domingo, 10 de noviembre de 2013

Voces bajo de la superficie del agua.





Caminan sin disturbio.
En él, una potencia transmitida por el agua próxima y el niño.
Sendero abajo, un vapor disimulando el perfil del horizonte, espesa la oscuridad. Los árboles, un mismo plano, una sola cosa... anochecer fugándose del pincel de Serrano donde sólo ellos sincopan en un movimiento la profundidad del paisaje.
Lo sé.
Yo siempre estoy aquí a esta misma hora.

Antonio arrojó todo al suelo; el pibe, la mochila y se recostó en la hierba a observar  Venus prepotente sin Luna. Desde los juncos la rana le saltó al pecho.
-¡Guacha!-la persiguió el chico hacia la ribera casi en penumbra y cuando se detuvo sobre un tronco, la agarró del lomo- ¡desgraciada!
-Esa boca... ¿qué pasa?
-La cochina me saltó encima – gritó a la rana mostrando la barriga blancuzca del bicho lo más alto que podía.
-¿Y? ¿Qué te hizo? ¿Te meó?
-No, pero,
-¿Entonces? ¿Quién dañarte menos que una rana? ¿Qué entiende ella de tu miedo?  Nosotros somos los intrusos ¿no?  Pero es cierto, allá no había ranas, no las conocías; aquí es como
-¿Qué hago?
- Aquí es la humilde compañera que te acortará las pesadillas de la noche.
- Está bien, pa... la suelto ¿o qué?
-Tu decisión- las patas dieron el envión del adiós, el mocoso con su risa la observó desaparecer entre círculos  sin verlos.
Algo más había terminado.

Antonio daba presión al sol de noche. La luz intensificaba  al muchacho quien de rodillas la cambiaba de marrón a un blanco frío. Surgían otras llamitas, pero el chiquillo desde la manivela del Brametal hacía crecer y desaparecer la atmósfera cercana, en diapositivas más contrastadas tras cada giro.
-¿Listo?
El niño fascinado, afirmó en un gesto sin palabras.
El pescador de pie, cara en lo oscuro, tiradores cruzados en la espalda desnuda, había rejuvenecido quince  años en los últimos dos. Observaba con nostalgia, el bajorrelieve formado contra la arboleda por los ojos azules, el cabello rubio del muchacho.
- Es igualito... - murmuró
-¿Ah?
-¡Vamos, vamos a buscar las mojarritas, che, vamos!- cargó el farol, el pibe se le colgó de los tiradores hasta un descanso del río donde ingresa al lago porque temprano habían dejado la trampa, ahora llena, junto a los melones que nadie robó.
-¡Mirá! ¡Cuantas, Tonio! ¡Cuantas! ¡Las llevemos todas!
-¿Para qué?, el pique es pobre estos días, acordate.
-Llevemos cien...
-¡Tantas!  No, Sacha, la mitad...
-¿Tan pocas, pa?
- No sé, con eso basta. Vaciemos la trampa; es un espectáculo - mojarritas dispararon sus flechazos en cualquier dirección hacia la segura libertad del agua; momentos después regresaban al cono iluminado, sabiendo que ya nada las ataba - con unas pocas alcanzará.
-¿Sabés una cosa, pa?
-¿Cual?
- Hoy viniste algo negativo. ¿Por qué?
Sacudió silenciosamente la cabellera del niño como única respuesta.
Voces llamaban debajo del agua.
Empujó el bote. Saltaron. En manos inexplicablemente blancas para un pescador  los remos hendieron la temprana niebla, esfumando la orilla vegetal donde el réquiem de ranas rubricó el fin de otro día a sus espaldas.

Alcanzo a ver la luz del farol, una cúpula azulina cada segundo más pequeña. El agua, perezosa o movediza a juzgar por el vaivén de la lámpara, el agua... él no resistiría el llamado de esos nombres bajo la superficie.

