sábado, 21 de mayo de 2016

GROUCHO MARX, un chiflado inmortal

Groucho Marx, un chiflado inmortal

Por Leo Rosten


Fue un Voltaire del teatro de variedades y un mago de la locura de la lógica. Sus arranques de calculada demencia expresaban lo que el resto de nosotros no tenemos el talento, y mucho menos la audacia, de decir

MI TELÉFONO sonó en Beverly Hílls, California, hace muchos años.
—Hola —contesté.
— ¿Tengo el honor de dirigirme a Marmaduke Montague, proctólogo mundialmente famoso?
—No, señor; marcó un número equivocado.
—Entonces, ¿por qué contestó usted? Durante años he estado marcando este número y hablando con el profesor Marmaduke Montague. ¿Qué ha hecho usted con su cadáver? Voy a llamar a la policía. Lo que voy a contarles no es asunto suyo. ¿Qué número marqué?
—Crestview 8-29.
— ¡Aja! ¡Así que lo admite!  Si fuera usted hombre, vendría y me tumbaría los dientes.
—Pero...
—Si fuera la mitad de un hombre, me tumbaría la mitad de los dientes
— ¿Quién...? —intenté preguntar.
—Y si fuera mujer, podríamos bailar con frenesí la noche entera...
   Trascurrieron muchos minutos antes de que pudiera bajar a Groucho Marx de las elevadas y delirantes alturas en que adoraba habitar. Después declaró el motivo de su llamada: "¿No tienes hoy compromiso para almorzar? ¡Bien! En el Restaurante Derby, a las 12:30. Llevaré una rosa aprisionada entre los dientes".
   En los diez años que estuve "perpetrando" películas en Hollywood, fui el blanco de muchos de estos desvariados telefonemas. No era fácil reconocerlos, pues los hacía a todas horas, con una artificiosa diversidad de voces —desde joviales falsetes hasta siniestros tonos de barítono— y acentos extranjeros excelentemente imitados.
   Ante todo, las llamadas empezaban con un saludo muy convincente:
   "Hola. Me llamo Iphigene Wimbledon. ¿Es usted Leo Rosten?"
   O bien: "Aló. Aquí el señog Pierre du Jouvert, directeur extraordinaire de la agencia de viajes Tours Eiffel . . ."
   O: "Soy Floyd Hollister, de Sloat, Bankhead y Dooley, nombrado por el tribunal de testamentarías del distrito sur del estado de California, albacea de los bienes de Elmo Rosten, el magnate petrolero de Waco, Tejas".
   Tan pronto como caía yo en la trampa, el Maestro redoblaba el ataque. Iphigene Wimbledon me propuso poner en venta a mi hijo: "Un chico así le produciría entre diez y doce mil dólares, según el mercado actual". Pierre Jouvert me leyó una oda pornográfica a las catacumbas: "Puede usted adquirir la serie completa, encuadernada en piel de oruga, por sólo..." Y el tal Floyd Hollister trataba de localizar a parientes de Elmo Rosten, en especial a sor Teresa Qinsberg, porque en su testamento "legaba su colección de rollos de pergaminos jordanos con inscripciones a la Orden de los Caballeros de Malta Cervecera".
   Cierta vez se me acusó de albergar al cabecilla de una banda de tratantes de blancas; fui engatusado por la Liga para la Erradicación de la Supuración Axilar, y conminado a pavimentar mi jardín por sólo un dólar el metro cuadrado: "Esta oferta expira a medianoche; después, costará un dólar el centímetro cuadrado". Un dentista de Pomona me rogó que le permitiera ponerle a mi madre premolar de acero inoxidable totalmente gratis: "Es la única manera que tengo de darme a conocer en este asilo para enfermos dentales".
   En cuanto a nuestro almuerzo, que trascurrió en el Restaurante Brown Derby, casualmente no se registró en él arranque alguno de desvarío galopante. Marx habló en forma inteligente y con elocuencia del presidente Truman, del escritor Ernest Hemingway y del beisbolista Joe DiMaggio, a quienes admiraba mucho.
   Fue el Voltaire del teatro de variedades, y el creador de la comedia del agravio esquizofrénico. Sus afrentas siguen siendo únicas, por desconcertantes. Un turista ebrio pasó el brazo sobre los hombros de Groucho y cacareó:
   —Groucho, grandísimo bribón, apuesto a que no te acuerdas de mí.
   Marx clavó en el infeliz una mirada llena de odio, mientras le decía: —Caballero, nunca olvido un rostro, pero en su caso haré con gusto una excepción.
   El desinhibido delirio de Groucho —exacerbado por esa voz áspera, esa mancha negra que tenía por bigote, ese lascivo modo de andar a grandes zancadas, ese incesante menear de cejas, ese ojo estrábico, esa mirada de agrio desprecio— se conjugaba con un desplante matizado de amargura. Sus arranques de calculada demencia expresaban lo que el resto de nosotros no tenemos el talento, y mucho menos la audacia, de decir. Al salir de la proyección preliminar de una película que estelarizaba Doris Day, en la que esa inocente y sana doncella típicamente norteamericana pasa hora y media resistiéndose a los requiebros de Car y Grant, alguien preguntó a Groucho:
   — ¿Conoce usted a Doris Day?
   A lo que Groucho contestó con mordacidad:
   — ¡Diablos! La conocí antes de que fuera virgen.
   Admirábamos no sólo su pasmoso cinismo, sino también su jocosa crítica de los trillados convencionalismos de la conversación o de la etiqueta. En cierta ocasión, cuando estaba por salir después de una cena en su casa, le dije:
   —Me gustaría despedirme de tu esposa.
   Me miró fijamente y me espetó:
   — ¿Y a quién no?
   Groucho perfeccionó la lógica de la locura y se mofó de la locura de la lógica. Considérese la manera en que renunció a seguir formando parte de cierto club: "No deseo pertenecer a un club que acepta a miembros como yo".
   Una magnífica variante de la paralógica de Groucho ocurrió un día que paseaba en coche cerca del mar con un amigo. Avistó un club de playa con una hilera de hermosas cabañas.
   —Ese sería un buen club para mí y mi familia.
   —Mmm... olvídalo, Groucho. No admiten judíos.
   A esto, Groucho, cuya esposa no era judía, respondió:
   — ¿Crees que permitan a mi hijo meterse en el agua hasta las rodillas?
   Groucho era delgado, apacible y más pequeño de lo que parecía en la pantalla de cine o de televisión. Hablaba con voz suave y sonreía nostálgicamente. Nunca lo oí reírse a carcajadas, ni siquiera de los chistes o de comediantes que le gustaban. Su expresión natural tenía ribetes de tristeza, pero en público se ponía una máscara de búho sardónico. Ocultaba sus emociones y no hizo confidencias ni a sus esposas ni a sus hijos. En realidad, era melancólico y solía deprimirse, como les ocurre a muchos cómicos.
   Era lector voraz y se sentía particularmente orgulloso de que el escritor irlandés James Joyce hubiese empleado la palabra groucho como verbo en la novela Finnegan's Wake ("La velada de Finnegan"). En lo más íntimo de su ser deseaba haber sido escritor. Adoraba las canciones de los británicos Gilbert y Sullivan, y durante horas enteras solía cantarlas —acompañándose con la guitarra— con esa voz estridente y nasal que era en sí una parodia.
   Le interesaban profundamente los temas políticos, y se sintió halagado cuando supo que una noche, durante la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro inglés Winston Churchill recibió una llamada telefónica en su residencia oficial en la que se le iba a informar de un boletín del Ministerio de Guerra. Pero el gran estadista gruñó: " ¡No me interrumpan! ¡Estamos viendo una película de los Hermanos Marx!"
   Por cierto, los Hermanos Marx fueron hermanos de verdad —al principio cinco—, que escalaron rápidamente la cumbre de la fama en los espectáculos de variedades y en Broadway, durante la década de los años 20, con un estilo de comedia original, bullicioso y desenfadado.
   En escena, los cuatro Hermanos Marx (Groucho, Chico, Harpo y Zeppo) hacían estragos en los guiones y les fascinaba interpolar de improviso frases desconcertantes. En una ocasión, Groucho se hallaba a la mitad de una escena amorosa chusca con una gran dama de aire arrogante y pecho formidable; tras bambalinas, Zeppo gritó de improviso:
   — ¡Está aquí el hombre de la basura!
   Aún de rodillas, Groucho respondió:
   —Dile que no queremos.
   En otra parodia en la que Groucho representaba a Napoleón, los hermanos que estaban fuera del escenario interrumpieron la pieza haciendo que una trompeta tocara los primeros acordes de La Marsellesa, el himno de Francia. Zeppo gritó:
   — ¡Majestad, nuestro himno nacional: La Mayonesa!
   Groucho se dirigió al público: "El Ejército debe de estar aderezándose".
   Tenía un popular programa de radio y televisión, en el que creó una especie de maestro de ceremonias nunca antes (ni después) vista. Me hallaba detrás del escenario una noche en que uno de los concursantes resultó ser de una región rural. Llamémoslo Floyd.
   — ¿Cómo conoció usted a su esposa? —preguntó Groucho.
   —Bueno, yo conduzco un camión... —respondió Floyd.
   — ¿La atropello usted?    
   —No. Ella estaba en el granero.
   — ¿Chocó usted contra el granero?
   — ¡No, no! Su familia había echado de menos algunos pollos.
   — ¿Sentían nostalgia por los pollos?
   —No; habían advertido su ausencia, así que encendieron una luz en el patio del granero. Yo iba a recoger unos pavos y su padre gritó: " ¡Los pavos están en el granero...!"
   — ¿Se casó usted con un pavo?
   — ¡No! Al acercarme al granero, un enorme zorrillo salió corriendo hacia el gallinero y una chica gritó: "¡Atrapen a ese zorrillo!" Así que salté sobre el animal y ella también cayó sobre él, y ambos olíamos tan mal que...
   —Es la historia más romántica que he escuchado.
   Una vez ofreció escribir la solapa de uno de mis libros: "Desde el momento en que tomé el libro hasta que lo guardé, no pude dejar de reír. Espero leerlo algún día".
   Sin embargo, de todos sus juegos de palabras, el que más admiro es el siguiente:

