El último romántico: F. Scott Fitzgerald
Por John Reddy
CUANDO F. Scott
Fitzgerald murió en Hollywood, en J1940, la noticia causó gran sorpresa, pues
muchos creían que había fallecido hacía años. Atormentado por las enfermedades,
el alcoholismo, la tragedia, vivía en la oscuridad y ya casi no se recordaban
sus libros. Sin embargo, actualmente ha resurgido en forma extraordinaria el
interés por este escritor, que fue el cronista, y en muchos aspectos la
encarnación del período que él denominó "la edad del jazz". Se espera
que este año se Vendan casi un millón de ejemplares de sus obras en los Estados
Unidos solamente. Una película basada en The Great Gatsby ("El gran Gatsby"),
su novela más conocida, ha tenido la mayor popularidad de Hollywood; está en rodaje otra sobre The Last
Tycoon ("El último magnate"), libro póstumo que dejó inconcluso, y
aproximadamente 37 millones de personas vieron en enero de este año un programa
especial de televisión de dos horas: F. Scott Fitzgerald y la última de las
bellas.
¿Por qué tanto ruido por
un escritor tan relegado en sus últimos años? Y en una época que tiene a gala
"decir las cosas tal como son", ¿a qué se debe tal interés por un
autor romántico que escribió acerca de gente rica y hermosa que vivía sus
propios sueños de esplendor? Acaso la razón sea que Fitzgerald supo retratar
con lirismo una época sencilla y alegre, y personificarla vívidamente. Como
dijo de Jay Gatsby, él mismo poseía "una pro funda sensibilidad ante la
vida". "Parecía proyectar siempre acontecimientos felices; libros que
leer, lugares adonde ir", declaró su esposa Zelda después de su muerte.
Fitzgerald sentía que todo momento era de valor inapreciable. Fue un enamorado
de la vida, incluso cuando ésta lo traicionaba o cuando él la empañaba.
El término "héroe
fitzgeraldiano" ha llegado a representar una figura de romántico fulgor
que poseía el atractivo encanto juvenil de su creador. Todos sus héroes
reflejaban, al menos en parte, su propia personalidad. "A veces no sé si
Zelda y yo somos reales o personajes de una de mis novelas", comentó
cuando empezaba a sonreír le el éxito. "No tratamos de vivir a la
segura", manifestaban ambos esposos. "Desde que nos casamos decidimos
no tener nunca miedo".
Ascenso fulminante. Fitzgerald fue sumamente precoz. En 1908, cuando
tenía 12 años y vivía en Saint Paul (Minnesota), escribió un cuento policiaco,
organizó un grupo teatral con sus amigos y ya se había enamorado. En Princeton,
el joven estudiante de pelo ondulado, ojos verdes y finas facciones, gozaba de
gran popularidad. "Carecía yo de las dos cosas más importantes: gran magnetismo
animal y dinero", escribiría años después, "pero poseía dos
secundarias: era bien parecido e inteligente. Por eso siempre conquistaba a la
muchacha más bonita".
Se encontraba a sus
anchas en la Universidad de Princeton, pero tuvo que dejarla en el tercer año,
por haber contraído paludismo. Cuando los Estados Unidos entraron en la primera
guerra mundial ya estaba lo bastante restablecido para engancharse en el
ejército. Enviado como recluta al Campo Sheridan, cerca de Montgomery
(Alabama), en esa ciudad conoció a Zelda Sayre, impulsiva belleza rubia de 17
años de edad a la que cortejó apasionadamente.
El turbulento galanteo se
interrumpió cuando el destacamento de Scott recibió la orden de ir a Europa,
pero la guerra terminó exactamente en el momento en que éste se disponía a
embarcarse para Francia. Ya licenciado, fue a Nueva York va York con el propósito de ganar suficiente
dinero para casarse con Zelda. Se empleó en una agencia de publicidad y
escribía cuentos (produjo 19 en tres meses), además de fervorosas cartas a
Zelda. Desgraciadamente los cuentos le eran devueltos tan rápidamente como él
los enviaba, y pronto su triste apartamento se vio adornado por guirnaldas
hechas con más de 100 tarjetas de rechazos.
Descorazonado, renunció a
su empleo y, tras furibundas francachelas, regresó a Saint Paul para terminar
una novela en la cual había trabajado desde sus días de universitario. En 1920
publicó This Side of Paradise ("Este lado del Paraíso") que obtuvo
éxito inmediato. Se consideró a Fitzgerald, que entonces sólo tenía 23 años, el
vocero de la era del jazz, y las revistas se disputaban la publicación de sus
cuentos.