Levantó los remos introduciéndolos en la lancha. No quiso utilizar el motor para evitar el ruido que espantaría a los peces.
- Tené cuidado, no te vas a caer, ¿eh?
-¡Qué me voy a caer, Tonio! ¡Qué me voy a caer!-contestó el chico. Encaramado sobre el filo de la proa, se recostaba  contra el mástil rústico hecho por Antonio  para colgar el farol que el cuerpo del niño cubría,  en tanto él en la popa adormecida preparó aparejos y carnada.
¿-¿Dónde pusiste los cebos?
-En la lata roja, pa-el chico se había ya acostumbrado a decirle "pa" tan fácilmente y al pescador no le llamaba la atención tanto como al principio.
Una brisa algo brusca y caliente. El bote amplio con dos asientos, oscilaba en un estrecho  canal prolongado cien metros por una larga derivación de la orilla.
-Mirá Tonio, se vino un montón aquí abajo-en el haz más intenso de luz  rebotaban  los peces. Vinieron, giraron, regresaron y partieron nuevamente sin acercarse demasiado a la superficie.
-¿Grandes?
-Mas o menos pa, hay muchos, mirá que grande ese... -extendió el chico el brazo hacia la inmensidad.  Antonio observó al pibe: el farol oculto, el revolotear del pelo en la brisa, el cuerpecito limitado prolijamente por una línea de plata, el brazo extendido hacia adelante. Imaginó que el niño era su mascarón de proa, su protección, un poder sublime e imposible de describir, como el amor, indicando su ademán pequeño no un pez sino la ruta, la orden de avanzar, avanzar, no importa lo ténebre que el entorno pareciera.  Como los mascarones de proa romanos, tatuado en su frente leyó “INOCENCIA” hundiéndose en el camino de los monstruos insalubres de su propio intelecto. Fulgurante, un mascarón derrotando la existencia añeja de Antonio.
-¡Bueno, bueno!-se despabiló-vamos a pescar que enero acorta la noche.
El chico saltó hacia el centro del bote; alistó su pequeña caña roja de fibra. En cuclillas ambos se encontraron de golpe en una mirada silenciosa y cómplice. En el pibe, ansiedad expectante, en él la nostalgia añosa, el hastío que aquel niño había comenzado a triturar.
-Sos igualito...
-¿Qué, pa? Siempre decís lo mismo, siempre  ¿eh?
-¡Al pique! ¡Al pique, mocosito! y lo levantó con suavidad de la nuca.

¡Qué espectáculo aquellos dos hombres! No son de títeres en pose o bailarines. Ni los mismos gestos cuando Antonio corre tras la pelota o Sacha lo embolsa en el arco, ni los mismos brazos que festejan los triples de Atenas. No son ademanes rudos, grotescos. Ni los del drama o los comediantes creados por Antonio... son elipses doradas que ambos despiertan en el pizarrón de la noche, un trazo rojo, un perfil liberados por gaviotas en el vuelo... Sí sus gestos, sus gestos perfectos, gestos de pescador.

