(A Harper Lee y Gregory Peck in memoriam)
Un domingo cualquiera por la
tarde; todo el mundo se había retirado después del consabido gran almuerzo
familiar de los domingos.
En el antiguo sillón de cáñamo
tejido sobre troncos de acacia, abuelo era un monarca.
En realidad era el monarca.
En aquellos tiempos el jefe de
familia, eran los abuelos. Quienquiera podía tomar sus decisiones, pero lo
verdaderamente serio, lo que afectaría
la vida de uno, eso era tema de los abuelos; hijos, matrimonio, nietos,
bisnietos, todos; concordábamos con ese arreglo judicial inquebrantable. En
realidad hasta se daba gracias por ello, aunque no se lo manifestase en lo
exterior. Si alguien, yerno, nuera, hermanos menores tuviéramos un desacuerdo,
aparecían los abuelos de la otra parte y con los nuestros se encerraban en la
gran biblioteca, solos, para convocar al final a los implicados en el dilema.
Tras una hora giraban ambas hojas de la puerta maciza y entre olor a ginebra,
café, bollitos de anís todo había sido resuelto no por dos sino cuatro, o a
veces tres abuelos. Posiblemente alguna de las caras más jóvenes saliese
haciendo “pucheros” en descuerdo, pero
todo se aceptaba al fin.
Reinaba esa sensación de acuerdo,
conveniencia y… ¿qué le vamos a hacer?
Con Haroldo, mi primo y yo,
apenas disentíamos en dos cosas con ese estatuto.
¿Él?
Se ajustaba de mala gana a las directrices
sobre la escuela, qué estudiar,
cómo, cuándo y especialmente cuánto; en
realidad su discrepancia con abuelo era… estudiar. Nutrias, zorros, mirlos y
las percas del pantanal tan cercano ejercían sobre aquel fornido púber de doce,
genio en hondas o anzuelos, una fascinación mayor que la arrugada maestra Laner
y sus veinte tomos de “Tesoro de la Juventud”.
¿Yo?
La vida es un sueño almibarado a
los cinco años. En aquel tiempo no se iba a la escuela a los cinco. Si mis otros primos y mis dos hermanos
ansiaban tanto comenzar la escuela ¿por qué a tres meses buscaban cómo zafarse
de ella? Tiempo. Me llegaría el entendimiento; hasta quizás utilizare las
mismas armas, pero con abuelo todo era inútil; la escuela, no era materia
negociable.
Mi única discrepancia con abuelo
Honorat por entonces consistía en su autoridad para decidir a dónde iríamos o
quien vendría para esas ridículas fiestas de fin de año. A veces daba miedo
tantos extraños relatando sucesos
igualmente extraños, acerca de otra gente también extraña, a su vez cosecha de
la existencia de otros más, más extraños
aún. Tías al por mayor, enormes ojos abiertos, una mano rozando esta
mejilla, y la otra inflada de tortitas de crema pastelera… ¡oohh! Y después de
un semestre la misma pregunta en los almuerzos:
-¿Recuerdan lo dicho por tío Eleuterio
sobre beneficios de ser Perito Mercantil?
-¿Les agradó el regalito de la
prima mayorcita, la que estudia en
Academias Pitman?
Yo desconocía o digamos que ni me importaba,
si Eleuterio era aquel tipo alto, el flaco con bigotes de guardabarros del Ford
A del abuelo, o aquel vestido día y noche de britches ingleses, siempre con esa
fustita a mano para sacudírnosla en el trasero de cualquiera de nosotros cuando
le venía en ganas o aquel, el del apestoso toscano humeándonos la cara o ¿sería
el gordo, verdugo de sillones que derramaba el licor de café al huevo sobre esa
camisa a punto de reventar por los ojales con cada carcajada?