Querido Júnior:
Discúlpame por no haberte contestado antes. He dejado de escribir tantas cartas últimamente, que me las vi negras para no contestar la tuya.

   El hombre sentía la necesidad de desinflar el decoro con la sátira. Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo en un campo de adiestramiento del Ejército para divertir a los soldados. En el cuartel del general en jefe, el teléfono sonó y Groucho levantó el auricular. Como jamás iba a decir "Hola", "Cuartel General" o siquiera "Despacho del general H...", mi héroe canturreó: "Segunda Guerra Mundiaaal".
   Ante todo, detestaba la simulación. No toleraba el ocultismo, pero se le engatusó una vez para que asistiera a una sesión espiritista. Estuvo sentado, en silencio y con actitud respetuosa, mientras el "operador" miraba la bola de cristal, invocaba a las almas del más allá y respondía a las preguntas de sus invitados con voz misteriosa y monótona. Tras un prolongado rato de omnisciencia, el hechicero recitó:
   —Mi médium... se está cansando... Sólo hay tiempo para una pregunta más.
   Groucho la hizo:
   — ¿Cuál es la capital de Dakota del Norte?
   En sus últimos años se vio coronado por una renovada popularidad, sólo oscurecida por las muertes de sus hermanos y amigos. Además, Groucho fue víctima de una serie de padecimientos que le afectaron tanto el habla como la memoria. Creo que su muerte, en 1977, a los 86 años, lo liberó de la angustia de la incapacidad.
   Y siento ahora una infinita tristeza al comprender que mis oídos no sufrirán de nuevo con esa voz estridente y nasal, cuando peroraba: "Soy Hiram Trotter, de las encuestas de opinión Gallup. ¿Está usted en favor de que la CÍA envíe ilegalmente rompecabezas armados a Fidel Castro?"



REGLA DE TRES

REGLA DE TRES
CHAMICO  [1]
(De: Cuentos de Cabecera)

Como todo padre consciente, acostumbro a vigilar los estudios de mis hijos. Lo hago desde cierta distancia y encerrado en lo que los grandes novelistas llaman un impenetrable mutismo. Esta actitud mía no responde a exigencias de mi temperamento, que muy otras son ellas, sino a que mis hijos me lo pidieron con los ojos llenos de lágrimas y la libreta de clasificaciones llena de insuficientes; mi esposa con amenazas de divorcio en México y el juez de menores con un exhorto u otro documento por el estilo.
Confieso que esta situación no me contraría mucho, pues como no salgo de noche desde que aumentaron los precios de las consumiciones en los cafés, ayudar a mis hijitos a hacer sus deberes era para mí no sólo ocasión de grato esparcimiento, sino también un saludable ejercicio mental. Pero no quiero culpar a nadie: mis hijos están influenciados por los malos sistemas pedagógicos en vigencia,               mi esposa por el cinematógrafo, donde se demuestra que los matrimonios no empiezan a llevarse bien hasta después del divorcio,             y el juez debía estar influenciado por los códigos y latines del ramo.
Las cosas ocurrieron así.
En los tiempos en que gozaba de libertad y podía ofrecer a los ángeles, que sin duda nos contemplaban enternecidos, el cuadro de una cabeza surcada ya por venerables hebras de plata junto a dos cabecitas castañas y rizadas, que a la luz de la lámpara y de la inteligencia buscaban la solución del mismo problema, se presentó éste: si un albañil trabajando seis horas levanta un metro de pared, ¿cuántos metros levantarán tres albañiles en el mismo tiempo?
— ¡Tres metros! —gritó uno de mis hijos.
El otro se quedó chupando el lápiz, a ver qué decía yo. Yo dije: —Eso es una perogrullada, Poncianito.
— ¿Cómo? —inquirió mi mujer, que siempre está ojo avizor y oído alerta.
—Naturalmente, querida. Es absurdo suponer que el Estado gasta tantos millones en la instrucción pública, que el magisterio es considerado como un sacerdocio, que Domingo Faustino Sarmiento iba a la escuela en los días de lluvia, que yo mismo trabajo horas extras para comprar libros y guardapolvos, que tú te desvelas planchándolos y que estos ángeles, en lugar de correr y brincar por la plaza, pasen toda la mañana amarrados al duro banco escolar para que se les pregunte semejante pavada que todo el mundo sabe. ¡No vamos a caer en la tontería de responder de qué color era el caballo blanco de Napoleón!... Quizá la respuesta de Poncianito estuviera bien en los tiempos del rey que rabió, pero hoy en día es necesario ahondar más, sutilizar más... ¡No olvides que vivimos en los tiempos de Freud y de Einstein, qué diablos!
—A ver cómo lo resolverías tú —dijo mi mujer, poniéndose de codos en la mesa y fijando en mí la mirada de las cuentas de fin de mes.
—Razonemos. Un albañil que trabaja solo, en un lugar desagradable como es una casa en construcción, pronto es invadido por la tristeza; el desaliento de pensar que tiene tanto trabajo para él solo por delante lo vence. Su mano cae floja y sin vigor; se enturbian sus ojos por los recuerdos del pasado que asaltan al hombre que está solo. Es presumible que interrumpa su trabajo con frecuencia para secarse una lágrima con el dorso de la mano y suspirar. Quizá el crup le arrebató un hijo; quizá un golpe de mar a su tierna esposa, allá, en la bella Italia... ¡Pero no lloren, que es un suponer!... Bien, en esas condiciones el trabajo es malo. Pero imaginemos a tres albañiles jóvenes, robustos, llenos de optimismo  y de fundadas esperanzas de hacer la América. Se alientan con alegres canciones en que exaltan las dichas del trabajo honesto; se estimulan mutuamente con gritos de ¡forza!, si son italianos; ¡duro y a la cabeza! si son españoles; ¡hurra!  si pertenecen a la rubia Albión.
 En este último caso lo más seguro es que cambien apuestas a quién hace más pared. Además se pueden prestar ayuda alcanzándose el balde, prestándose argamasa, dándose la mano gentilmente para subir al andamio. Tontos serían si no aprovecharan condiciones tan favorables para hacerse, por lo menos, dos metros de pared cada uno y aun les sobraría tiempo para jugar un partido de bochas.
Aquella noche vencieron la elocuencia y el buen sentido y mi hijo escribió: Si un albañil hace un metro de pared por día llorando, tres albañiles harán seis metros cantando y jugando a las bochas.
Por poco tiempo pude ayudar a mis hijos de esa manera, pues intervino la incomprensión de la directora, que arrastró a todos en su caída hacia la vulgaridad de un mundo que cree más en la potencia de los números que en la del alma.







