiso.
La luz olivácea comenzó a corcovear hacia la parte inferior de tan extenso valle. Tanta vitalidad lo agobió más. Manzanares en hileras dinámicas y membrillos por este lado que solo se detenían ante la profunda cañada, porque la vida armónica y organizada debe detenerse donde la otra vida, salvaje e inculta determina su propio privilegio. El perro oyó algo y se encaramó en una cresta puntiaguda del barrando al oeste y respondió con más que un rugido. Él no lo escuchaba pero sin dudas en la lejanía otros perros mantenían un diálogo con Sad al verlo encaramado al promontorio más elevado desde conde dominaba señorialmente el mundo. Quizás lo envidiarían… no, no… la naturaleza no cría hijos con el privilegio de la envidia. Entonces algo amodorrado le llegó el rugido cuando intentó quitarle el arma. Ese perro maldito y esa gata vieja eran los culpables.
Cuando contempló el desfiladero por la vera del este maldijo sus yeguas indomadas y aresivas invadiendo alfalfares y la cebada -¡Puta! ¿Por dónde carajo entraron?- Seguramente el malón habría arrasado en conjunto el alambrado. De cualquier modo ¿qué le importaría ya esa invasión? Malhumorado, exhausto,  resaca,  el patero,  y ese tropel indómito que había amado tanto, y ese perro con el que se bañaban desnudos en las asequias del verano, y esa gata que se manda a sí misma... la transpiración se le heló en la piel el minuto que recordó a los betas. ¡Imbécil! ¡Idiota! Sí, la vida parece ser una puta mala palabra, la suya, no la de ellos.
Debería haber conocido a los betas antes de que nacieran sus dos hijos. ¡Cuánto habría aprendido! ¡No hay un modelo más sublime de paternidad en el universo de agua que el del beta padre! Y lloró amargamente por su estúpida existencia malograda.
Tenía demasiado experiencia en el comportamiento del beta macho. Durante cuarenta y ocho horas, baja, sube sin comer un instante,  recogiendo sus hijos que caen al fondo; creyendo que por accidente se han desprendido y no sobrevivirán allí, los atrapa en su boca para devolverlo al adhesivo seguro de las diminutas esferas.  A esa altura de la vida, por un día los alevinos infantes penden, a simple vista, como minúsculas comitas de un abigarrado cuento que recién comienza. Incluso si le arrojas al agua hijos ajenos, no exceptúa, los apropia  como suyos y los cuelga en la percha real para que sobrevivan. Pero llega el momento, él no lo ignora, cuarenta y ocho horas y debe retirar al padre que por su instinto de conservación desmesurado al regresarlos al nido una y otra vez, puede dañarlos fatalmente,  pero ya los alevinos han comenzado a navegar por cuenta propia. Además aprendió por mala experiencia que cuando lo quitas del criadero, si lo devuelves allí, habrá desconocido su paternidad y devorará uno a uno sus rivales en perspectiva.
Molería a patadas a ese perro que le escondió el arma en el momento preciso. ¿Y Nanette? si no le hubiera mordido la mano todavía dolorida… pero Nanette, de vieja, ya lo conoce y otra cosa la estará preocupando… la pequeñita Ofelia y su destino.
Desconcertado se rascó el poco cabello. Era un instante crucial. No se volvería atrás, pero… Espartaco. Como el mejor padre por instinto sabe que la reponsabilidad recae sobre él en primer lugar. Si Ofelia permanece junto al nido después del amor, por hambre devorará algunos pequeñitos, no muchos de los ochocientos. Para Espartaco es inconcebible. Debe conservar vivo cada uno y por lo tanto perseguirá a la madre para impedir la voraz satisfacción, la madre corcoveará hacia arriba, hacia abajo, huirá intentando un salto mortal más allá del nido de amor. Saltará sobre él, se escurrirá por debajo, sin destruirlo, atropellará los muros de cristal, intentará varios saltos inútiles y terminará disecándose en el suelo rústico de piedras donde no hay lodo para refugiarse temporariamente. Continuará hambrienta, horrorizada evadiendo a su príncipe de túnicas espléndidas, ella ahora de cuerpo flacuchento grisáceo y vacío y sin estrías blancas que proclamaron recién su tesoro oculto de vida brindado hasta el fin sin mezquindad a la madre agua. Agotada, desfalleciente, madre y huérfana, Ofelia, no podrá hacer nada, cuando su amante despedace parte a parte su pequeño cuerpo hasta el último latido frente a la mirada impasible de Nanette porque ese destino hubiera sido diferente si el amo no pensara sino en sí mismo.