La prima del regalito ¿era
Mauricia Filomena una de las veinte mojigatas que chillaban cuando Haroldo o
Hernando veloces y ladinos sin dejar tiempo ni rastros, le levantaban algo esos
pollerones? O ¿era Josefa Emeteria que cuando la señora de la capelina color amaranto,
que ni para dormir se la quitaría, ni en las oraciones contra la mirada severa
de abuelo Honorat, le insitía en destripar el Steiner - Nena... por qué no
ejecutas-¿por qué no decía “tocas” como todos?- para que escuche la familia el
vals del minuto de Shhopán...”- el Chopin polaco sin Shhh y la i no una a perdida entre las amígdalas detrás de los
dientes manchados de rouge y crema moca... entonces la incauta Josefa Emeteria
mirando a los leones, nosotritos, aterrada simula una sonrisa, inclina la cabeza
ante el público, mano izquierda arrugando un lado del vestido similar a la
madera terciada de mi roperito, ensortija con la derecha el largo rulo contra
el seno... -No es verdadero- Rolando, experimentado primo de quince dictamina
sobre la oreja del más cercano y ese al siguiente, rodando el designio hasta
llegar al último de la extensa primera fila, yo, el más bajito del zoológico-se
ponen cartones sobre las tetas.-No, no son cartones tonto- retruca Ignacio su
gemelo- son como esas porquerías que los sastres les ponen en los hombros del
saco de papá. -Vi a tía Eufrasia sacando dos de un levitón raído para
colocarlas adelante en un vestido que les cocían a Prímula Esmeralda- murmuró
Isidro el espión más descarado y Prímula Esmeralda su hermana de catorce
vengándose con un pisotón con esos taquitos cuadrados espantosos. -Ya me las
vas a pagar-le dice al oído - Para mi son cartones-insiste Rolando.
- Silencio nenes -suplica
enternecida una cándida abuela.
- No son cartones, se llama cola
de pescado- insiste Rolando cuando el papá de Josefa Emeteria, tío Hermelindo
-¿hermano de quien era ese?- sin que se le moviera el monóculo, elevaba en
giros la butaca, ella el vestido casi rozando el piso como estilaban las
concertistas en el teatro iniciaba desnutrido vals del minuto, para terminarlo
más o menos en dos más tarde, mientras varios tíos estaban semidormidos
eructando excesivo licor dulce.
Nosotritos, las bestias feroces,
jurando para el año próximo correr el piano hasta el final de la tarima así una
pata queda en el aire y se inclina para...
- Silencio, chicos, silencio,
escuchen qué lindo- ordenaba alguna tía cualquiera, elevando entre sus flacos
dedos la boquilla con el Chesterfield
humeante-ahora era el minué de Paderevski.
-Sí la pata del piano, la de
atrás de la izquierda-Ignace Jan Paderevski-corregía la de la capelina color
amaranto que…-No la de la derecha, estúpido.- Sí, en ese punto, porque siempre
toca lo mismo, en ese punto viste cuando medio que se para sí hacia arriba, hacia adelante ¿viste?--Sí,
cuando aporrea las ultimas teclas de abajo como la loca Oyarte cuando desarma a
palos la alfombra en la vereda…-tías o nueras atosigadas de dulces, algunos
chiquillos mojados encima porque no se les deja mover- en ese punto debe ser
¿escuchaste?
-Chicos silencio.-Sí, cuando
terevienta los oídos?-Entonces por todo el peso del cuerpo de ella el piano…-Si
es más flaca que
- Chicos, por favor...- nuestras hermanas adivinas de lo que tramamos
para el año próximo, nos miran
conmovidas por tanto valor e ingenio...
-El piano “puffff” se cae.-¡No! se va a hacer pedazos, y el abuelo
Honorat va saber que nosotros -Bobo, no se va a caer de espaldas el piano-dice
Fermín tras sus anteojos del primer año bachiller-¿No ves que es bajita la
tarima? El piano va a quedar recostado contra la pared...-Aahhhh- y se veía rostros apaciguados en la
muchedumbre menor por lo que pudiera suceder mientras abuelo Honorat sin
escuchar entendía todo aquello que tramábamos.
-Miren que carita de
embelezados... tan chiquititos y ya entienden la música clásica-exclamó la del
Chester.
-Niños, les gustó, ¿verdad?- y la
tía de capelina color amaranto me besó sin poder zafarme de esa gorda porque
estás en esa etapa intermedia cuando les es posible todo, levantarte,
abrazarte, besarte y lo que quieran hacer contigo dado que no vas a la escuela,
te suponen todavía bebé y yo que era tan liviano...
Lo único lindo, bello, de esas
fiestas era esto: nosotritos. Más unidos
contra los pesados e insoportables invasores, cosechábamos en el sendero de
esos inocentes encuentros suficiente arsenal para chantaje, revanchas futuras
por si primos o hermanas te pillaran en algo digno de ser comentado a los
abuelos.
La luz solemne entró por la gran
ventana; se me ocurrió estar en una de esas películas cuando tío Gerard,
aviador, hermano menor de mamá, nos llevaba los domingos a la matinée del cine
Gran Rex, en la villa, hasta que se fue a la guerra.