[i] Seudónimo de Conrado Nalé Roxlo Argentino (1898 -1971). Obras: El grillo; Claro desvelo; De otro cielo (en verso); Cuentos de cabecera; Antología apócrifa; Mi pueblo; Una viuda difícil (en prosa)

martes, 17 de mayo de 2016

"VERÉ EL MUNDO CON TUS OJOS"

"Veré el mundo con tus ojos"
El legado de un hijo agonizante (Por Doris Herold Lund)

CUANDO murió Eric fue como si la alegría misma hubiera fenecido. ¡Era tanta la que nos había dado a sus familiares y amigos! Sin embargo, ahora sé que la muerte de mi hijo no ha sido el fin de todo: en cierto modo, es un nuevo comienzo...
Eric tenía 22 años cuando sucumbió, después de cuatro años y medio de lucha contra la leucemia. Y si bien es cierto que nuestro dolor fue muy grande, debo decir que también nos dejó muchos motivos de alegría. Es algo que no acabo de comprender cabalmente. ¿Cómo puedo sentirme más fuerte, a pesar de tal pérdida? ¿Por qué el don de la vida me parece más precioso que antes ?
Este es el legado que me dejó Eric.
No fue fácil adquirirlo, y tampoco pude aceptarlo  inmediatamente; ni siquiera puedo decir que al principio fuera un regalo de mi agrado. Además de la leucemia, Eric sufría de adolescencia, y hubo momentos en que me pareció que esta última era la peor de sus dolencias. Cuando un chico de 17 años se entera de que acaso no vivirá lo bastante para llegar a ser hombre, le acometen unas ansias terribles de vivir de prisa. Quiere tener en el acto la más absoluta independencia de cualquier obligación. Pasadas las primeras semanas, Eric quiso enfrentarse solo a su enfermedad. Me dijo que yo no tenía ya por qué hablar con los médicos. Que me abstuviera de tratar el asunto si siempre iba a hacerlo como madre angustiada.

Nadie de la familia tuvo tiempo de ensayar su nuevo papel. Diagnosticaron a Eric la leucemia dos días antes de que ingresara en la universidad. Ya tenía hechas sus maletas y se disponía a partir lleno tic proyectos y emoción. De pronto tuvo que presenciar cómo todos sus amigos se iban, mientras él se quedaba solo, gravemente enfermo.
Eric fue siempre un atleta distinguido, pero la zancadilla del destino lo había derribado. Sin embargo, no tardó en reponerse y procuró reincorporarse a la carrera. Su decisión de asistir a la universidad no había variado ni un ápice, y seguía dispuesto a estudiar con ahínco para descubrir cuál era su verdadera vocación, además de formar parte del equipo de fútbol. A estos propósitos agregó otro: seguir viviendo.
Y comenzó a leer, a trabajar, a hacerse hombre. Sin expresarlo claramente, pero con rudeza, me exigió que yo también madurara. Para poder conservar el valor hasta el final y soportar los sufrimientos que le aguardaban, era imprescindible que también yo me armara de valor.
Lo mejor que podía yo hacer era mantenerme a la expectativa. Aprendí a ocultar mi aflicción y mi ternura; pude comprobar que mi aparente serenidad le daba fuerzas. No había manera de protegerlo entre algodones: tenía que desenvolverse libremente para hacerse un hombre. Tal era mi empeño y, si no quedaba más remedio, llegado el momento le ayudaría a morir como todo un hombre.

Cada vez que Eric iba al hospital a que le hicieran una trasfusión, bajaba la escalinata de dos en dos escalones, balanceando su mochila de lona, como si volviera de una excursión de fin de semana. Yo le entregaba las llaves del auto, me corría hacia el otro asiento, y él volvía a su vida de siempre, comí) si no hubiera pasado nada.
Pero no podíamos olvidar las medicinas que debía tomar contra la leucemia, ni las náuseas que le provocaban. Recuerdo que en una ocasión iba yo escaleras arriba, para llevarle una taza de té. A medio camino se cruzó conmigo: llevaba puestos los calzones de baño y empuñaba su rifle submarino. "Quizá te traiga un pescado para la cena", me dijo, haciendo caso omiso del té; y a pesar de que respiraba con dificultad y a veces sufría mareos, jugaba al fútbol y al baloncesto con aplicación reconcentrada; era su vida la que estaba en juego. "Ejercicio. Actitud valerosa. Deseo de vivir": tales eran las palabras que tenía escritas con tiza en su pizarra. Esas palabras le ayudarían a recuperarse.
"No es la leucemia lo que mata", me aseguró. "Será algo más: el corazón, o los riñones... Y pienso estar preparado cuando llegué el momento: voy a ganar la pelea".
Sin embargo, no se engañaba en cuanto a la índole de su enemigo. Al fin y al cabo había pasado varias semanas en el octavo piso del Pabellón Ewing, en el Memorial Hospital de la Ciudad de Nueva York, donde vio a los enfermos consumirse y perder el pelo por el efecto de las medicinas. Claro que la enfermedad tiene sus remisiones ... "Remisión": ¡qué palabra tan seductora! ¡Una esperanza que lleva en sí la desesperanza!
Una vez, gracias al metotrexato, Eric logró que su sentencia quedara en suspenso once meses. Recuerdo que aquel verano, al verlo correr por la playa con sus compañeros, todos ellos bronceados por el sol, radiantes de felicidad, morenas las anchas espaldas y las fuertes piernas, me preguntaba qué diferencia había entre los huesos de mi hijo y los de aquellos otros muchachos. Y me invadió un sentimiento de calma: seguramente Eric ya estaba fuera de peligro.
Pero al día siguiente llamaron del hospital para informarnos que, según las últimas pruebas de laboratorio, la tregua había concluido: incluso mientras yo lo observaba, las células malignas habían proliferado en la medula de sus huesos como la mala hierba, que crece sin cesar, más rápidamente de lo que podemos arrancarla.
Eric soportó y superó muchas crisis. Aprendió a vivir al borde del abismo sin mirar hacia abajo. Siempre que podían los comprensivos médicos del Memorial Hospital, le permitían salir, escapar de aquel .horror. Y él se apresuraba a participar del tráfago de la ciudad: se mezclaba con las multitudes, contemplaba los escaparates de las tiendas, comía en los restaurantes del barrio chino, asistía a los conciertos en el parque y a las bulliciosas tabernas sumidas en la penumbra.

