FELLINI:
maestro del
Séptimo Arte (Por
Melton Davis)
EN ROMA, donde vive y trabaja, lo conocen
como Maestro. El número de películas de
largo metraje que ha filmado no llega a la docena. Sin embargo, ha sido nueve
veces candidato para el Oscar (el premio de la Academia de Artes y Ciencias
Cinematográficas de Hollywood) y sus películas mismas lo han ganado en tres
ocasiones. Los festivales cinematográficos se disputan el privilegio de
proyectar su última obra, y siguen exhibiéndose por todo el mundo películas que
dirigió hace diez años. Como Fellini ejerce mayor atracción que sus estrellas,
es su nombre el que despliegan las marquesinas de los cines en letras gigantes.
En parte actor, en parte artista, en parte mago y en todo y por todo hombre que
domina los resortes del espectáculo, es Federico Fellini uno de los grandes
realizadores cinematográficos de nuestro tiempo.
Nada es tan grande, tan original o tan
inusitado que Fellini no pueda acometerlo. Su Satiricón, viaje onírico a través
de los modales y las costumbres de la antigua Roma, tuvo un elenco
multinacional de 1500 actores y un equipo técnico de más de 250 personas que
trabajaron durante seis meses en no menos de 89 escenarios. En realidad Fellini
lo prefiere todo desmesurado, desde grandes automóviles hasta travesuras
colosales. (En alguna ocasión telefoneó a un amigo: "¡Asómate a la
ventana! ¡Quiero verte!" y cinco minutos más tarde le pasaba por delante
volando en helicóptero.)
Por supuesto, también Maestro es grande en lo físico. Con 1,88 m.,
de estatura y 90 kg. de peso, parece una versión afable aunque mofletuda del
clásico busto dé Beethoven. Tiene 52 años de edad y se preocupa por no
excederse de peso. Y sin embargo, cuando va al restaurante, se mete en la
cocina para ver cómo va su comida, probando de paso cuanto haya sobre las
hornillas. Nunca se siente más feliz que cuando las personas que almuerzan con
él piden platillos diferentes (recomendados por él mismo), de manera que pueda
probarlos todos. A despecho de las dietas que ensaya de vez en cuando, la
cintura le crece sin cesar. Cuando se le echa esto en cara replica altivamente:
"¡El trabajo es mi dieta!"
Hombre corpulento, cejijunto, cuando escoge
a los actores para sus películas se parapeta detrás de un inmenso escritorio.
Aun cuando haya advertido a su secretaria que no recibirá llamadas de ninguna
clase, a los pocos minutos ya está hablando con todo el mundo. Se quita la
americana, se remanga la camisa, se afloja la corbata y el cabello se le
convierte en un matorral. A la vez que telefonea, dicta telegramas y aprueba
presupuestos, entrevista una interminable procesión de actores o de aspirantes
a serlo. Rebosante de bondad, los recibe a todos y les pide que dejen su foto.
Una vez iniciado el rodaje de una película,
Fellini se revela en la dirección de sus actores como una mezcla de director de
orquesta exigente e imaginativo maestro de ballet. No obstante su corpulencia,
retuerce el cuerpo en las posiciones que quiere de cada actor y sus dedos
rechonchos se convierten en relampagueantes ilustraciones de los gestos que
pide. Mientras la cámara rueda, Fellini revolotea junto a ella, comunicando
instrucciones con voz suave y persuasiva, mientras su cara muestra una docena
de expresiones diferentes. Terminada la escena, es como si los actores hubieran
reflejado a Fellini como otros tantos espejos.
Por muchos nombres famosos que pudiera
haber en el reparto, en ~el escenario Fellini es siempre el mejor actor, capaz
de representar todas las partes, desde la del extra más insignificante hasta
las de los primeros actores. "Es una enciclopedia de lo humano", dice
un amigo íntimo. "En él se puede encontrar al héroe y al cobarde, al viejo
y al niño, a la víctima y al verdugo".
Como consecuencia, donde trabaja Fellini el
ambiente suele ser como el de un circo en el momento que precede a algún número
excepcional, mortalmente arriesgado. Cuando, como es frecuente, los actores y
el equipo técnico aplauden cierta escena, Fellini demuestra su complacencia
levantando sobre la cabeza las manos juntas, a la manera de un boxeador
victorioso.
