VIAJE SIN RETORNO
La ignorada
aldea de Taransay se extiende en la áspera y desolada ribera de las Hébridas
Exteriores. Los escasos forasteros que la visitan recuerdan el acre olor a humo
de turba en las colinas barridas por el viento; el gusto de su cerveza oscura y
el parloteo sibilante de la lengua gaélica de los pastores y pescadores en los
largos atardeceres, bajo los techos humosos de la taberna “La copita de
Crofter”.
Objetos extraños
tallados delicadamente en hueso banco, cuelgan de las vigas del techo o llenan
los estantes: narvales, morsas, osos polares que desafían a hombres, y una
manada de lobos árticos suspendidos en terrífica inmovilidad sobre un caribú
masacrado. Existe en estas tallas una extraña habilidad que jamás ha surgido de
la imaginación de un pastor isleño, no óbstate haber sido talladas todas en
Taransay. Son obra de Malcolm Nakusiak, un viajero fuera de época.
LA ODISEA de este hombre comenzó en la
costa oriental de la Jifia de Baffin, cierta mañana de julio de mediados del siglo
pasado, cuando las aguas del estrecho Davis estaban fatalmente cubiertas de
niebla blanquecina. Los cazadores se
habían reunido en la playa y escuchaban en algún lugar
cercano el ridículo parloteo de las
primeras morsas de la estación. La tentación de ir tras ellas era grande, pero
el riesgo de una tempestad era mayor.
Pasando por alto la precaución de sus
compañeros, Nakusiak decidió enfrentar su fuerza y su suerte a los azares de
las misteriosas aguas. Desde la playa, sus amigos vieron desvanecerse su kayak
(canoa que usan los esquimales) en la oscuridad, entre los rugientes témpanos.
I Nakusiak tuvo gran dificultad para encontrar las morsas pero se negó a
regresar. Estaba tan absorto en la cacería que apenas advirtió la fuerza del
viento oeste.
ALGUNOS días más tarde, y casi 100
kilómetros al sudeste, el vigía de un ballenero noruego vislumbró algo en un
témpano distante a babor. Tomándolo por un oso polar, gritó que se cambiara el
curso. El barco viró entre el hielo hacia lo que resultó ser un hombre
desplomado en la cresta de un arrecife.
El inerte cuerpo de Nakusiak y los restos
de su destrozado kayak fueron
trasladados al barco; después de una comida caliente, el esquimal comenzó a
reponerse. Nakusiak, que nunca antes había visto hombres blancos, se sintió
intranquilo desde el principio; y se perturbó todavía más cuando notó que el
ballenero avanzaba resueltamente hacia el sudeste, lejos de su hogar. Cuando el
buque entró a mar abierto, se desesperó y se puso a reparar su canoa, pero con
tal vehemencia, que se la quitaron y amarraron a la escotilla posterior. Los
balleneros actuaron así por evitar que pereciera al embarcarse en la anchura
del océano en un navío tan diminuto.
El buque se encontraba al sudeste de las
islas Feroe cuando lo golpeó un ventarrón del oeste. Era un barco sólido y
hubiera resistido la tormenta de no haberse soltado los obenques del palo
mayor. Se partieron con un gruñido y al instante, el mástil chasqueó como un
hueso y se desplomó por sotavento. Trabado por un laberinto de cuerdas, el
mástil destrozado hizo las veces de ancla, y la embarcación giró sobre sí
misma, guiñó y, después, dio medio tumbo.
No hubo tiempo de botar las lanchas.
Apenas alcanzó Nakusiak a soltar su kayak y a colarse en la parte baja de popa
antes de que una ola gigantesca reventara sobre cubierta y desapareciera todo
bajo el agua.
Empapados, Nakusiak y su canoa quedaron
un momento sobre el lomo de una montaña de agua. El esquimal contuvo la
respiración mientras se resbalaba por una pendiente tan empinada que le pareció
lo llevaría a las entrañas mismas del océano. Había amarrado con tal firmeza
sus ropajes, hechos de piel de foca, a la brazola del kayak y alrededor de su
cintura, que hacía imposible la entrada del agua. Hombre y kayak eran un todo
indivisible. El pecio ártico, con su corazón humano, fue llevado tanto tiempo
por el viento del sudeste, que los ojos de Nakusiak se empañaron hasta la
ceguera. Sus músculos crujieron y se enroscaron en agonía y, después, tan
brutalmente como había comenzado, el trance llegó a su fin. Una poderosa cresta
levantó la canoa en sus dedos y la arrojó contra la playa. Medio aturdido, el
esquimal se arrastró trabajosamente hasta la arena.