El gran diario ocultaba al
abuelo. Yo sabía leer algo, en realidad me gustaba mucho. Grandes palabras,
tinta negra. Sentado en la alfombra grité en saltitos:
¿SE A-PRO-XI-MA EL FIN DE LA
GUE-RRA?
A-VAN-CE DE A-LIA-DOS SO-BRE
BER-LÍN
Abuelo bajó el diario, su mirada,
alejada de las tormentas tras sus quevedos me descubrió. Dejando el matutino en
la mesita, me alzó, me condujo en alto hacia la ventana. ¡Cuánto amaba yo esos
momentos! ¿Cómo podría alguna vez explicármelo a mí mismo? Un hombre tan recio,
irreprochable, un ser con tanto poder
para tomar decisiones a veces muy severas hasta para con sus hijos
mayores, aquí me tenía apretujado contra sí en el ventanal en aquel rincón
perdido del mundo, rincón para mi comprensión que era el ombligo de todo lo
bueno imaginable.
¿Sabes qué es la guerra?
-Sí, nono, como en el cine.
-¿Cómo que en el cine?
-Cuando los malos se meten en tu
granja… ¿mueren porque los buenos los matan?
-Hummmm... tu tío Gerard y el
cine-abuelo Honorat se detuvo observando un rato el saltito de los pájaros sobre el cable de la Bell Company- no es tan
así. En las guerras por lo general la mayoría que muere son los buenos.
- ¿Por qué? Si en la película
- Las guerras del cine no son
guerras…. son historias inventadas.
-¿Qué es historia, nono?
-Historia son las cosas que
pasaron, fileteadas como las jardineras con mucha palabrería y peor, demasiadas
mentiras.
-Pero esta la del diario se termina
¿nocierto?... no va a haber más como terminan en el cine¿nocierto?...
- Llegará un tiempo en que no
habrá más guerras.
-¿Cuando abuelo?
- Cuando se quiten las divisiones
limitan con fronteras... que esto es nuestro, que eso también y lo de más
lejos... Algún día Dios quitará eso, querido Diego.
- ¿Quién es Dios, abuelo?
-Bueno… un señor
-¡El de la iglesia!
- Ese también es otra mentira. El
que te digo, sí es más viejo que yo pero mucho más valiente.
-Pero tú eres muy valiente-
-¡Màs que Él… no. Sólo él podrá
terminar las guerras.
-¿Cuándo nono?
- Cuando esto pase, tú lo verás.
Me colocó en el haz oblicuo de luz. Me observó con detenimiento
por algún tiempo; yo no le evadía la mirada como mis primos. Y eso le gustaba;
pensó que yo jamás usaría ese gesto esquivo.
Me hallaba desarmado de cariño y
discernía que él también estaba desecho igual en ese instante tan confidencial.
Detrás de mi color de piel, detrás de mis ojos, él observaba a su hija menor,
mamá; cinco años eran insuficientes para olvidar aquella tragedia cuando el
pantanal pareció hincharse sobre los bosques, estirarse sobre la villa,
aislarnos por días... esa noche, cuando no no pudimos movilizarnos fue cuando nací pero ella murió.
-Pascual, Marián, ginebra con
hielo picado-ordenó.
Ese día abuelo Honorat se había
recostado en el sillón y nuevamente desde la alfombra yo leía entrecortadamente
sobre la “inicua” guerra como gustaba llamarla él. ¿Qué era “inicua”?
-¿Qué es Ber-lín, nono,
Nor-man-die... donde están los malos?
- Donde nadie te pregunta quién
eres o qué piensas antes de matarte.
Atraídos por las risitas nos
volvimos hacia Pascual y Marián, mis hermanos mayores. Cada día venía el hielero, nos entregaba un
cuarto o media barra, abuelo lo envolvía en una arpillera antes de colocarlo en
la heladera, pero un cuarto era
suficiente para esa jornada. Contra la luz del otro ventanal mis
hermanos picaban con punzones el gran trozo helado. Fragmentos pequeños
saltaban a pegárseles al cabello o la piel. Y reían, reían. Por un instante, el
sol coronaba de espléndidas perlas el rostro tostado de Marián o jugaba como si
Pascual tuviese un montón de ojitos resplandecientes en su cara.
-¡Mira esos ángeles contigo no
conocerán la guerra! – señaló abuelo.
-¡Qué ángeles ni ángeles! -
exclamó abuela Constance al salir de la cocina y blandiendo su repasador contra
mis hermanos – te vi tomando un traguito de ginebra del vaso de abuelo, Pascual
¡mocoso!