Cuando alguien comete un error, Fellini
manifiesta su descontento en tonos de reproche. Una vez, ante una escenografía
defectuosa, dijo al culpable ayudante del escenógrafo:
— ¡Debería darle vergüenza! ¡No entiendo
cómo pueda no importarle lo que hace!
A veces huye bufando del escenario,
asegurando que se niega a trabajar con gente a la que no le preocupa su tarea.
Pero como no es ninguna prima donna histérica, siempre regresa, generalmente a
los pocos minutos, después de haber bebido una taza de café para
tranquilizarse.
Fellini no sólo se interesa por lo que
hace, sino que disfruta haciéndolo. Sostiene que el trabajo hecho con gozo es
siempre mejor. Constantemente se repite a sí mismo que hace películas para
diversión del público. En cierta ocasión, un visitante advirtió un pedazo de
esparadrapo de color amarillo pegado junto al visor de la cámara. En él, el
director había escrito en mayúsculas: "No lo olvides. ¡Se supone que esta
va a ser una película chistosa!"
Cuando el ambiente se pone demasiado tenso,
es Fellini quien sale con un chiste, una agudeza o alguna broma. Su buen humor
es contagioso. Vivaz y divertido, conversador brillante, es capaz de hacer que
sus amigos se desternillen de risa o rompan en lágrimas. Uno de ellos ha dicho:
"Si Felfei hubiese nacido en la India, hubiera sido encantador de
serpientes".
Su don de atraer y subyugar a quien sea,
más el prestigio que acompaña a toda película de Fellini, mueven a actores de
primera categoría a aceptar papeles secundarios y a técnicos experimentados a
renunciar a trabajos Mejor pagados, con tal de filmar con él. Piero Tosi,
famoso escenógrafo, en cierta ocasión terminó un turno de dos semanas con
Fellini y trató de irse a trabajar en otra película. Pero Fellini lo convenció
de que volviera "durante una semana, nada más". Cinco meses después
Tosi continuaba allí, trabajando por una fracción de su sueldo habitual.
"Cuando se está con Fellini", comenta Tosi resignado, "no se
tiene vida privada. Es un volcán de ideas; te llama en mitad de la noche,
abrumándote de cosas que quiere que le hagas. En ocasiones te agota; pero las
mayores satisfacciones de mi vida las he tenido trabajando con él, que es un
individuo fascinante".
Federico Fellini nació el 20 de enero de
1920, en Rímini, célebre lugar de veraneo situado a orillas del mar Adriático.
Su padre, agente viajero, soñaba con hacer de su hijo un abogado, pero el joven
Federico tenía otras ideas y se pasaba muchas horas encerrado en el baño
atusándose unos bigotes de cáñamo y pintándose patillas con corcho quemado.
Hacía títeres y los niños de la barriada pagaban un centavo cada uno para
asistir a sus representaciones.
En la escuela fue un alumno difícil. En un
año hizo novillos 64 ' veces. Dedicaba parte del tiempo libre que así conseguía
a pintar carteles para el cine Fulgor, que se los pagaba con entradas
gratuitas. Cuando Fellini tenía 18 años, una revista de Florencia compró uno de
sus dibujos y él se lanzó a hacer otros. Al estallar la segunda guerra mundial
estaba dibujando para un semanario humorístico de Roma.
Posteriormente obtuvo un empleo como
escritor de un programa vespertino de radio compuesto de canciones, chistes y
diálogos breves. De ahí pasó a escribir Cico y Pollina, serie semanal
radiofónica sobré una pareja de enamorados. Pollina era
Giulietta Masina, atractiva rubia graduada
en la Universidad de Bolonia. Fellini, que no la conocía, vio su foto en una
revista de aficionados a la radio e inmediatamente le telefoneó:
—Buongiorno Pollina, io sonó Fellini —le
dijo—. Estoy harto de la vida, pero antes de morir quisiera ver qué cara tiene
mi heroína.
Giulietta aceptó verlo y su amistad se
consolidó. Un día Federico le mandó un par de ansarinos, cada uno de los cuales
llevaba un pedazo de papel al cuello. En uno estaba escrito Pollina, en el otro
Federico. Los acompañaba una carta: "Pollina, ¿quieres casarte conmigo? Federico.
P.D. Para ahorrarte el trabajo, te^ mando una carta con la respuesta escrita.
Bastará con que la firmes y me la devuelvas". Giulietta la firmó, y se
casaron en octubre de 1943.