Pero más que salir a explorar, le gustaba trabajar fuera; trataba de recuperar las fuerzas en sus breves asuetos. Cierta laboratorista, una chica muy bonita que trabajaba en el hospital, llamó una tarde alarmadísima al médico:
—Tengo cita con Eric —le dijo—. ¿Qué hago si le da por correr?
—Sentarse a esperarlo —fue la respuesta.
La vida sin riesgos no es vida... así que Eric siempre los corría. (Y este es uno de los bienes que me legó: ¡valor para atreverme! Aceptar la vida tal como es, sin excluir los peligros.)
La enfermedad empezó a avanzar y, para prevenir infecciones, optaron por recluirlo en una habitación con ventilador laminar, sin ventanas, aislada, en donde todo estaba esterilizado. Y luego, de pronto, empezó a sufrir graves hemorragias. Seis días estuvo inconsciente. Y yo creí que el fin había llegado. Sin embargo, se presentaron pelotones de amigos para donarle sangre.
Yo veía a los médicos buscándole venas, tratando de contener las hemorragias, sacudiéndolo para sacarlo del letargo en que estaba sumido. Y decidí que aquello ya era demasiado: ¡que lo dejaran morir tranquilo! Ya había demostrado con creces de cuánto era capaz... Durante los dos años que pasó en la universidad había formado parte del equipo de fútbol, e incluso apareció en el cuadro de honor. "¡Por piedad, déjenlo morir!" me decía a mí misma.
¡Qué poco conocía las reservas de energía de mi hijo! Eric pasó cerca de cuatro meses entrando y saliendo de la habitación aislada. Pero a las pocas semanas de haber salido corría ya de 20 a 25 kilómetros diarios. Aquella primavera lo nombraron capitán del equipo de fútbol, le otorgaron el premio al jugador más esforzado y figuró entre los deportistas más notables de su universidad.
Pero me resulta aun más grato recordar sus cualidades inmensurables: sus bromas irreverentes, el cálido afecto que sentía por sus amigos, las consideraciones que tenía para con ellos, sobre todo con sus compañeros de lucha en el octavo piso del hospital. Estos pacientes consideraban a Eric el sobreviviente de épicas batallas y, quizá, el héroe que los conduciría a la victoria.
Una de sus travesuras es ya proverbial en la institución. Todas las semanas hacían la ronda de las salas diez importantes médicos. Un lunes, cuando se detuvieron ante la cama del más animoso de sus pacientes, lo encontraron sumamente alicaído.
—¿Cómo te sientes, Eric? —preguntó uno de los médicos.
—Escamado —murmuró el enfermo en voz apenas audible... Entonces vieron los galenos nadar un pececito en la botella del suero que administraban a Eric por vía intravenosa. El tubo de plástico, cubierto por las sábanas, no estaba conectado a la aguja, pero el efecto era de lo más convincente. Los médicos soltaron la carcajada, y toda la sala participó en el regocijo general. Siquiera fuese un instante, una humorada había ahuyentado a la muerte.
El octavo piso no era el sitio más indicado para ganar amigos. Como me dijo uno de los pacientes más viejos y apergaminados: "¿"Para qué hacer amigos, si pronto los va uno a perder?" Pero a Eric le era imposible permanecer al margen de la convivencia. "Eileen es estupenda", me contó una vez. "Hace cinco años que lucha contra su mal". Y en otra ocasión: "¿Ves al viejo señor Miller? Le acaban de sacar el bazo, pero él sigue vivito y coleando".
Luego, a medida que los meses de tratamiento llegaron a ser años, empezó a verlos partir. Los buenos, los valientes, los débiles, los quejumbrosos, los pasivos... Todos ellos iban desapareciendo: Eileen, el señor Miller ¡y tantos más! Eric seguiría resistiendo con todas sus fuerzas mientras quedara alguna esperanza de ganar, pero empezó a confesarse lo inconcebible.
Ya al final, mi hijo aceptó su propia muerte. Y tal aceptación fue el último y el más precioso de los dones que me legó, pues me ayudó a resignarme. No hubo en ello ni pizca de amargura; simplemente me declaró:
—Llega el momento en que te dices: "Bien, esto ya se acabó. Pero conste que no ha sido por falta de lucha".
Recuerdo cierta tarde, pocos días antes de su muerte. Habló de todo lo que hay de bueno en la vida: el cariño que sentía por sus hermanas; los maravillosos momentos de alegría que había compartido con su hermano. De pronto cerró los ojos y exclamó: "¡Correr! ¡Qué maravilla! Corrimos kilómetros y kilómetros por la playa". Luego sonrió, sin abrir los ojos. Estaba haciendo un resumen de toda su vida; la revivía y quería volver a sentirlo todo, mientras quedara tiempo para ello.
Hablaba serenamente, en pretérito, y así me decía tácitamente: "Debes prepararte... y has de ser fuerte".
En otra ocasión pensé que la luz le molestaba e hice ademán de correr la cortina.
— ¡No, no! —Protestó— ¡Quiero ver el cielo! —no podía moverse (estaba lleno de tubos), pero miraba con tanto amor ese brillante cuadro de cielo azul...
—¡El sol es tan espléndido! —exclamó después.
Anocheció. Eric estaba muy fatigado. Luego musitó:
—¿Puedo pedirte un favor? Vete hoy un poco más temprano. Camina algunas calles y mira el cielo. Veré el mundo con tus ojos.
Y así lo hago, y seguiré haciéndolo. Amaba tanto la vida, que me la legó a mí —una vida nueva, fuerte, hermosa—, incluso cuando agonizaba. Esa fue su verdadera victoria.


sábado, 9 de abril de 2016

TENGO UNA SOLA MANO... NO ME SIENTO DIFERENTE

Tengo una sola mano... no me siento diferente


(Por Jules Zanetti)

El 22 de marzo de 1968, Jules Zanetti perdió la mano derecha en un accidente de helicóptero en una planta móvil para perforaciones submarinas de petróleo en el estrecho de Bass. Había ido a un recorrido de inspección con un grupo de periodistas. El helicóptero que los regresaría a Sale, en Victoria (Australia), se estrelló contra la plataforma de la planta matando a cuatro de los periodistas que lo esperaban y mutilando a otros dos.
Con valor y sentido del humor, el periodista Zanetti nos cuenta cómo se enfrenta a los retos de la vida diaria.