Esquivaron a la abuela entre
sillones, mesas, vitrinas y finalmente mis hermanos cayeron sobre mí, todos
envueltos en una algarabía inesperada aunque ella continuaba con sus amenazas
esgrimiendo su arma blanda en alto aunque, sabíamos, siempre terminaba en
caricias.
-Mocositos, sinvergüenzas –
continuaba amenazante abuela sentada sobre el posa brazos muy juntita al abuelo
que la abrazó por la cintura...
¡El amor de los abuelos, nuestra
ancla! Allí, nosotros tres convulsionados, racimados en risa dos niños y una
niña ¿qué pensaríamos en guerras? El diario yacía aplastado bajo nuestros
cuerpos. Desde su lugar especial el retrato de mamá, pareció unirse en ese
instante de comprensión, por sobre el dolor en que los abuelos se habían
inmolado día a día para que no huyéramos los tres niños por la vida con el
corazón desgarrado en la mirada desde la noche del pantano.
Mientras el sol se entendía con
la tarde estival en los caminos todo era silencio.
Abuela con su crochet. Nosotros
tres sentados en círculo, jugábamos a las damas sin ruido. Cuando abuelo se
apostaba en su sillón, los dedos de ambas manos cruzadas sobre la nuca era
momento de no hacer escombro. Teníamos la convicción individual de que el amor
del abuelo merecía el mayor respeto en esos instantes de pensar, de meditar
quien sabe en qué… ¿en tío Gerard planeando sobre fuego enemigo? De tanto en
tanto esbozaba su mejor sonrisa bajo grises bigotes ¿lo veía evitando los
morteros al completar su trabajo de fotógrafo de guerra? y suspiraba profundo.
¿Era ese momento cuando veía por anticipado el tiempo en que ya no habría más
guerra? ¿Estábamos en su imaginación? Seguramente con tío Gerard éramos su todo
para los abuelos; y cuando el tiempo de la sonrisa se prolongaba más de lo
debido, aprendí a ver que en ella se incluían ellos dos y especialmente mamá.
En tal espejo de paz, el sonido
áspero, el quejido lejano pero perceptible provocó una reacción en abuelo como
si le sacudiera un sismo. Escuchamos un grito agudo, angustia, espanto.
Abuelo sabía de qué se trataba.
Nos abalanzamos hacia el gran
ventanal hacia la calle. Estaba desierta. Los ojos de abuela se agigantaron y
apretujó contra sí a mis hermanos. Algo se movía en el fondo en medio de la
avenida central con sonidos semejantes al primero.
La ventana era demasiado alta
para mí. Escapé hacia la puerta del porche.
Abuelo se percató de la intención, traspuso todo en un salto y cuando
estaba mitad afuera con el sol sobre mi cabeza, me retuvo por el cuello con
toda energía, sin hacerme daño.
-¡No salgas, no se te ocurra...!
– gritó.
Me sentía ahogado, los botones
saltaron. Lo miré aterrado. Fue su mirada más terrible que jamás me
volvería a dar. En ese momento
pensé si, él ¿habría visto la guerra desde la ventana?
Los abuelos hablaron a solas unos
instantes.
El subió al viejo altillo.
Eso era grave.
Sólo una vez en mi breve vida
había hecho eso, según me relataron mis hermanos. Yo era de tres.
Tío Renato no estaba en su casa,
los forajidos habían entrado, y tenían amenazando a tía Clotilde y los niñitos.
El más grande había escapado a contarle al abuelo. Esa fue la última vez que
abuelo había corrido al altillo. Los bandoleros huyeron por donde fuera sin
tiempo a hacer daño cuando el abuelo Honorat, aplastando la puerta de entrada,
les apuntó al activar el viejo fusil.
Abuela junto a la ventana.
-Apúrate, Honorat, apúrate.
Los tres mocosos nos miramos.
Hasta Pascual tenía los ojos desmesuradamente abiertos, nuestra
vista clavada en la escalera del
altillo. En la penumbra lentamente fue anunciada su figura primero por las
botas, luego, el pantalón de corderoy y, en su brazo izquierdo colgaba el viejo
fusil.
Salió a la brisa del ocaso
proveniente del pantano. Abuela cerró con llave para que no saliéramos.
Álamos, y acacias en la avenida
movían sus hojitas titilando como de miedo. Ningún vecino en la calle; con
seguridad, todos estarían tras sus visillos.
El animal venía desde el fondo
aullando ronco, atormentado.