Federico continuaba rondando los periódicos
y las revistas, tratando de vender artículos y dibujos, y escribiendo en
ocasiones algún guión para cine. Para cubrir sus necesidades cambiaba a los
soldados norteamericanos caricaturas por cigarrillos y pan blanco. Tenía tanto
éxito que pronto abrió un negocio llamado "Tienda de caras cómicas" y
al poco tiempo organizó a varios artistas amigos suyos y estableció otros
negocios parecidos.
Pasado algún tiempo Federico volvió a
redactar guiones cinematográficos. En 1945 él y otro escritor, Sergio Amidei,
compusieron en dos semanas Roma, ciudad abierta, drama que, dirigido por
Roberto Rosellini, habría de consagrarse como una de las obras clásicas de la
cinematografía.
Fellini se convirtió en director casi por
casualidad. Poco después de 1951, él, un amigo y el director Michelangelo Antonioni
habían escrito el guión de Lo Sceicco Bianco ("El jeque blanco"),
sátira de las "fotonovelas" que se publican en Italia. Pero Antonioni
decidió que a él no le interesaba dirigirla, y así pasó algún tiempo antes de
que un productor pidiera a Fellini que hiciese la prueba como director. El
rodaje del primer día iba a tener efecto en un barco de pesca, cerca de Roma.
Mientras lo trasportaban adonde artistas y técnicos le esperaban, Fellini se
puso tan nervioso que se olvidó del guión y de lo que él tenía que hacer. Pero
tan pronto como subió al pesquero, empezó a decir a los actores en qué forma
debían moverse, a dar órdenes a los técnicos y a mirar por la cámara como si no
hubiera hecho otra cosa en su vida. En el viaje de la orilla al barco se había
convertido en director.
Algunos críticos acusan a Fellini de
charlatán, por la vaguedad del contenido de sus filmes. Fellini prefiere que el
público saque sus propias conclusiones. "No hay nada más allá de lo que se
ve en la pantalla", dice. Y lo que allí se ve es un compuesto de la vida
personal de Fellini y de sus sueños. Para Fellini, el mundo de la fantasía es
el verdadero. Ya en su primera película uno de sus personajes dice: "La
realidad existe sólo en los sueños". Es ahí donde Fellini crea su
universo, con el material de sus ensueños y los fragmentos de sus encuentros
con la gente y los sucesos de la vida real.
La gente, las caras, voces, risas, todo
ello estimula a Fellini, que necesita de la gente (y la gente parece
comprenderlo así). No es de maravillar que se haya convertido en una especie de
atracción turística y que se le visite como si fuera un monumento nacional o un
monarca reinante. Saluda a todos con auténtico entusiasmo, casi como un
anfitrión en una fiesta en que todo va bien. Al mismo tiempo clasifica rostros,
gestos y rasgos de carácter en su archivo mental, para su posible utilización
en futuras películas. En tiendas y cafés no tarda en trabar conversación con el
camarero, con la pareja sentada a la mesa de junto, con la cajera . . .
Este interés, esta consideración natural
por el prójimo han sido positivos para la carrera de Fellini. En 1962, después
de tres años de no filmar, aceptó dirigir una película de la que no se sentía
seguro. Tres días antes del comienzo perdió la inspiración por completo.
Poseído de pánico, se sentó a redactar una carta al productor, renunciando al
proyecto. En ese momento uno de los técnicos llegó a decirle que se estaban
celebrando los 70 años de uno de ellos y que lo invitaban para que los
acompañara. En la fiesta los presentes levantaron de pronto las copas y
brindaron espontáneamente por su director y la nueva película que iba a
realizar. Fellini se conmovió a tal punto que rompió la carta inconclusa. No
podía dejar frustrados a sus colaboradores. Haría una película acerca de un
director que había perdido la inspiración. El resultado fue 8 y 1/2, la tercera
película de Fellini que ganó un Oscar.
A pesar de sus éxitos, Fellini ha
conservado ciertos rasgos atractivos de su carácter, desarrollados en sus primeros
años. Es hombre temeroso de Dios y creyente por naturaleza. "A menudo
dirijo mis pensamientos a Dios", confiesa.
Cuando se le pregunta si cree en los
milagros, Fellini reviste de humorismo su creencia para contestar, como hizo
una vez: "El otro día cayó un rayo sobre dos pinos, cerca de mi casa.
¡Pero jamás habrá de caer sobre mí! Tengo un acuerdo secreto". Y dada la
capacidad de Maestro para entrar en comunicación con quien sea, es muy posible
que tal acuerdo exista, en efecto.

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