El sueño realizado. Fitzgerald y Zelda se casaron y fueron a vivir a
Nueva York. En su luna de miel dieron vueltas durante media luna en la puerta
giratoria del hotel) como demostración de entusiasmo y alegría. Todo el país se
regocijaba por la terminación de la guerra, y el alza de los valores en la
Bolsa; las mujeres se dejaban crecer la melena, bebían ginebra hecha en casa y
bailaban el Charleston. "Los Estados Unidos iniciaban la juerga mayor y
más alocada de la historia", escribió Fitzgerald, "y habría mucho que
contar de ella". Él y Zelda participaron en esa juerga con atolondrado
deleite; formaban una pareja despampanante.
Ningún cuidado
ensombrecía aquella alegría desenfrenada. Bebían champaña, se sentaban en los
techos de los taxis y se bañaban en la fuente frente al Hotel Plaza neoyorquino.
En una ocasión asistieron a una fiesta, ella en camisón y él en pijama.
Parecían estar enamorados de la opulencia. ("Los millonarios son
diferentes de usted y de mí", comenzaba un cuento de Scott. A lo que
comentó Hemingway, sardónico: "Así es: tienen más dinero".)
Scott y Zelda fueron a
Europa y vagaron por el continente como gitanos, mientras él trasformaba casi
todo cuanto veían o hacían en una prosa cada vez más gustada. Zelda estudiaba
ballet, pintaba y escribía también vividos cuentos. Scott trabajaba y se
divertía sucesivamente en tremendos arrebatos. Compuso un buen cuento en 21
horas de labor ininterrumpida. Su deshilvanado género de vida creaba la ilusión
de que sus obras surgían al conjuro de una misteriosa fórmula mágica. En
realidad era un concienzudo artífice que corregía sin cesar. "Soy un
obstinado", escribió a su editor, Maxwell Perkins. "Todo cuanto he
logrado ha sido fruto de un largo y persistente bregar".
La pareja regresó a Saint
Paul para que naciera allí su hija, llama» da Francés, a quien apodaron Scottie.
Cuando Fitzgerald publicó su segunda novela, The Beautiful and the Damned
("Los hermosos y los Condenados"), la familia se instaló en Nueva
York, compró un Rolls-Royce usado y alquiló en Long Island una casa donde dio
fiestas rumbosas. Había un letrero fijado en la pared que expresaba la única
norma de la casa: "Se suplica a los visitantes no derribar las puertas en
busca de licor, aunque les hayan dado permiso los anfitriones". En medio
de tanta frivolidad, Fitzgerald siguió escribiendo, decidido a ser un gran
novelista. Logró su empeño en 1925, al publicar The Great Gatsby, cuyo héroe
perseguía, como su creador, un fantástico sueño romántico: "Gatsby creía
en el futuro que año tras año se aleja de nosotros. Entonces nos elude, pero no
importa. Mañana correremos más de prisa, extenderemos más los brazos... Y una
hermosa mañana ..."
Hubo críticas alborozadas
y recibió cartas con cálidos elogios de escritores famosos como Gertrude Stein,
H. L. Mencken y Willa Cather. T. S. Eliot saludó en Gatsby el primer paso hacia
adelante que había dado la novela norteamericana desde Henry James. Y el editor
Arnold Gingrich declaró: "Scott Fitzgerald extrae del idioma inglés tonos
más hermosos y puros que los de cualquier otro escritor vivo".
Fitzgerald quedó
justamente complacido. Antes de cumplir 30 años había sido objeto de la crítica
que siempre creyó merecer. Pero también sabía reconocer con acierto y
generosidad el mérito ajeno. Poco antes de publicar Gatsby lo presentaron con
Ernest Hemingway, entonces desconocido, y escribió a su editor: "Deseo
recomendarle a un joven llamado Ernest Hemingway; tiene ante sí un brillante
futuro, pues posee auténtico talento". La casa Scribner ofreció al
recomendado un contrato y Hemingway inició así su notable carrera.
Decadencia. En 1929 se hizo trizas la irisada burbuja de la
buena suerte, tanto para los Estados Unidos como para Fitzgerald. La Bolsa se
vino abajo, y la tragedia entró en la vida del novelista cuando Zelda sufrió un
colapso nervioso y hubo que internarla en un hospital suizo. (Pasó el resto de
su vida entrando en clínicas para enfermos mentales y saliendo de ellas; a la
postre murió en el incendio de una de éstas.) Fitzgerald se puso a trabajar
como un forzado para mantener a Zelda en los sanatorios y a Scottie en las
mejores escuelas norteamericanas, pero se fue endeudando cada vez más.