A la distancia distinguí la baba
desbordando sus encías. En la calma vespertina sólo se oía ese quejido
angustioso o las botas de Honorat sobre la grava de la calle mayor.
Arqueado, el animal parecía más
arrastrarse que caminar, pero inevitablemente avanzaba. Un perro salvaje del
pantano con rabia.
Seguramente los gritos escuchados
eran de algún niño solitario mordido por la confianza que inspira el callejón.
-Vamos, Honorat - musitaba
Constance.
-Abuela, abuela -
lloraba mi hermana.
-Dispárale abuelo, antes que se
te acerque demasiado – gritaba Pascual, chusco, al golpear el marco
de la ventana. Yo, tan bajito no
veía nada y en la ansiedad ninguno me comentaba algo.Pensé un instante.
Despacito me fui hacia las habitaciones traseras. Ellos estaban demasiado
confiados en la seguridad de la mansión. Salté por la ventana del último dormitorio.
Me arrastré agachado hacia el final de la empalizada de troncos donde
acostumbraban regresar por un óvalo angosto los perros de la casa. Calculé mal,
el solar del abuelo era muy largo; al ingresar a la calle mayor me encontraba a
unos veinte metros del animal; enfurecido al verme cambió de ángulo en la
dirección de su recorrido.
-Diego, Diego – fue el grito
desesperado de la abuela viéndome a la distancia desde el ventanal. Con total
desesperación abrió la puerta – Uds. no salen, no salen – gritó a mis hermanos,
sin embargo al no cerrar la puerta mis hermanos escaparon tras ella.
Se apretaron al lado del abuelo
quien ya me había visto, pero cuando abuela continuó corriendo hacia donde yo
estaba, él vociferó a todo pulmón:
-¡Consti, Consti! ¡Ni te muevas
un metro más, ni un metro, siquiera! – Abuela se clavó al suelo; lo miró
angustiada; después a mí en esa lucha inexplicable entre sentimientos y cordura
cuando tanto se contradicen en el instante de decisión.
El animal también, indeciso entre
el grupo grande y mi personita, optó por mí cuando comencé a tirarle piedras.
Se vino ladeado, babeando, rugiendo casi sin voz.
-¡Diego a la casa! ¡A la casa! –
rugió abuelo.
-¡Dispárale abuelo, dispárale!
¡No tengas piedad! – insistió Pascual; Marián y abuela lloraban sin moverse;
conocían el sentido en la voz del abuelo, el mismo de la noche del pantano… el
único calmo en la aldea despavorida, aunque inundado de lágrimas de muerte por
la hija perdida.
¿Por qué no disparaba el
abuelo? El rifle era de largo alcance
pero la visión de él limitada por los años.
Ambos, animal y abuelo se fueron
acercando. No obstante el animal salvaje estaba a unos cinco metros de mi y
mucho más lejos de él. Giró hacia mí, mas con la cabeza observaba al abuelo y
gruñía desprovisto de fuerzas y voz sibilante. Me armé de un palo y piedras.
Lo observé.
-¿Estás enfermo?- Sería fatal para mí hacer un paso
adelante- ¿Te vas a morir? Nono dice que los que mueren más son los buenos en
la guerra y estamos en guerra ¿eres bueno?-aulló contra mi cara, la baba
desbordaba su boca- ¿Tienes miedo de morir? Eres joven. Todos nos vamos a
morir, pero yo dentro de mucho, mucho pero vos ahora o mañana-Observé con
lástima al animal. Comprendía la lección del abuelo. El perro habría tenido un
pelaje hermoso, se notaba que era salvaje. Con la panza blanco amarillenta, el
lomo debió haber sido muy peludo, negro, algunas manchas azulejas y rojizas,
mechones negro dorado arrastraban en la cola por el suelo-Sano y joven habrías
sido líder en la manada- ajitó su cabeza y ladró sin voz entre colmillos
descomunales- No son los malos quienes necesariamente mueren en la guerra-
agachó la cabeza y estiró su cabeza hacia mí amenazante. Orejas finas, largas,
con el resto del cuerpo destruido, llagado por luchas recientes o acometidas de
vecinos llenos de miedo.
Abuelo avanzó paso a paso y tras
él los demás.
La condición lastimosa del bruto
me llenó de un espíritu de decaimiento. Abandoné las piedras e irreflexivamente
arrojé el palo; sin darme cuenta bajé mis brazos en desamparo. Nos medimos en
la mirada.