Las horas se achicaron, la canasta también.
- ¡Maldito! me  robaron la carnada un montón de veces...
- Estás arrojando muy chicas y muy cerca. Más lejos...
- Pero si están aquí abajo, donde hay más luz, pa.
- Por eso, pero lo mejor está algo más lejos, arrojá más lejos, carnada viva, mojarras, o los cangrejos van mejor aquí- instruía Antonio en tanto la tanza por sobre la cabeza del niño terminaba su silbido sobre la matriz del agua, la maestría en un signo de altivez que el sedal abría y cerraba a contraluz, hasta escucharse el distante ¡ploc! y entonces lucha a muerte.
El sonido menor del agua contra la lancha, el susurro del ril, la vista clavada en los inquietos flotadores de flúor amarillo, anaranjado, fucsia. Antonio vigila varias cañas, el muchachito, la suya. Le prometió un número mayor,  treinta metros de tanza en el carretel si pesca bien esta noche. El rielar de la luz, denuncia la única existencia humana: dos artistas en un silencio mayor imantados por la audacia y la modesta esperancita de un niño.
-¡Picó, pa, picó!-vociferó el pibe.
-No le aflojés ni te apurés, firme, pero suave, traelo.
-¡No puedo pa! Es muy grande, ¡ayudame!- Sacha tenía  el pecho contra el mástil donde ni sintió el farol quemándole la piel.
-Estirate para atrás, firme de cintura para arriba, balanceándote despacio. Dale tanza lento...recogé, aflojá hasta que se canse... así, así
-El que se va a cansar primero soy yo, No puedo pa, es muy pesado ¡ayudame!
-Aflojá despacito otro poco y rebobiná, dale-
-Es que me lleva Tonio-el tono del niño hizo que el pescador pegara un salto sobre los asientos, sabiendo la gravedad de eso para un mocoso de ocho años. Arrodillado, desde atrás aferró a Sacha que ya cedía.
-Sacalo vos, Tonio, no puedo y se va a escapar-insistía casi llorando.
-No, es tuyo, es tuyo... si no se escapó al primer tirón…dejalo que se vaya hacia la derecha... eso. Engañalo... que crea que está suelto. Rebobiná evitando el sacudón brusco. Sostenelo así.
-No puedo maniobrar la caña y el ril juntos, no tengo fuerza, pa, ¡por favor!
-¡Basta! Es tuyo, coraje, hay que tener…-  no alcanzó a terminar la frase cuando el cuerpo de ambos se estiró hacia atrás mirando arriba. Una extraña imagen se curvó en el aire, acerada, reluciente. Como un vigoroso pájaro, durante unos segundos anuló la tensión en el sedal, en la caña, en los músculos, en el bote. Entonces el  estruendo estalló en la superficie, obligando al cuerpo de los pescadores inclinarse hacia el agua, en tanto las gotas chirriaron al chamuscarse contra el farol bamboleante.
- Cuando te diga comenzá a rebobinar una vuelta por segundo en etapas de cuatro, yo cuento y vas enderezando el cuerpo y la caña hacia atrás... ¿Listo? ¡Ya!. Uno... dos... tres. cuatro....uno....dos....

Estos árboles detrás recuperan aquellas voces en la humedad, voces  que dicta un reloj de artificio en una barca,  ritmo perpetuo, antiquísimo semejante al nacimiento del mar... ritmo exacto de ecos y vapores,  el mismo que  desliza a Venus hacia la otra orilla para iluminar a la multitud silenciosa bajo la superficie.

