sábado, 9 de abril de 2016

FELLINI maestro del séptimo arte

En parte actor, en parte artista y mago, Federico Fellini se ha consagrado como uno de los grandes directores en la historia de la cinematografía.


FELLINI:

maestro del Séptimo Arte (Por Melton Davis)
EN ROMA, donde vive y trabaja, lo conocen como  Maestro. El número de películas de largo metraje que ha filmado no llega a la docena. Sin embargo, ha sido nueve veces candidato para el Oscar (el premio de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood) y sus películas mismas lo han ganado en tres ocasiones. Los festivales cinematográficos se disputan el privilegio de proyectar su última obra, y siguen exhibiéndose por todo el mundo películas que dirigió hace diez años. Como Fellini ejerce mayor atracción que sus estrellas, es su nombre el que despliegan las marquesinas de los cines en letras gigantes. En parte actor, en parte artista, en parte mago y en todo y por todo hombre que domina los resortes del espectáculo, es Federico Fellini uno de los grandes realizadores cinematográficos de nuestro tiempo.

Nada es tan grande, tan original o tan inusitado que Fellini no pueda acometerlo. Su Satiricón, viaje onírico a través de los modales y las costumbres de la antigua Roma, tuvo un elenco multinacional de 1500 actores y un equipo técnico de más de 250 personas que trabajaron durante seis meses en no menos de 89 escenarios. En realidad Fellini lo prefiere todo desmesurado, desde grandes automóviles hasta travesuras colosales. (En alguna ocasión telefoneó a un amigo: "¡Asómate a la ventana! ¡Quiero verte!" y cinco minutos más tarde le pasaba por delante volando en helicóptero.)
Por supuesto, también  Maestro es grande en lo físico. Con 1,88 m., de estatura y 90 kg. de peso, parece una versión afable aunque mofletuda del clásico busto dé Beethoven. Tiene 52 años de edad y se preocupa por no excederse de peso. Y sin embargo, cuando va al restaurante, se mete en la cocina para ver cómo va su comida, probando de paso cuanto haya sobre las hornillas. Nunca se siente más feliz que cuando las personas que almuerzan con él piden platillos diferentes (recomendados por él mismo), de manera que pueda probarlos todos. A despecho de las dietas que ensaya de vez en cuando, la cintura le crece sin cesar. Cuando se le echa esto en cara replica altivamente: "¡El trabajo es mi dieta!"
Hombre corpulento, cejijunto, cuando escoge a los actores para sus películas se parapeta detrás de un inmenso escritorio. Aun cuando haya advertido a su secretaria que no recibirá llamadas de ninguna clase, a los pocos minutos ya está hablando con todo el mundo. Se quita la americana, se remanga la camisa, se afloja la corbata y el cabello se le convierte en un matorral. A la vez que telefonea, dicta telegramas y aprueba presupuestos, entrevista una interminable procesión de actores o de aspirantes a serlo. Rebosante de bondad, los recibe a todos y les pide que dejen su foto.
Una vez iniciado el rodaje de una película, Fellini se revela en la dirección de sus actores como una mezcla de director de orquesta exigente e imaginativo maestro de ballet. No obstante su corpulencia, retuerce el cuerpo en las posiciones que quiere de cada actor y sus dedos rechonchos se convierten en relampagueantes ilustraciones de los gestos que pide. Mientras la cámara rueda, Fellini revolotea junto a ella, comunicando instrucciones con voz suave y persuasiva, mientras su cara muestra una docena de expresiones diferentes. Terminada la escena, es como si los actores hubieran reflejado a Fellini como otros tantos espejos.
Por muchos nombres famosos que pudiera haber en el reparto, en ~el escenario Fellini es siempre el mejor actor, capaz de representar todas las partes, desde la del extra más insignificante hasta las de los primeros actores. "Es una enciclopedia de lo humano", dice un amigo íntimo. "En él se puede encontrar al héroe y al cobarde, al viejo y al niño, a la víctima y al verdugo".
Como consecuencia, donde trabaja Fellini el ambiente suele ser como el de un circo en el momento que precede a algún número excepcional, mortalmente arriesgado. Cuando, como es frecuente, los actores y el equipo técnico aplauden cierta escena, Fellini demuestra su complacencia levantando sobre la cabeza las manos juntas, a la manera de un boxeador victorioso.