-Abuelo Honorat dice que un día,
cuando yo sea grande no habrá más guerras. Entonces podremos ir al pantano y
jugar con ustedes pero no sé por qué ahora no- retorcido, agobiado, a dos
metros, estirado como queriendo saltar- no tienes fuerzas para atacarme. Cuando
lo intentes abuelo te va a disparar; de veras ¿quieres atacarme? Yo no soy
malo, abuelo tampoco. Y al final todos vamos a morir- le dije y pensé que
quizás estaría despavorido calculando cuanto más daño le podríamos hacer. ¿No
buscan ayuda los animales ante la conciencia de la muerte como nosotros? ¿No
era más pánico que furor lo que corría por sus ojos, su ojos, su baba? La furia
sorda de su bramido ¿no sería más bien súplica?
La mirada llena de furia que no
era suya, engañó mi mente; mi miedo no mayor que el suyo, imaginó que no era
él, sino un diablo por dentro lo maniobraba y demolía inexorablemente. ¿Era la
guerra el diablo de la muerte?
Cuando la cabeza del perro osciló
confusa frente a la mía, abuelo levantó el rifle.
Apuntó.
El salvaje movió su cuerpo
levantando y bajando la cabeza en un desgarrador alarido escupiendo mi rostro
con su baba.
La fastidiada visión del abuelo
no pudo entender ese movimiento.
La cólera en la mirada del perro
pareció congelarse.
Era un ruego sin respuesta.
Fauces abiertas, desbordantes de
baba, consumido, resoplaba, como el viejo tractor ascendiendo la cuesta desde
el pantano hacia el campo de lavanda.
Mi vigilar también se había
congelado.
Ambos no intentábamos hacer nada.
Nuevamente levanté por las dudas
el palo con desgano.
La afonía del animal, la última
posible en respuesta, me desconcertó. Era un gesto vacío agigantado en las
fauces, encías sangrantes frente a mí; trató de erguirse un poco por su parte
trasera, apenas se arrastró unos centímetros hacia mí.
Los pájaros sobre los nidos del
crepúsculo remontaron vuelo convulsivo, descontrolado, cuando la bala chispeó
desde el viejo fusil.
El perro-lobo, casi pudo estar en
mis brazos, cuando desde su llaga escarlata entre las orejas, manchó mi carita
y mi pantalón ya mojado por el miedo o quizás la impotencia. Dio un respingo en
el aire; se aplastó, boca, ojos inertes; las extremidades temblando segundos
más en un manto de muerte roja y rabia blancuzca.
Nosotros a casa. Abuela Constance
rodeando la cintura de abuelo. Marián, sollozando del brazo de ella.
Pascual. Pascual de la mano del
abuelo, cargando el viejo fusil.
¿Yo?
Bueno, yo... sobre el hombro
izquierdo de abuelo Honorat. Me forzó muy enérgico contra su viejo pero
imbatible pecho; mi brazo flaquito rodeó su cuello, nuestras mejillas juntitas.
Percibí todo el amor y la grandeza de ese hombre, mi maestro.
-En las batallas quienes sucumben
son los inocentes, sin merecerlo-me volvió a instruir, casi mordiéndome una
oreja. El silencio después grabó para siempre en mí que en tanto estuviera
abuelo Honorat ya estaría viviendo en un mundo sin guerras.
Giró hacia el veterano animal. Lo
miró. En los ojos de Honorat leí la piedad que suplica la disculpa, el
arrepentimiento, y nos dirigimos a la casa, mientras los vecinos apedrearon,
apaleaban al cuerpo informe. Gritaban los niños, voceaban los mayores, las
mujeres chillaban de alegría. Habían iniciado la hoguera para calcinarlo
después que le Chef de la Gendarmeríe, a quien no se había visto antes, le
sirvió como a un condenado el tiro de gracia, como si la guerra hubiera
terminado.
Tuve ganas de llorar, pero me dio
vergüenza. Abuelo Honorat se dio cuenta. El mudo, breve discurso fue demasiado
claro hasta para un chiquilín de cinco años con los pantalones meados.
Apreté mi carita más hacia la de
él. Me prensó más contra sí diciendo:
-Diego, Diego...- comprendí. Sólo
en el nombre y en al abrazo, encontraba la única manera de estrechar a su inolvidable hija... mamá.
Y mientras el sol se entendía con
la tarde estival en los caminos, los pájaros del ocaso retornaron a su nidal.
Omar A. Dagatti Giuliano –
BARREAL, 15 de mayo 2004

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