Ofuscado por el intento fallido y derrotado en culpa por Ofelia se apoyó en los codos hacia la mañana fértil que corría a velocidad infinita entre sus viñas y olivares. ¿Cuánto tiempo hacía que viéndolo todo no veía nada? No obstante conoce que para no querer ver bastan los párpados quietos y bajos. Esas inservibles fotos, debió haberlas quemado hacía varios años, pero era un sentimentalista. ¡Era un miserable! Sí enredado en sus alambres de púas ante una coral a la existencia, y ese perro que no acaba su diálogo imperceptible y esas desgraciadas yeguas criadas en a propósito en fiera libertad, y el alfalfar espléndido y la cebada ya dorada...
Por instinto giró su cuerpo. Oyó sin querer escuchar sus arroyos y las acequia por el lado norte, no quiso contemplar la cumbre blanca del Aconcagua a trescientos kilómetros a caballo, impidió verse deambulando sobre el glaciar del Mercedario y más allá los nogales juveniles de su  emprendimiento libre de obligación fiscal, simétricos, calculados metro a metro sin desperdiciar un acre. Como le enseñaron los extranjeros, coreanos, judíos, alemanes, yanquis, holandeses que habían comprado las tierras aledañas a la suya por nada a los labriegos empobrecidos por  diez años consecutivos de cosechas mudas de promesas… no quiso ver esa heredad torrencial de sauzales centenarios y alamedas que debajo de la roca recalentada y seca por la sangre solar, denunciaban a borbotones el líquido invisible, bullente esperando, esperando.
- Será un buen año- se dijo y se quiso fundir en el silencio que perfumaba de osadía dinámica hasta la muerte en las rocas.
Sad Bear lo observó, ya sin ladrar, aunque presentía algo.
El hombre en su momento sintió la llamada en la dureza del metal en su espalda. Decisivo.
Le echó mano, lo elevó en el aire, cuando lo destrabó fue un estallido en el silencio azul y apuntó a la cabeza del animal.
El schnauser en su gen lobuno arqueó la espalda preparando el salto. Inició el gruñido casi sordo que trasmitió su vibración a la atmósfera. Él afinó la puntería entre los ojos del perro que empezó a desplazarse lentamente hacia la izquierda. Por primera vez vió los colmillos brillantes de baba. Al hombre le tembló el pulso que fue orientando a medida que el perro arqueado se deslizaba, todavía sin avanzar contra él. Sad Bear comprendió por instinto que desde el borde del desfiladero ese extraño  estaba en desventaja así que otra vez recuperó la posición inicial sin quitarle la mirada.
El duelo fue extenso por demás. El amo debió sostener con el otro brazo el que empuñaba la Browning y permaneció con la mira entre las cejas del perro. No veía sus ojos porque no le había querido trasquilar pero sabía que ni un instante el perro dejaba de observarlo. De manera imprevista, el sol se corrió y el animal a contraluz fue acorazado tenebroso enfrentando a ese cobarde insignificante allá sus pies.
-¡¡¡¡¡¡¡Sab Beeeeer!!!!- aulló el amo y los nueve cápsulas ya quemadas y servidas saltaron al vacío… cuando en una carcajada estridente y burlesca  el arma se fundió en el precipicio donde el perro ni intentó atraparla porque la Browning 9 mm golpeando de roca en roca estropeó con su delirio la sonata inaudible de la mañana vertida en esas acequias donde se había bañado con ese desconocido. Arrodillado en la roca, ensanchado su brazos hacia su perro-Es un día demasiado esplendido para morir- gritó cuando sus brazos hacia Sad Bear que mandíbulas abiertas, se lanzó contra él y lo mordisqueó, lo mordisqueó, lo mordisqueó hasta agotarse ambos en las cosquillas del abrazo.
En el aire apacible, aún flotaba el humo leve de los disparos hacia el cielo.