No obstante el genio de hombres como Beato y Thomson, sólo unos cuantos —si no es que ninguno— comprendieron a fondo lo que veían o fotografiaban. En palabras del periodista norteamericano Upton Cióse: "Un bárbaro blanco puede estar en el mundo chino, pero nunca se integrará; podrá convertirse en espectador, pero jamás pasará de ser un utensilio de la astuta y refinada mente china".
Con todo, esos espectadores del siglo XIX nos han legado la visión permanente de una cultura antigua. Tan sorprendentes imágenes encierran la maravilla y la complejidad, de la vasta y variada herencia china.
ALREDEDOR de marzo de 1977 tuve un sueño muy extraño. ..Estaba parado en una calle conversando con un amigo y, mientras hablábamos, miré atrás de él y vi el reflejo de mi cuerpo en el escaparate  de  una  tienda. Tenía puesto un traje oscuro y llevaba un maletín en la mano izquierda. Mi brazo derecho colgaba a mi costado, y la manga del saco estaba vacía desde el codo.
Me desperté con una sensación de júbilo. Habían pasado nueve años desde que había perdido mi mano, y durante todo ese tiempo siempre había aparecido en mis sueños con dos manos. Ahora mi subconsciente aceptaba finalmente la realidad. Por primera vez me había visto a mí mismo en un sueño, como me veía todos los días.
Aceptar una incapacidad repentina y permanente es mucho más fácil de lograr en la vida consciente que en nuestros sueños, o por lo menos así fue para mí. Toma tiempo reconciliarse con la idea de que la pérdida de un miembro es irrevocable. Al subconsciente le cuesta aceptar que un muñón no originará una nueva muñeca, una nueva mano. En la mañana un cuerpo desproporcionado y desnudo te mira desde el espejo del baño. Hay un momento de sorpresa, después la comprensión: "Ah sí, este soy yo. Sólo tengo una mano".
Si ha sido difícil para mi sub-consciente aceptar lo obvio, para la demás gente parece ser mucho más difícil, pues reaccionan con una mezcla de curiosidad, compasión, turbación y horror cuando se enfrentan por primera vez a mi manga vacía.
Cuando asistí con mi esposa a nuestro primer compromiso social después del accidente, nuestro anfitrión, un ex piloto, me recibió jovialmente: "¿Volando con una sola ala, eh?" Aprecié la ligereza, y respondí que al menos mi equipo de aterrizaje estaba intacto y que tenía mucho combustible en los tanques.
En ese tiempo mi muñón estaba envuelto en unos vendajes voluminosos. Después de unas cuantas mi-radas un invitado aventuró:
—Eh, me estaba preguntando... hum... ¿dónde exactamente?
Hice un movimiento cortante con la mano izquierda en un punto cerca de doce centímetros bajo mi codo derecho.
—Aquí aproximadamente —le dije, y pareció que le quitaban un peso de encima cuando expliqué sin turbación mi fastidioso problema.
Otra invitada preguntó: "¿Duele mucho?" y yo le aseguré que el dolor era tremendo. No solamente tenía perturbadores dolores imaginarios, sino que, aunque menos fuerte, también sentía una comezón imaginaria; la única manera de aliviarla era rascarme en el aire el lugar donde antes había estado mi mano derecha.
Otra persona preguntó qué era lo que más extrañaba, y contesté lo primero que se me vino a la cabeza:
—No ser capaz nunca de tocar el piano.
Hubo un silencio momentáneo.
—Oh —replicó tristemente—. ¿Entonces usted tocaba el piano?
—Bueno, no —confesé—, pero ahora nunca lo podré hacer.
En realidad contar con una sola mano tiene sus problemas, pero no son los graves traumas sicológicos que casi toda la gente imagina. Son los pequeños problemas de la vida diaria. No me puedo cortar las uñas de la mano, o abotonarme el puño izquierdo de la camisa ni arremangarme esa manga. Lo demás no es imposible pero sí frustrantemente difícil.
Trate de hacer lo siguiente con su mano izquierda, si usted es diestro: insertar un sujetapapeles en un fajo de hojas; amarrarse los cordones de los zapatos o el cordón del pijama; manipular un abrelatas; leer un periódico de hojas grandes en el tren; escribir detalles en los últimos talones de una chequera.
El momento en que me di cuenta que la vida en casa nunca sería la misma fue cuando mi esposa me pidió que colgara un cuadro. Coloqué el clavo, me estiré por el martillo y comencé a comprender la ' realidad.
—Margaret —la llamé—, tú tendrás que sostener el clavo mientras yo le pego.
Es una mujer práctica, por lo que respondió:
—Tú sostén el clavo, y yo le pego.
Ella ha estado usando el martillo desde entonces. También se ha vuelto experta en arreglar fusibles y cambiar los grifos usados.
Algunos deportes y pasatiempos se han vuelto difíciles aunque no imposibles, debido a la ausencia de una "mano. He desarrollado una técnica para jugar carambola y billar con mi garfio protésico, aunque el toque, con el que antes gané trofeos de poca importancia, lo he perdido para siempre. Jugar al tenis es otra cosa. Todavía me falta dominar el arte de tirar una bola al aire y servir, todo con una mano y a la vez.
Pescar en la playa es un verdadero reto. Se puede preparar el anzuelo con una mano. Pescar al pez no es más difícil de lo que siempre fue. Pero enrollar el hilo resulta otro asunto, pues es, después de todo, una operación en la que una mano va sobre la otra. Yo he desarrollado una técnica sencilla. Al atrapar al pez empiezo a correr hacia las dunas. Probablemente esto haya ayudado a mi condición física, pero, ¿ha tratado usted, alguna vez de separar del anzuelo a un pez ondulante y resbaloso sirviéndose de una sola mano?
Soy un ávido jugador de cartas, y nunca estoy más consciente de mi impedimento que cuando participo en una difícil partida de póquer con mis camaradas. Ponerse las cartas en el regazo, debajo de la mesa, no es aceptado. La alternativa es moverlas torpemente y con disimulo sobre la mesa. ¿'Barajar y repartirlas? Paso, amigo.
Algunas veces me pregunto si habría tomado una actitud menos casual en lo que respecta a la pérdida de mi mano derecha, si las circunstancias de la pérdida hubieran sido diferentes. Pero durante el primer momento de comprensión, en el que me di cuenta que había sobrevivido al accidente, me dije una y otra vez: "Qué suerte tan increíble tuviste, Zanetti". Nunca he dejado de sentirme así.
Durante las semanas y meses que siguieron, estuve abrumado por la gentileza que me demostró el personal médico, la familia y los amigos, y los lectores de mi columna diaria en el periódico. Lo que es más, la ayuda y la comprensión de Margaret me levantaban constantemente la moral. Su ánimo, junto con mi sentido innato de lo ridículo, me hicieron posible aceptarme como soy: un hombre sin una mano.
Pude haber tenido una mano derecha nueva, pero me opuse a la perspectiva de usar una falsa, cubierta de plástico en un tono que correspondería exactamente al de mi piel. Pensé que, estrechar la mano con eso sería como deslizarle un pescado frío y blando a una víctima confiada.
En vez de eso, doy la mano con la izquierda y uso un garfio común de metal con dos puntas, que va unido a mi hombro a través de la espalda. La acción de abrir y cerrar las puntas del garfio se logra flexionando los músculos de mi hombro, lo que pone en tensión un cable, parecido al mecanismo de los frenos de una bicicleta. Como periodista encuentro que el dispositivo tiene una Utilidad limitada para mi trabajo por lo que casi nunca lo utilizo. Sin embargo, uso el garfio para escribir a máquina; pulso el teclado del lado derecho con un pedazo de goma de borrar insertada en el garfio.
Los garfios también son útiles para comer. Sostienen el cuchillo firmemente, por lo que cortar la carne no presenta mucha dificultad. Pueden sostener un vaso con eficacia, aunque los que son completamente lisos tienen la desconcertante tendencia a resbalarse y estrellarse contra el piso. También son prácticos para atarse los cordones de los zapatos, así como para remover un ratón muerto de una trampa. Son excelentes para abrir las cartas. Y a mí me gusta usar el mío cuando tengo una entrevista difícil con el gerente de mi banco o con un recaudador de impuestos.
Una mañana me olvidé completamente de mí mismo, y le pellizqué el trasero a mi esposa con mi garfio al salir ella de la ducha. Cuando el frío acero se cerró sobre su piel, saltó convulsivamente. Debido a esto, mi garfio ha sido proscrito del tocador para siempre.
Los garfios también se extravían con mucha facilidad. En cierta ocasión, puse el mío, sin darme cuenta, en un archivador y tardé días en encontrarlo. "¿Alguien ha visto mi mano?" se escucha constantemente en nuestra casa.
¿Soy una persona diferente porque perdí la mano? Yo en realidad no sé cómo me juzgan los demás. Pero el sueño que tuve en marzo de 1977, y que ha vuelto a presentarse, me da la seguridad de que soy solamente otro hombre de mediana edad, con una esposa y cuatro hijos, un viejo automóvil y una hipoteca. Y aunque estas características puede que no reflejen la esencia de mi ser, ya tampoco lo hace la ausencia de una mano.


EL ÚLTIMO ROMÁTICO: F. Scott Fitzgerald

Persiguió quimeras y supo expresar como nadie la euforia y ms decepciones de la época norteamericana del jazz. Hoy su clara prosa y la índole obsesiva de su vida ejercen poderosa atracción en muchos.