-Bien, Bien... ahora rebobiná, más fuerza, yo te ayudo. ¡Ya! Un... dos... un. dos....estirate para atrás, vamos, yo te sostengo y afirmá la caña contra  mis costillas atrás tuyo- Antonio rodilla en el suelo, su brazo por debajo del brazo del chico lo aferraba hasta el hombro izquierdo. Sentía la fibra  que entezaba el cuerpo del pibe apoyando confiado su espalda en el tórax del hombre-ahora dejalo que vaya un poco hacia la izquierda lejos de la luz -el chiquillo seguía su ritmo de un... dos... con el ril- ¿Tenés bien firme la caña, sentís que lo dominás ahora?
-Sí, pa, si pa... pero cuesta mucho.
-No te apichonés, que ya no tiene ni fuerzas ni espacio casi para moverse. Se siente atrapado. Cuando te diga, con toda, rebobiná lo más forzudo  y regular que puedas... - el pibe vibró con seguridad de tanza. El pez ya no lo manejaba a él, solamente ejercía fuerte presión en sentido contrario al bote- ¡Ahoooraaaa!
- Lo tengo, lo tengo, pa, lo tengooooooo!!!
- Cuidado con el cambio de presión al sacarlo al aire. Va a colear para todos lados con más fuerza que debajo de la superficie. No va a dejar de luchar por su libertad hasta morirse y puede hacerte perder el equilibrio y sacarte la caña.
-Ahí está. ¿Lo sacamos pa?-Antonio comprendió que en la preguntita el niño ponía  todo su anhelo, todo el final de la tragedia, toda su esperanza en una caña nueva. No podía fallar. El blanco protector de proa, el pibe, se refugiaba en él: Antonio -¿Lo saco paaaaaa?-gritó impaciente el chico.
-Cuando te diga- Sacha era muy pequeño para ese pez y un sacudón le haría trastabillar y caer al lago, porque el mocoso no iba a soltar su caña - cuando te diga aferrate a la caña, la caña, tus brazos y piernas son una sola cosa que no se pueden separar. Frená el ril de golpe y  en el mismo acto, pegamos el empujón hacia arriba, apoyate bien, con las piernas más separadas-el pibe las extendió más, y Antonio pasó su otro brazo aferrando la caña que le lastimaba el pecho - Listo... ¡ya!
El pibe se arqueó totalmente hacia atrás como una cascabel para el ataque, elevando con rudeza desconocida la caña y  Antonio sintió en sí como el cuerpo del pibe sufría hacia un lado y otro, hacia arriba y hacia abajo los sacudones del pez en el aire, pero su hijo no cedía...
-Girá el cuerpo para la derecha y tiralo sobre el piso del bote, pero no aflojés ni el ril ni la caña.- forzó el cuerpo del chico hacia esa dirección. Sacha trastabilló sobre un asiento sin despegarse de la caña ahora atrapada entre sus piernas mientras el pez descargó sus últimos furores contra la cubierta una y otra vez; disminuiría hasta quedar vencido.
El hombre se estiró sobre la chapa del piso apoyando la espalda en el borde del bote y el pibe se derrumbó sobre la pierna y el pecho del padre sin soltar la caña entonces libre de tensiones. El padre lo abrasó, transpirados completamente, besó la sien y le susurró:
-¡Bravo, hijo! Bienvenido al club de los aficionados a la carnada viva- El jadeo del niño iba mermando a idéntico ritmo de los estertores del pez. Su mano recaliente por el esfuerzo buscó la de Antonio. Estaba en seguridad, en tanto sus pupilas ensanchadas con un profundo respeto observaba el ojo inmóvil del pez... aún más lejos del ojo, del bote, del agua
Antonio, mentón sobre la cabeza del niño, se percató de que por primera vez le había dicho, hijo, y pensó que había exigido demasiado de Sacha. ¿Qué tamaño sería el próximo? ¿Si no fuera mayor? ¿La frustración? Él había experimentado lo insoportable que es comenzar con algo casi perfecto y después no saber cómo superarlo al paso siguiente. Lo sabía. Era escritor de profesión. Entonces se convenció de que aunque Sacha  no superara por años el tamaño de ese pez, no sentiría el fracaso nunca. Sacha era un solitario pescadorcito de nacimiento, y aquel pez era su victoria sobre la frustración para siempre.
-Es igualito... es igualito- murmuró nuevamente...

Por fin la noche sosegada. Fin de la lucha, esa lucha. Las cañas restantes, encastradas en largos tubos soldados por Antonio al armazón del bote, harán abandonadas su faena o simplemente vacías, el aburrimiento. El farolito intenta solo contra tanta profundidad, resplandor pueril,  para tantos  nombres que se despertarán escritos en el abismo.