Horas después lo despertaron los
chillidos de las gaviotas. Su vista había mejorado, pero en ninguna parte de la
espesa superficie marina se veía la familiar reverberación del hielo. Bandadas
de pájaros marinos volaban, amenazadores sobre él. Allá arriba, en la costa, su
mirada descansó en algo conocido. Seguramente,
pensó, esas manchas blancas en las
verdes altas son montones aislados de nieve. Se quedó observándolas basta que
el miedo destrozó la ilusión. ¡Las cosas blancas se movían! ¡Vivían! Nakusiak
huyó playa arriba y se refugió en una cueva. El corazón le latía con fuerza. Sólo conocía una
bestia blanca de aquel tamaño—el lobo ártico—
y se negaba a creer que existieran lobos en esas cantidades.
Durante dos días apenas si se atrevió a
dejar la cueva. Para el tercero tenía dos necesidades urgentes: un arma y
comida. Encontró un pedazo de madera de un metro de largo y en cuestión de
minutos ató a la punta su cuchillo. Aquella lanza rústica le infundió valor.
En la mañana del cuarto día, después de
un largo y arduo ascenso, alcanzó el borde de un acantilado de roca rojiza, y
allí, en el mullido césped, se dejó rodar, jadeante. Pero su fatiga desapareció cuando
vio a unos cien pasos un grupo enorme de las misteriosas criaturas blancas. Nakusiak
apretó su lanza.
El rebaño se acercó calmosamente; lo
encabezaba un gran carnero de cuernos negros y en espiral. En algún momento
balaron las ovejas, y Nakusiak, que había llegado a su límite, las acometió con
ímpetu y gritería. Sorprendida, la manada se desperdigó y el esquimal quedó
solo, tembloroso y estupefacto, mirando un par de animales muertos. Que eran seres
humanos mortales y no espíritus, ya no podía dudarlo. Loco de alivio
echó a reír y pronto llenaba su hambriento estómago con carne roja.
En lo alto de un cañón, 500 metros
tierra adentro, la experimenta mirada pastoril de Angus Macrimmon captó un
desacostumbro movimiento de la manada. Las
ovejas, observó, convergían en una informe figura situada al borde de un
peñasco. Antes de que pudiera ponerse en pie, la rechoncha figura aquella se
lanzó gritando sobre la nada. El pastor vio el blanco vellón pintarse de rojo,
y al asesino abrir una de las ovejas muertas y alimentarse con la carne cruda.
Maldiciéndose por haber dejado su perro en casa, corrió por ayuda. Una docena
de aldeanos pronto estuvieron reunidos, dos de ellos llevando escopetas de
carga silenciosa, y otro más armado con un mosquete de cañón largo.
Estaba el día por morir cuando
se pusieron en marcha a través de las praderas. Desde lejos vieron las manchas
blancas de las ovejas muertas. Avanzaron cautelosamente hasta que uno señaló
con el brazo la cosa velluda que se inclinaba sobre una de las ovejas. Entonces
azuzaron los perros.
Nakusiak había estado tan ocupado
rebanando carne que no advirtió a los pastores hasta que el frenético aullido
de los perros lo hizo levantar la mirada. Ya estaban sobre él. El cabecilla, un
espigado collie café con negro, dio
una vuelta alrededor de esa figura de rara vestimenta y olor desconocido que estaba allí con las manos teñidas de sangre. Nakusiak reaccionó con un balanceo a dos manos de la empuñadura de la lanza, golpeando a la bestia tan fuertemente al lado de la
cabeza, que le rompió el cuello. Los perros restantes se acercaron de
nuevo y Nakusiak retrocedió hasta el
borde del farallón. Alzando el rostro hacia los pastores gritó en su idioma: “¡No soy peligroso!”
Como respuesta recibió el
disparo de mosquete. La bala lo hirió en el hombro izquierdo y la fuerza del
impacto lo hizo girar en redondo. Hubo un grito de los pastores y todos se
adelantaron mientras Nakusiak tropezaba sobre el borde del escarpado. Arañando
frenéticamente con la mano derecha, se las arregló para adherirse a la empinada
cuesta y resbalar un par de metros, pasada una pequeña saliente hasta tenderse, tembloroso y extenuado, en una
pequeña fisura en la pared de la roca.
Incapaces de ver algo que no fuese el
resplandor de las olas en la angosta playa y el aleteo de las gaviotas espantadas
de sus nidos, los pastores llamaron a
sus perros e iniciaron el regreso a casa a través las praderas oscurecidas. Cualquiera
que fuese la identidad del asesino de ovejas, sabían en su interior
que era un ser humano y esta certidumbre no les resultaba fácil de sobrellevar.
Macrimmon expresó lo que todos sentían cuando interrogado sobre el suceso por su esposa e hijas: “Lo hecho, hecho está. No
tiene caso decir al mundo todo lo que puede encontrarse en estas praderas, pues
no lo creería. Mejor es dejar que se olvide”.