El último romántico: F. Scott Fitzgerald


Por John Reddy

CUANDO F. Scott Fitzgerald murió en Hollywood, en J1940, la noticia causó gran sorpresa, pues muchos creían que había fallecido hacía años. Atormentado por las enfermedades, el alcoholismo, la tragedia, vivía en la oscuridad y ya casi no se recordaban sus libros. Sin embargo, actualmente ha resurgido en forma extraordinaria el interés por este escritor, que fue el cronista, y en muchos aspectos la encarnación del período que él denominó "la edad del jazz". Se espera que este año se Vendan casi un millón de ejemplares de sus obras en los Estados Unidos solamente. Una película basada en The Great Gatsby ("El gran Gatsby"), su novela más conocida, ha tenido la mayor popularidad de Hollywood; está en rodaje otra sobre The Last Tycoon ("El último magnate"), libro póstumo que dejó inconcluso, y aproximadamente 37 millones de personas vieron en enero de este año un programa especial de televisión de dos horas: F. Scott Fitzgerald y la última de las bellas.
¿Por qué tanto ruido por un escritor tan relegado en sus últimos años? Y en una época que tiene a gala "decir las cosas tal como son", ¿a qué se debe tal interés por un autor romántico que escribió acerca de gente rica y hermosa que vivía sus propios sueños de esplendor? Acaso la razón sea que Fitzgerald supo retratar con lirismo una época sencilla y alegre, y personificarla vívidamente. Como dijo de Jay Gatsby, él mismo poseía "una pro funda sensibilidad ante la vida". "Parecía proyectar siempre acontecimientos felices; libros que leer, lugares adonde ir", declaró su esposa Zelda después de su muerte. Fitzgerald sentía que todo momento era de valor inapreciable. Fue un enamorado de la vida, incluso cuando ésta lo traicionaba o cuando él la empañaba.
El término "héroe fitzgeraldiano" ha llegado a representar una figura de romántico fulgor que poseía el atractivo encanto juvenil de su creador. Todos sus héroes reflejaban, al menos en parte, su propia personalidad. "A veces no sé si Zelda y yo somos reales o personajes de una de mis novelas", comentó cuando empezaba a sonreír le el éxito. "No tratamos de vivir a la segura", manifestaban ambos esposos. "Desde que nos casamos decidimos no tener nunca miedo".
Ascenso fulminante. Fitzgerald fue sumamente precoz. En 1908, cuando tenía 12 años y vivía en Saint Paul (Minnesota), escribió un cuento policiaco, organizó un grupo teatral con sus amigos y ya se había enamorado. En Princeton, el joven estudiante de pelo ondulado, ojos verdes y finas facciones, gozaba de gran popularidad. "Carecía yo de las dos cosas más importantes: gran magnetismo animal y dinero", escribiría años después, "pero poseía dos secundarias: era bien parecido e inteligente. Por eso siempre conquistaba a la muchacha más bonita".
Se encontraba a sus anchas en la Universidad de Princeton, pero tuvo que dejarla en el tercer año, por haber contraído paludismo. Cuando los Estados Unidos entraron en la primera guerra mundial ya estaba lo bastante restablecido para engancharse en el ejército. Enviado como recluta al Campo Sheridan, cerca de Montgomery (Alabama), en esa ciudad conoció a Zelda Sayre, impulsiva belleza rubia de 17 años de edad a la que cortejó apasionadamente.
El turbulento galanteo se interrumpió cuando el destacamento de Scott recibió la orden de ir a Europa, pero la guerra terminó exactamente en el momento en que éste se disponía a embarcarse para Francia. Ya licenciado, fue a Nueva York   va York con el propósito de ganar suficiente dinero para casarse con Zelda. Se empleó en una agencia de publicidad y escribía cuentos (produjo 19 en tres meses), además de fervorosas cartas a Zelda. Desgraciadamente los cuentos le eran devueltos tan rápidamente como él los enviaba, y pronto su triste apartamento se vio adornado por guirnaldas hechas con más de 100 tarjetas de rechazos.
Descorazonado, renunció a su empleo y, tras furibundas francachelas, regresó a Saint Paul para terminar una novela en la cual había trabajado desde sus días de universitario. En 1920 publicó This Side of Paradise ("Este lado del Paraíso") que obtuvo éxito inmediato. Se consideró a Fitzgerald, que entonces sólo tenía 23 años, el vocero de la era del jazz, y las revistas se disputaban la publicación de sus cuentos.
El sueño realizado. Fitzgerald y Zelda se casaron y fueron a vivir a Nueva York. En su luna de miel dieron vueltas durante media luna en la puerta giratoria del hotel) como demostración de entusiasmo y alegría. Todo el país se regocijaba por la terminación de la guerra, y el alza de los valores en la Bolsa; las mujeres se dejaban crecer la melena, bebían ginebra hecha en casa y bailaban el Charleston. "Los Estados Unidos iniciaban la juerga mayor y más alocada de la historia", escribió Fitzgerald, "y habría mucho que contar de ella". Él y Zelda participaron en esa juerga con atolondrado deleite; formaban una pareja despampanante.
Ningún cuidado ensombrecía aquella alegría desenfrenada. Bebían champaña, se sentaban en los techos de los taxis y se bañaban en la fuente frente al Hotel Plaza neoyorquino. En una ocasión asistieron a una fiesta, ella en camisón y él en pijama. Parecían estar enamorados de la opulencia. ("Los millonarios son diferentes de usted y de mí", comenzaba un cuento de Scott. A lo que comentó Hemingway, sardónico: "Así es: tienen más dinero".)
Scott y Zelda fueron a Europa y vagaron por el continente como gitanos, mientras él trasformaba casi todo cuanto veían o hacían en una prosa cada vez más gustada. Zelda estudiaba ballet, pintaba y escribía también vividos cuentos. Scott trabajaba y se divertía sucesivamente en tremendos arrebatos. Compuso un buen cuento en 21 horas de labor ininterrumpida. Su deshilvanado género de vida creaba la ilusión de que sus obras surgían al conjuro de una misteriosa fórmula mágica. En realidad era un concienzudo artífice que corregía sin cesar. "Soy un obstinado", escribió a su editor, Maxwell Perkins. "Todo cuanto he logrado ha sido fruto de un largo y persistente bregar".
La pareja regresó a Saint Paul para que naciera allí su hija, llama» da Francés, a quien apodaron Scottie. Cuando Fitzgerald publicó su segunda novela, The Beautiful and the Damned ("Los hermosos y los Condenados"), la familia se instaló en Nueva York, compró un Rolls-Royce usado y alquiló en Long Island una casa donde dio fiestas rumbosas. Había un letrero fijado en la pared que expresaba la única norma de la casa: "Se suplica a los visitantes no derribar las puertas en busca de licor, aunque les hayan dado permiso los anfitriones". En medio de tanta frivolidad, Fitzgerald siguió escribiendo, decidido a ser un gran novelista. Logró su empeño en 1925, al publicar The Great Gatsby, cuyo héroe perseguía, como su creador, un fantástico sueño romántico: "Gatsby creía en el futuro que año tras año se aleja de nosotros. Entonces nos elude, pero no importa. Mañana correremos más de prisa, extenderemos más los brazos... Y una hermosa mañana ..."
Hubo críticas alborozadas y recibió cartas con cálidos elogios de escritores famosos como Gertrude Stein, H. L. Mencken y Willa Cather. T. S. Eliot saludó en Gatsby el primer paso hacia adelante que había dado la novela norteamericana desde Henry James. Y el editor Arnold Gingrich declaró: "Scott Fitzgerald extrae del idioma inglés tonos más hermosos y puros que los de cualquier otro escritor vivo".
Fitzgerald quedó justamente complacido. Antes de cumplir 30 años había sido objeto de la crítica que siempre creyó merecer. Pero también sabía reconocer con acierto y generosidad el mérito ajeno. Poco antes de publicar Gatsby lo presentaron con Ernest Hemingway, entonces desconocido, y escribió a su editor: "Deseo recomendarle a un joven llamado Ernest Hemingway; tiene ante sí un brillante futuro, pues posee auténtico talento". La casa Scribner ofreció al recomendado un contrato y Hemingway inició así su notable carrera.
Decadencia. En 1929 se hizo trizas la irisada burbuja de la buena suerte, tanto para los Estados Unidos como para Fitzgerald. La Bolsa se vino abajo, y la tragedia entró en la vida del novelista cuando Zelda sufrió un colapso nervioso y hubo que internarla en un hospital suizo. (Pasó el resto de su vida entrando en clínicas para enfermos mentales y saliendo de ellas; a la postre murió en el incendio de una de éstas.) Fitzgerald se puso a trabajar como un forzado para mantener a Zelda en los sanatorios y a Scottie en las mejores escuelas norteamericanas, pero se fue endeudando cada vez más.
Adoraba a Scottie y le escribía constantemente cuando estaban separados. En una página preparó una lista de recomendaciones: "Prescinde de la opinión de la gente. No te preocupes por el pasado. No te preocupes por el futuro. No te preocupes por el triunfo. No te preocupes por el fracaso, a menos que sea culpa tuya". Pero mientras daba estos consejos a su hija, su propia vida se enlodaba progresivamente. Fue a I [Hollywood para reverdecer viejos laureles, escribiendo para el cine; pero le indignó la costumbre de los estudios de corregir sus escritos sin ton ni son. "Me humilla ver cómo en una semana me anulan atolondradamente meses de concienzuda labor", escribió en una ocasión. "¿Acaso son infalibles los productores? Yo soy un buen escritor. ¡De veras!"
Scott empezó a perder las esperanzas de que Zelda sanara. "Nuestro amor fue único en un siglo", escribió. "Si ella se repusiera, me sentiría feliz de nuevo". Atormentado por las deudas, la depresión, el alcoholismo y el insomnio, sintetizó su angustia en una frase memorable: "En la noche realmente oscura del alma, siempre son las 3 de la madrugada". Su cuarta novela, Tender Is the Night, publicada en 1934, fue recibida con indiferencia, y finalmente Fitzgerald sufrió también una crisis nerviosa. Refugiado en el hotelucho de una población pequeña de Carolina del Norte, mejoró gradualmente y comenzó a escribir de nuevo. De regreso en Hollywood, trabajó algún tiempo en la película Lo que el viento se llevó, hasta que lo cesaron. Luego lo contrataron para colaborar con el escritor Budd Schulberg en la redacción de un argumento cinematográfico, pero poco después lo despidieron por borracho. "Yo tenía un magnífico talento", le dijo a Schulberg. "Era estupendo saber que aún no desaparecía del todo".
Escribía para las revistas cuentos que él mismo desdeñaba, generalmente sobre un escritor de guiones fracasado (esto era lo que él creía ser), para ganar tiempo mientras escribía otra "gran novela" cuyo título sería The Last Tycoon, inspirada en un productor cinematográfico de gran éxito. No cultivaba ninguna amistad, excepto la de Sheilah Graham, reportera de Hollywood de quien se había enamorado.
El juicio del tiempo. Por entonces Fitzgerald sufrió un ataque cardiaco, y dos de las principales revistas rechazaron los capítulos iniciales del nuevo libro. Pero él siguió escribiendo tenazmente, en la cama, con una tabla sobre las rodillas. "Hago solamente una página al día", confió a Schulberg, "pero es una página buena".
Fitzgerald consiguió dejar la bebida durante más de un año, pero su antes bello rostro estaba ya ceniciento. Un amigo suyo que lo vio entonces recordó las palabras de Robert Louis Stevenson: "Cuantos se proponen de todo corazón hacer una obra buena, la hacen, aunque quizá mueran antes de firmarla". Cuatro días antes de la Navidad de 1940 la muerte frustró sus esperanzas de terminar la novela. Tenía sólo 44 años.
No obstante todas sus vicisitudes, Fitzgerald es hoy reconocido como uno de los más grandes escritores de su país. Se le deben 160 cuentos, entre ellos algunos de los mejores de la literatura estadounidense, y terminó cuatro novelas. Cuando The Last Tycoon se publicó inconclusa después de su muerte, el poeta Stephen Vincent Benét escribió: "Ahora pueden quitarse ustedes el sombrero, señores, y creo que deben hacerlo. La de Fitzgerald no es una leyenda: es una reputación, y bien podría ser una de las reputaciones más sólidas de nuestro tiempo".
Scott había escrito en The Great Gatsby: "Después de la muerte de Gatsby, la costa oriental de los Estados Unidos me obsesionaba". Y a esta cualidad obsesionante de su vida, tanto como a su bien cimentada fama, parece obedecer la creciente atracción que Fitzgerald ejerce en la imaginación de tantos lectores. Admiramos su valiente espíritu que, aferrado a su ideal de excelencia, luchó sin cesar contra la adversidad.