Cuando alguien comete un error, Fellini manifiesta su descontento en tonos de reproche. Una vez, ante una escenografía defectuosa, dijo al culpable ayudante del escenógrafo:
— ¡Debería darle vergüenza! ¡No entiendo cómo pueda no importarle lo que hace!
A veces huye bufando del escenario, asegurando que se niega a trabajar con gente a la que no le preocupa su tarea. Pero como no es ninguna prima donna histérica, siempre regresa, generalmente a los pocos minutos, después de haber bebido una taza de café para tranquilizarse.
Fellini no sólo se interesa por lo que hace, sino que disfruta haciéndolo. Sostiene que el trabajo hecho con gozo es siempre mejor. Constantemente se repite a sí mismo que hace películas para diversión del público. En cierta ocasión, un visitante advirtió un pedazo de esparadrapo de color amarillo pegado junto al visor de la cámara. En él, el director había escrito en mayúsculas: "No lo olvides. ¡Se supone que esta va a ser una película chistosa!"
Cuando el ambiente se pone demasiado tenso, es Fellini quien sale con un chiste, una agudeza o alguna broma. Su buen humor es contagioso. Vivaz y divertido, conversador brillante, es capaz de hacer que sus amigos se desternillen de risa o rompan en lágrimas. Uno de ellos ha dicho: "Si Felfei hubiese nacido en la India, hubiera sido encantador de serpientes".
Su don de atraer y subyugar a quien sea, más el prestigio que acompaña a toda película de Fellini, mueven a actores de primera categoría a aceptar papeles secundarios y a técnicos experimentados a renunciar a trabajos Mejor pagados, con tal de filmar con él. Piero Tosi, famoso escenógrafo, en cierta ocasión terminó un turno de dos semanas con Fellini y trató de irse a trabajar en otra película. Pero Fellini lo convenció de que volviera "durante una semana, nada más". Cinco meses después Tosi continuaba allí, trabajando por una fracción de su sueldo habitual. "Cuando se está con Fellini", comenta Tosi resignado, "no se tiene vida privada. Es un volcán de ideas; te llama en mitad de la noche, abrumándote de cosas que quiere que le hagas. En ocasiones te agota; pero las mayores satisfacciones de mi vida las he tenido trabajando con él, que es un individuo fascinante".
Federico Fellini nació el 20 de enero de 1920, en Rímini, célebre lugar de veraneo situado a orillas del mar Adriático. Su padre, agente viajero, soñaba con hacer de su hijo un abogado, pero el joven Federico tenía otras ideas y se pasaba muchas horas encerrado en el baño atusándose unos bigotes de cáñamo y pintándose patillas con corcho quemado. Hacía títeres y los niños de la barriada pagaban un centavo cada uno para asistir a sus representaciones.
En la escuela fue un alumno difícil. En un año hizo novillos 64 ' veces. Dedicaba parte del tiempo libre que así conseguía a pintar carteles para el cine Fulgor, que se los pagaba con entradas gratuitas. Cuando Fellini tenía 18 años, una revista de Florencia compró uno de sus dibujos y él se lanzó a hacer otros. Al estallar la segunda guerra mundial estaba dibujando para un semanario humorístico de Roma.
Posteriormente obtuvo un empleo como escritor de un programa vespertino de radio compuesto de canciones, chistes y diálogos breves. De ahí pasó a escribir Cico y Pollina, serie semanal radiofónica sobré una pareja de enamorados. Pollina era
Giulietta Masina, atractiva rubia graduada en la Universidad de Bolonia. Fellini, que no la conocía, vio su foto en una revista de aficionados a la radio e inmediatamente le telefoneó:
—Buongiorno Pollina, io sonó Fellini —le dijo—. Estoy harto de la vida, pero antes de morir quisiera ver qué cara tiene mi heroína.
Giulietta aceptó verlo y su amistad se consolidó. Un día Federico le mandó un par de ansarinos, cada uno de los cuales llevaba un pedazo de papel al cuello. En uno estaba escrito Pollina, en el otro Federico. Los acompañaba una carta: "Pollina, ¿quieres casarte conmigo? Federico. P.D. Para ahorrarte el trabajo, te^ mando una carta con la respuesta escrita. Bastará con que la firmes y me la devuelvas". Giulietta la firmó, y se casaron en octubre de 1943.