Adoraba a Scottie y le
escribía constantemente cuando estaban separados. En una página preparó una
lista de recomendaciones: "Prescinde de la opinión de la gente. No te
preocupes por el pasado. No te preocupes por el futuro. No te preocupes por el
triunfo. No te preocupes por el fracaso, a menos que sea culpa tuya". Pero
mientras daba estos consejos a su hija, su propia vida se enlodaba
progresivamente. Fue a I [Hollywood para reverdecer viejos laureles,
escribiendo para el cine; pero le indignó la costumbre de los estudios de
corregir sus escritos sin ton ni son. "Me humilla ver cómo en una semana
me anulan atolondradamente meses de concienzuda labor", escribió en una ocasión.
"¿Acaso son infalibles los productores? Yo soy un buen escritor. ¡De
veras!"
Scott empezó a perder las
esperanzas de que Zelda sanara. "Nuestro amor fue único en un siglo",
escribió. "Si ella se repusiera, me sentiría feliz de nuevo". Atormentado
por las deudas, la depresión, el alcoholismo y el insomnio, sintetizó su
angustia en una frase memorable: "En la noche realmente oscura del alma,
siempre son las 3 de la madrugada". Su cuarta novela, Tender Is the Night,
publicada en 1934, fue recibida con indiferencia, y finalmente Fitzgerald
sufrió también una crisis nerviosa. Refugiado en el hotelucho de una población
pequeña de Carolina del Norte, mejoró gradualmente y comenzó a escribir de
nuevo. De regreso en Hollywood, trabajó algún tiempo en la película Lo que el
viento se llevó, hasta que lo cesaron. Luego lo contrataron para colaborar con
el escritor Budd Schulberg en la redacción de un argumento cinematográfico,
pero poco después lo despidieron por borracho. "Yo tenía un magnífico
talento", le dijo a Schulberg. "Era estupendo saber que aún no
desaparecía del todo".
Escribía para las
revistas cuentos que él mismo desdeñaba, generalmente sobre un escritor de
guiones fracasado (esto era lo que él creía ser), para ganar tiempo mientras
escribía otra "gran novela" cuyo título sería The Last Tycoon,
inspirada en un productor cinematográfico de gran éxito. No cultivaba ninguna
amistad, excepto la de Sheilah Graham, reportera de Hollywood de quien se había
enamorado.
El juicio del tiempo. Por entonces Fitzgerald sufrió un ataque
cardiaco, y dos de las principales revistas rechazaron los capítulos iniciales
del nuevo libro. Pero él siguió escribiendo tenazmente, en la cama, con una
tabla sobre las rodillas. "Hago solamente una página al día", confió
a Schulberg, "pero es una página buena".
Fitzgerald consiguió
dejar la bebida durante más de un año, pero su antes bello rostro estaba ya
ceniciento. Un amigo suyo que lo vio entonces recordó las palabras de Robert
Louis Stevenson: "Cuantos se proponen de todo corazón hacer una obra
buena, la hacen, aunque quizá mueran antes de firmarla". Cuatro días antes
de la Navidad de 1940 la muerte frustró sus esperanzas de terminar la novela.
Tenía sólo 44 años.
No obstante todas sus
vicisitudes, Fitzgerald es hoy reconocido como uno de los más grandes
escritores de su país. Se le deben 160 cuentos, entre ellos algunos de los
mejores de la literatura estadounidense, y terminó cuatro novelas. Cuando The
Last Tycoon se publicó inconclusa después de su muerte, el poeta Stephen Vincent
Benét escribió: "Ahora pueden quitarse ustedes el sombrero, señores, y
creo que deben hacerlo. La de Fitzgerald no es una leyenda: es una reputación,
y bien podría ser una de las reputaciones más sólidas de nuestro tiempo".
Scott había escrito en
The Great Gatsby: "Después de la muerte de Gatsby, la costa oriental de
los Estados Unidos me obsesionaba". Y a esta cualidad obsesionante de su
vida, tanto como a su bien cimentada fama, parece obedecer la creciente
atracción que Fitzgerald ejerce en la imaginación de tantos lectores. Admiramos
su valiente espíritu que, aferrado a su ideal de excelencia, luchó sin cesar
contra la adversidad.

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