                                    CORDOBA, 17 JULIO 1994 17 HORAS. ,






[1] Pez original de Thailandia e Indonesia de 5 cm. En cautiverio vive poco más de 1 año, aunque en ambiente natural pudiera sobrevivir hasta 3.
[2] Acuario pequeño divido en cedas de 8x8 cm para alojar cada macho por separado, que se cuelga de otro acuario.

martes, 4 de febrero de 2014

CUANDO NADA FUNCIONA


Hay instantes cuando nada funciona.
Vas al cajero automático, no hay dinero.
Estás en lugar céntrico; la tormenta está por derribarse y no hallas lugar seguro donde  refugiarte; en este ajedrez, la ciudad, eres solo un peón a devorar.
Te quedan minutos, no demasiados, para el horario de trabajo. Suficientes para el supermercado; tu compra es simple, dos o tres  fruslerías. Sin embargo al dirigirte  hacia la caja exclusiva para “NO MÁS DE 10 ARTÍCULOS” la encuentras cerrada. Entonces las cajas comunes: filas de carritos colmados hasta el tope y algo más. No te alcanzará el tiempo. Disimulas (¿tan prolijo eres?) todo en cualquier estantería por no retrasarte.
En el quiosco intentas comprar pastillas. Al vaciar tus bolsillos no hallas un centavo. Olvidaste ya, en el cajero no había dinero disponible.
Entonces te afincas en un banco de la plaza… como para pensar si ¿todo vale?
La tormenta gira y gira irresoluta, sin embargo su olor a lluvia meneado en el viento te refresca y arrastra hacia una pradera lejana y te recuestas sin pensarlo impregnado en remembranzas.

Un instante.
Nada funciona.
Implacables gotas, grandes y gélidas, te sobresaltan. Lo entiendes, otra vez es tarde.
Corres a la oficina.
A las 5 p.m. la humanidad se derrumbó en las aceras. Casi nadie. La lluvia no cesa. Intensifica.

El ascensor, viejo y tartamudo, demora una vida para tan solo ocho pisos.
El acordeón herrumbrado de la puerta se retrae.
La señora ingresa pero nunca termina de desarmar el cochecito. Te mira por ayuda, pero ¿qué sabes tú de esos robots, si ni siquiera te pasearon alguna vez en ellos? Tu madre llevaría su hijo en los brazos, contra su corazón, para que sientas seguridad y calidez en las calles, pero sales del ascensor enfurruñado y la ayudas, en tanto otras personas aprovechan a ingresar en el amasijo para 6 personas. Cuando miras el ascensor, con cochecito y todo, sube sin ti.
Repites el descenso y ascenso. Retraes la puerta y entras sin importarte que las personas ancianas debieran tener prioridad. “Deberían”, piensas.
Piso 5°.
Buenas tardes. Sin respuestas, solo ojos.
Te observan, retrasado y mojado hasta los huesos.
¡Pobre infeliz! ¡No! Ni si siquiera eso. Nada dicen. Nada dices.
Retraes la abertura de tu sector. Las palabrotas te golpean cuando el aire frío arremete contra todo papel posible.
-“A gerencia”- alguien grita sin detallar tu nombre..
Levantas, al transponer la entrada, tu expediente que, piensas, debió ser arrastrado por el viento.
Él sentado en su silla giratoria, vuelto hacia la tormenta más allá del ventanal.
No hay palabras. En su mano derecha tiembla y humea el cigarrillo. La izquierda, siempre de espaldas a ti, tamborilea su índice sobre una nota.
Sabes qué es… y para ti.

El maldito ascensor ahora se toma un siglo hasta el 5° piso.
Ya no llueve. El resplandor mortecino de las luces te acompaña desde las veredas mojadas.
-“Me emborracharé-lo prometes-aunque sea por esta y única vez, me emborracharé”. Luego zarandeado el cuerpo contra los muros interminables hasta casa irás, sí, oscuro y solitario reclamando verdades que, consciente,  nunca intentarías… porque en esa condición el colectivero no te permitirá ascender.
E irás gritando que lo comprendes, aunque nadie te comprende… que hay momentos inexplicables cuando nada funciona ¿”para mi suerte”? Al fin adivinarás que tu soledad en medio de la nada inhumana y cósmica… dura un instante…
Ese. No se necesita… hic…  uno… hic… uno más.