Federico continuaba rondando los periódicos y las revistas, tratando de vender artículos y dibujos, y escribiendo en ocasiones algún guión para cine. Para cubrir sus necesidades cambiaba a los soldados norteamericanos caricaturas por cigarrillos y pan blanco. Tenía tanto éxito que pronto abrió un negocio llamado "Tienda de caras cómicas" y al poco tiempo organizó a varios artistas amigos suyos y estableció otros negocios parecidos.
Pasado algún tiempo Federico volvió a redactar guiones cinematográficos. En 1945 él y otro escritor, Sergio Amidei, compusieron en dos semanas Roma, ciudad abierta, drama que, dirigido por Roberto Rosellini, habría de consagrarse como una de las obras clásicas de la cinematografía.
Fellini se convirtió en director casi por casualidad. Poco después de 1951, él, un amigo y el director Michelangelo Antonioni habían escrito el guión de Lo Sceicco Bianco ("El jeque blanco"), sátira de las "fotonovelas" que se publican en Italia. Pero Antonioni decidió que a él no le interesaba dirigirla, y así pasó algún tiempo antes de que un productor pidiera a Fellini que hiciese la prueba como director. El rodaje del primer día iba a tener efecto en un barco de pesca, cerca de Roma. Mientras lo trasportaban adonde artistas y técnicos le esperaban, Fellini se puso tan nervioso que se olvidó del guión y de lo que él tenía que hacer. Pero tan pronto como subió al pesquero, empezó a decir a los actores en qué forma debían moverse, a dar órdenes a los técnicos y a mirar por la cámara como si no hubiera hecho otra cosa en su vida. En el viaje de la orilla al barco se había convertido en director.
Algunos críticos acusan a Fellini de charlatán, por la vaguedad del contenido de sus filmes. Fellini prefiere que el público saque sus propias conclusiones. "No hay nada más allá de lo que se ve en la pantalla", dice. Y lo que allí se ve es un compuesto de la vida personal de Fellini y de sus sueños. Para Fellini, el mundo de la fantasía es el verdadero. Ya en su primera película uno de sus personajes dice: "La realidad existe sólo en los sueños". Es ahí donde Fellini crea su universo, con el material de sus ensueños y los fragmentos de sus encuentros con la gente y los sucesos de la vida real.
La gente, las caras, voces, risas, todo ello estimula a Fellini, que necesita de la gente (y la gente parece comprenderlo así). No es de maravillar que se haya convertido en una especie de atracción turística y que se le visite como si fuera un monumento nacional o un monarca reinante. Saluda a todos con auténtico entusiasmo, casi como un anfitrión en una fiesta en que todo va bien. Al mismo tiempo clasifica rostros, gestos y rasgos de carácter en su archivo mental, para su posible utilización en futuras películas. En tiendas y cafés no tarda en trabar conversación con el camarero, con la pareja sentada a la mesa de junto, con la cajera . . .
Este interés, esta consideración natural por el prójimo han sido positivos para la carrera de Fellini. En 1962, después de tres años de no filmar, aceptó dirigir una película de la que no se sentía seguro. Tres días antes del comienzo perdió la inspiración por completo. Poseído de pánico, se sentó a redactar una carta al productor, renunciando al proyecto. En ese momento uno de los técnicos llegó a decirle que se estaban celebrando los 70 años de uno de ellos y que lo invitaban para que los acompañara. En la fiesta los presentes levantaron de pronto las copas y brindaron espontáneamente por su director y la nueva película que iba a realizar. Fellini se conmovió a tal punto que rompió la carta inconclusa. No podía dejar frustrados a sus colaboradores. Haría una película acerca de un director que había perdido la inspiración. El resultado fue 8 y 1/2, la tercera película de Fellini que ganó un Oscar.

A pesar de sus éxitos, Fellini ha conservado ciertos rasgos atractivos de su carácter, desarrollados en sus primeros años. Es hombre temeroso de Dios y creyente por naturaleza. "A menudo dirijo mis pensamientos a Dios", confiesa.
Cuando se le pregunta si cree en los milagros, Fellini reviste de humorismo su creencia para contestar, como hizo una vez: "El otro día cayó un rayo sobre dos pinos, cerca de mi casa. ¡Pero jamás habrá de caer sobre mí! Tengo un acuerdo secreto". Y dada la capacidad de Maestro para entrar en comunicación con quien sea, es muy posible que tal acuerdo exista, en efecto.

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