SIN EMBARGO, Macrimmon no podía olvidar.
Obsesionado por el recuerdo de esa extraña voz, regresó tres
días después al farallón y con cuidado descendió por el borde. Su perro lloriqueó
tristemente y no se atrevió a proseguir cuando su amo desapareció de
vista.
La marea estaba bajando y los guijarros
húmedos de la playa brillaban muy por debajo. Pasaba cerca de nido tardío de un
alcatraz. El enorme pájaro se echó a volar y con un ala golpeó el rostro de Macrimmon,
quien por instinto levantó una mano para defenderse. En ese instante, la
pizarra sobre la que apoyaba los pies se
desmoronó y lo hizo caer.
En la punta del farallón el
perro presintió la tragedia y empezó a aullar.
Su aullido despertó a Nakusiak
de un sueño de fiebre en la pequeña cueva que había sido su primer refugio donde
descansaba en espera de que su cuerpo sanara. Con la mano sana asió la única
arma que le quedaba, un trozo de roca llena de percebe. La levantó y la tuvo
suspendida mientras el traqueteo el
traqueteo de las piedras que caían se
mezclaba con un lamento humano. Se arrastró al exterior. Sobre un montón de madera un hombre
rezumaba sangre por la cabeza. En un instante Nakusiak estuvo de pie sobre el
enemigo, con el trozo de roca en lo alto: la muerte se cernía sobre Angus Macrimmon, y sólo un milagro podría
detenerla. Y sucedió un milagro, el milagro de la compasión.
Nakusiak bajó
lentamente el brazo. Temblaba.
Después, con el brazo sano, sujetó a su enemigo y lo arrastró trabajosamente
hacia el amparo de la cueva.
A LA mañana siguiente, una
partida de rescate encontró al perro al borde del acantilado y adivinó lo
sucedido. Sin embargo, los buscadores sólo habían imaginado una parte. Una
delgada espiral de humo los llevó a la cueva. Cuando consiguieron mirar
temerosamente hacia el interior de la estrecha hendidura, listos los rifles,
sus rostros mostraron tan azorada incredulidad que Macrimmon no pudo menos de
sonreír.
“No se asusten, muchachos”,
los tranquilizó desde el colchón de algas marinas donde yacía. “No hay nadie
aquí más que nosotros, hombres salvajes, y no nos los vamos a comer”.
En el interior de la cueva
ardía una pequeña fogata encendida por Nakusiak con el pedernal y el acero de
Macrimmon. La cabeza del pastor estaba vendada con tiras de su propia camisa,
pero su espalda, dolorida por las costillas rotas, había sido cubierta con el
abrigo de pieles que no hacía mucho cubría la espalda del ladrón de ovejas.
Nakusiak, desnudo hasta la cintura, abrazaba su hombro herido con el brazo
sano.
Nervioso, el esquimal miraba,
ya el rostro sonriente de Macrimmon, ya al grupo de cabezas apretadas a la
entrada de la cueva; después, también él comenzó a sonreír. Era el inexpresable
gesto de alivio de quien, perdido en el terrible vacío, ha regresado a la
tierra de los hombres.
EL ESQUIMAL y Macrimmon
yacieron en camas contiguas en la cabaña del pastor hasta que sanaron las
heridas. La esposa e hijas de este dieron al forastero cuidado y ternuras mientras él las entretenía con canciones en su idioma. Semanas después
ya era tratado con afecto por todos y cada uno de los pastores.
Nakusiak pronto se ajustó a la
forma de vida de los isleños. Tres unos después se casó con la hija mayor de
Macrimmon y formó su propia familia con el nombre cristiano de Malcolm. Durante
los largos atardeceres del invierno se
unía a los otros hombres en la taberna
“La copita de Crofter” y, allí, sentado ante el hogar, tallaba sus pequeñas
y maravillosas esculturas como queriendo describir a sus compañeros la vida de
la lejana tierra de los inuit. Mucho antes de morir, a fines de siglo, y de ser
enterrado en el panteón de la aldea, se había convertido en uno de los
habitantes de Taransay y su recuerdo aún vive entre la gente.
Una tarde de verano, en nuestros días, un
muchacho, bisnieto de Nakusiak, se arrodilló para leer el epitafio escrito por
un sacerdote amigo del esquimal y esculpido en una de las dos piedras gemelas
que sellan las tumbas donde yacen Malcolm y su esposa. Había orgullo en el rostro
del joven cuando leyó en voz alta:
Lejos
del mar, de tierras
ignoradas,
llegó
este forastero
e
hizo su morada.
Fue
en Taransay amado:
entendió
con piedad que hay que responder al
mal
con bondad.

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