VIAJE SIN RETORNO

VIAJE SIN RETORNO

La ignorada aldea de Taransay se extiende en la áspera y desolada ribera de las Hébridas Exteriores. Los escasos forasteros que la visitan recuerdan el acre olor a humo de turba en las colinas barridas por el viento; el gusto de su cerveza oscura y el parloteo sibilante de la lengua gaélica de los pastores y pescadores en los largos atardeceres, bajo los techos humosos de la taberna “La copita de Crofter”.
Objetos extraños tallados delicadamente en hueso banco, cuelgan de las vigas del techo o llenan los estantes: narvales, morsas, osos polares que desafían a hombres, y una manada de lobos árticos suspendidos en terrífica inmovilidad sobre un caribú masacrado. Existe en estas tallas una extraña habilidad que jamás ha surgido de la imaginación de un pastor isleño, no óbstate haber sido talladas todas en Taransay. Son obra de Malcolm Nakusiak, un viajero fuera de época.


LA ODISEA de este hombre comenzó en la costa oriental de la Jifia de Baffin, cierta mañana de julio de mediados del siglo pasado, cuando las aguas del estrecho Davis estaban fatalmente cubiertas de niebla blanquecina. Los  cazadores se habían reunido en la playa y escuchaban en algún lugar
cercano el ridículo parloteo de las primeras morsas de la estación. La tentación de ir tras ellas era grande, pero el riesgo de una tempestad era mayor.
Pasando por alto la precaución de sus compañeros, Nakusiak decidió enfrentar su fuerza y su suerte a los azares de las misteriosas aguas. Desde la playa, sus amigos vieron desvanecerse su kayak (canoa que usan los esquimales) en la oscuridad, entre los rugientes témpanos. I Nakusiak tuvo gran dificultad para encontrar las morsas pero se negó a regresar. Estaba tan absorto en la cacería que apenas advirtió la fuerza del viento oeste.
ALGUNOS días más tarde, y casi 100 kilómetros al sudeste, el vigía de un ballenero noruego vislumbró algo en un témpano distante a babor. Tomándolo por un oso polar, gritó que se cambiara el curso. El barco viró entre el hielo hacia lo que resultó ser un hombre desplomado en la cresta de un arrecife.
El inerte cuerpo de Nakusiak y los restos de su destrozado kayak  fueron trasladados al barco; después de una comida caliente, el esquimal comenzó a reponerse. Nakusiak, que nunca antes había visto hombres blancos, se sintió intranquilo desde el principio; y se perturbó todavía más cuando notó que el ballenero avanzaba resueltamente hacia el sudeste, lejos de su hogar. Cuando el buque entró a mar abierto, se desesperó y se puso a reparar su canoa, pero con tal vehemencia, que se la quitaron y amarraron a la escotilla posterior. Los balleneros actuaron así por evitar que pereciera al embarcarse en la anchura del océano en un navío tan diminuto.
El buque se encontraba al sudeste de las islas Feroe cuando lo golpeó un ventarrón del oeste. Era un barco sólido y hubiera resistido la tormenta de no haberse soltado los obenques del palo mayor. Se partieron con un gruñido y al instante, el mástil chasqueó como un hueso y se desplomó por sotavento. Trabado por un laberinto de cuerdas, el mástil destrozado hizo las veces de ancla, y la embarcación giró sobre sí misma, guiñó y, después, dio medio tumbo.
No hubo tiempo de botar las lanchas. Apenas alcanzó Nakusiak a soltar su kayak y a colarse en la parte baja de popa antes de que una ola gigantesca reventara sobre cubierta y desapareciera todo bajo el agua.
Empapados, Nakusiak y su canoa quedaron un momento sobre el lomo de una montaña de agua. El esquimal contuvo la respiración mientras se resbalaba por una pendiente tan empinada que le pareció lo llevaría a las entrañas mismas del océano. Había amarrado con tal firmeza sus ropajes, hechos de piel de foca, a la brazola del kayak y alrededor de su cintura, que hacía imposible la entrada del agua. Hombre y kayak eran un todo indivisible. El pecio ártico, con su corazón humano, fue llevado tanto tiempo por el viento del sudeste, que los ojos de Nakusiak se empañaron hasta la ceguera. Sus músculos crujieron y se enroscaron en agonía y, después, tan brutalmente como había comenzado, el trance llegó a su fin. Una poderosa cresta levantó la canoa en sus dedos y la arrojó contra la playa. Medio aturdido, el esquimal se arrastró trabajosamente hasta la arena.
Horas después lo despertaron los chillidos de las gaviotas. Su vista había mejorado, pero en ninguna parte de la espesa superficie marina se veía la familiar reverberación del hielo. Bandadas de pájaros marinos volaban, amenazadores sobre él. Allá arriba, en la costa, su mirada descansó en algo conocido. Seguramente, pensó, esas manchas blancas en las verdes altas son montones aislados de nieve. Se quedó observándolas basta que el miedo destrozó la ilusión. ¡Las cosas blancas se movían! ¡Vivían! Nakusiak huyó playa arriba y se refugió en una cueva. El  corazón le latía con fuerza. Sólo conocía una bestia blanca de aquel tamaño—el lobo ártico—  y se negaba a creer que existieran lobos en esas cantidades.
Durante dos días apenas si se atrevió a dejar la cueva. Para el tercero tenía dos necesidades urgentes: un arma y comida. Encontró un pedazo de madera de un metro de largo y en cuestión de minutos ató a la punta su cuchillo. Aquella lanza rústica le infundió valor.
En la mañana del cuarto día, después de un largo y arduo ascenso, alcanzó el borde de un acantilado de roca rojiza, y allí, en el mullido césped, se dejó rodar,  jadeante. Pero su fatiga desapareció cuando vio a unos cien pasos un grupo enorme de las misteriosas criaturas blancas. Nakusiak apretó su lanza.
El rebaño se acercó calmosamente; lo encabezaba un gran carnero de cuernos negros y en espiral. En algún momento balaron las ovejas, y Nakusiak, que había llegado a su límite, las acometió con ímpetu y gritería. Sorprendida, la manada se desperdigó y el esquimal quedó solo, tembloroso y estupefacto, mirando un par de animales muertos. Que eran seres humanos mortales y no espíritus, ya no podía dudarlo. Loco de alivio echó a reír y pronto llenaba su hambriento estómago con carne roja.
En lo alto de un cañón, 500 metros tierra adentro, la experimenta mirada pastoril de Angus Macrimmon captó un desacostumbro movimiento  de la manada. Las ovejas, observó, convergían en una informe figura situada al borde de un peñasco. Antes de que pudiera ponerse en pie, la rechoncha figura aquella se lanzó gritando sobre la nada. El pastor vio el blanco vellón pintarse de rojo, y al asesino abrir una de las ovejas muertas y alimentarse con la carne cruda. Maldiciéndose por haber dejado su perro en casa, corrió por ayuda. Una docena de aldeanos pronto estuvieron reunidos, dos de ellos llevando escopetas de carga silenciosa, y otro más armado con un mosquete de cañón largo.
Estaba el día por morir cuando se pusieron en marcha a través de las praderas. Desde lejos vieron las manchas blancas de las ovejas muertas. Avanzaron cautelosamente hasta que uno señaló con el brazo la cosa velluda que se inclinaba sobre una de las ovejas. Entonces azuzaron los perros.
Nakusiak había estado tan ocupado rebanando carne que no advirtió a los pastores hasta que el frenético aullido de los perros lo hizo levantar la mirada. Ya estaban sobre él. El cabecilla, un espigado collie café con negro, dio una vuelta alrededor de esa figura de rara vestimenta y olor desconocido  que estaba allí con las manos teñidas de sangre. Nakusiak  reaccionó  con un balanceo a dos manos  de la empuñadura de la lanza, golpeando  a la bestia tan fuertemente al lado de la cabeza, que le rompió el cuello. Los perros restantes se acercaron de nuevo  y Nakusiak retrocedió hasta el borde del farallón. Alzando el rostro hacia los pastores  gritó en su idioma: “¡No soy peligroso!”
Como respuesta recibió el disparo de mosquete. La bala lo hirió en el hombro izquierdo y la fuerza del impacto lo hizo girar en redondo. Hubo un grito de los pastores y todos se adelantaron mientras Nakusiak tropezaba sobre el borde del escarpado. Arañando frenéticamente con la mano derecha, se las arregló para adherirse a la empinada cuesta y resbalar un par de metros, pasada una pequeña saliente hasta  tenderse, tembloroso y extenuado, en una pequeña fisura en la pared de la roca.
Incapaces de ver algo que no fuese el resplandor de las olas en la angosta playa y el aleteo de las gaviotas espantadas de sus nidos,  los pastores llamaron a sus perros e iniciaron el regreso a casa a través las praderas oscurecidas. Cualquiera que fuese la identidad del asesino de ovejas, sabían en su interior que era un ser humano y esta certidumbre no les resultaba fácil de sobrellevar. Macrimmon expresó lo que todos sentían cuando interrogado sobre el suceso por  su esposa e hijas: “Lo hecho, hecho está. No tiene caso decir al mundo todo lo que puede encontrarse en estas praderas, pues no lo creería. Mejor es dejar que se olvide”.
SIN EMBARGO, Macrimmon no podía olvidar. Obsesionado por el recuerdo de esa extraña voz, regresó tres días después al farallón y con cuidado descendió por el borde. Su perro lloriqueó tristemente y no se  atrevió  a proseguir cuando su amo desapareció de vista.
La marea estaba bajando y los guijarros húmedos de la playa brillaban muy por debajo. Pasaba cerca de nido tardío de un alcatraz. El enorme pájaro se echó a volar y con un ala golpeó el rostro de Macrimmon, quien por instinto levantó una mano para defenderse. En ese instante, la pizarra sobre la  que apoyaba los pies se desmoronó y lo hizo caer.
En la punta del farallón el perro presintió la tragedia y empezó a aullar.
Su aullido despertó a Nakusiak de un sueño de fiebre en la pequeña cueva que había sido su primer refugio donde descansaba en espera de que su cuerpo sanara. Con la mano sana asió la única arma que le quedaba, un trozo de roca llena de percebe. La levantó y la tuvo suspendida mientras el traqueteo  el traqueteo de las  piedras que caían se mezclaba con un lamento humano. Se arrastró al  exterior. Sobre un montón de madera un hombre rezumaba sangre por la cabeza. En un instante Nakusiak estuvo de pie sobre el enemigo, con el trozo de roca en lo alto: la muerte se cernía sobre  Angus Macrimmon, y sólo un milagro podría detenerla. Y sucedió un milagro, el milagro de la compasión.
Nakusiak   bajó   lentamente el brazo. Temblaba.   Después, con el brazo sano, sujetó a su enemigo y lo arrastró trabajosamente hacia el amparo de la cueva.
A LA mañana siguiente, una partida de rescate encontró al perro al borde del acantilado y adivinó lo sucedido. Sin embargo, los buscadores sólo habían imaginado una parte. Una delgada espiral de humo los llevó a la cueva. Cuando consiguieron mirar temerosamente hacia el interior de la estrecha hendidura, listos los rifles, sus rostros mostraron tan azorada incredulidad que Macrimmon no pudo menos de sonreír.
“No se asusten, muchachos”, los tranquilizó desde el colchón de algas marinas donde yacía. “No hay nadie aquí más que nosotros, hombres salvajes, y no nos los vamos a comer”.
En el interior de la cueva ardía una pequeña fogata encendida por Nakusiak con el pedernal y el acero de Macrimmon. La cabeza del pastor estaba vendada con tiras de su propia camisa, pero su espalda, dolorida por las costillas rotas, había sido cubierta con el abrigo de pieles que no hacía mucho cubría la espalda del ladrón de ovejas. Nakusiak, desnudo hasta la cintura, abrazaba su hombro herido con el brazo sano.
Nervioso, el esquimal miraba, ya el rostro sonriente de Macrimmon, ya al grupo de cabezas apretadas a la entrada de la cueva; después, también él comenzó a sonreír. Era el inexpresable gesto de alivio de quien, perdido en el terrible vacío, ha regresado a la tierra de los hombres.
EL ESQUIMAL y Macrimmon yacieron en camas contiguas en la cabaña del pastor hasta que sanaron las heridas. La esposa e hijas de este dieron al forastero cuidado y ternuras mientras él las entretenía con canciones en su idioma. Semanas después ya era tratado con afecto por todos y cada uno de los pastores.
Nakusiak pronto se ajustó a la forma de vida de los isleños. Tres unos después se casó con la hija mayor de Macrimmon y formó su propia familia con el nombre cristiano de Malcolm. Durante los largos  atardeceres del invierno se unía a los otros hombres en la taberna  “La copita de Crofter” y, allí, sentado ante el hogar, tallaba sus pequeñas y maravillosas esculturas como queriendo describir a sus compañeros la vida de la lejana tierra de los inuit. Mucho antes de morir, a fines de siglo, y de ser enterrado en el panteón de la aldea, se había convertido en uno de los habitantes de Taransay y su recuerdo aún vive entre la gente.
Una tarde de verano, en nuestros días, un muchacho, bisnieto de Nakusiak, se arrodilló para leer el epitafio escrito por un sacerdote amigo del esquimal y esculpido en una de las dos piedras gemelas que sellan las tumbas donde yacen Malcolm y su esposa. Había orgullo en el rostro del joven cuando leyó en voz alta:
Lejos del mar, de tierras
ignoradas,
llegó este forastero
e hizo su morada.
Fue en Taransay amado:
entendió con piedad que hay que responder al
mal con bondad.