-Eh, ¡patrón! ¿Hay pique?-
Dos años atrás escribía borradores a la orilla del río translúcido y la voz lo sobresaltó pensando que no existiría alguien más que él en kilómetros a la redonda.
Agil por la ladera, la figura de un mocosito lo tranquilizó. El ridículo sombrero de peón,  demasiado grande, una cañita colihue con un trozo de hilo, corcho, plomo, anzuelo, la lata de Nereida con alguna que otra lombriz y moscardones semimuertos, patas arriba, hacían del pequeño una caricatura nada familiar.
-No, no mucho. Será la hora o el viento, el lugar, no sé.
-Y ¿para qué está ahí?, Entonces. Venga. Le voy a mostrar donde se puede sacar algo a esta hora- el surgido de la nada, dándole la espalda  inició un sendero angosto. Antonio se apresuró con su caña y cuaderno en mano.
-Esperá, nene, no te veo, los yuyos son más altos que vos.
-Esos no son yuyos don-gritó de algún lado-son rosa mosqueta y calafate, hacen dulce, ¿no los comió nunca? ¡Mire! ¡Uaahhh!-y saltó sorpresivamente frente a la cara de Antonio sacando la lengua toda morada. Antonio retrocedió un paso, casi por caer,  y el chiquito riéndose comenzó a correr-sígame, patrón.
Fue detrás agitado, por una cornisa sobre el vacío, mientras se preguntaba, realmente tras qué nueva tontería estaba corriendo con ese rufián desconocido a la vanguardia. No en vano tenía casi cincuenta años. ¡Cómo para correr por una cornisa de montaña!
-Aquí está don, mire ¡qué lindo!-
El abanico verde intenso se extendió a sus pies con grandes islas cubiertas de coihues, alerces y en la otra orilla lengas rosadas remontaban copiosas hacia la cima con nieve. Agitado en extremo el hombre bajó al borde del agua siguiendo al infatigable pillo.
-¿No va a pescar?-preguntó a Antonio ya rendido boca arriba en el pasto.
-No. No voy a pescar... ¡estoy mueeeerto!
El mocosito tiró su anzuelo a la superficie algo encrespada y sin mirarlo
-¿Ud. de donde es? Patrón- le preguntó
-De lejos... y no me digás patrón.
-¿Cuanto es lejos? ¿Cómo Esquel? Dicen que es bonita.
-No, mucho mas lejos.
-Como ¿cuanto más?
-Como viajar dos días en auto sin pararse ni a dormir.
-¿Y dos días en auto... eso como es de lejos?
-¡Ufa! Lejos, lejos, lejos. Basta, no puedo… ni hablar

Casi no veo desde esta orilla. No obstante el farolito sé, está allá, en algún lugar.
A la medianoche sin ruidos el aire se pone más fresco. Los peces mordisquean la carnada. De tanto en tanto  alguno trepa el aire y atrapa  bichos llamados por la luz. Después calma, calma. Es el principio del mundo.
El muchachito se ha acurrucado más, sobre el pescador  por tibieza. El hombre siempre lleva una capa por si llueve. La extiende encima, el pibe ya no tirita. Se aprieta más.
Antonio recuerda aquella primera tarde. Hasta entonces había vivido como sobre  una cama de cirugía. Siempre auscultado por alguien con el riesgo del error,  la soledad innegable de quien enfrenta permanentemente el bisturí del sin sentido... hasta aquella tarde.

- Y Ud.¿qué hace aquí?
- ¿Yo?
-  En la estancia no trabaja... además Ud. parece medio fino como el inglés.
-¿Inglés?
-El encargado de la estancia.
-¿Qué estancia?
-¿Qué estancia? La de ahí.  La Ruca Lahuén. ¡Si la conoce! ¿Es del Ferrocarril usted. ?
-No, no la conozco, ni soy del Ferrocarril- contestó Antonio acercándose sin levantarse del suelo -Estoy por unos dos o tres meses en  "Las Tejas Negras"
-Ah, antes de llegar a Los Coihues…colgadita sobre el lago como pa’ caerse ¿no?
-Sí, esa. Vine a descansar y vos me hartás con preguntas.
-¡Ah! Descansar. ¿Y de qué? ¿Está enfermo?
-¡Qué chismoso! Como las viejas tomando el té galés en la hostería ¿Cómo te llamás?
-Ah…ahora pregunta Ud.…No sé; el Francecito, me dicen
-Cómo que no sabés ¿cómo te llaman tus padres?
-No sé, como que nunca vienen - agregó el chico con la mueca de quien desconociendo algo, no se interesa demasiado-Vivo en la estancia, siempre vivo ahí. Con la peonada. Este sombrero me lo regaló don Vicente el domador cuando se fue a una doma y no volvió más.
Le sacó el grotesco sombrero. El viento zamarreó el montón de cabellos rubios. La primera mirada. Azules ojos, el niño, sin lágrima y  el ronco, lejano cansancio en  los del hombre. "Igualito" pensó.
-Si no viniste a trabajar, ¿a qué viniste?
-Ya te dije a descansar, a pescar y escribir.
-¿Escribir?
-¿Sabés escribir?
-Un poquito. La Señora Clyde que vive en el casco me enseña cuando puede ¿Me presta su caña, patrón?
-Me llamo Antonio y terminala con lo de patrón.
-¿Por qué le pusieron ese nombre?
-¿Por qué? ¿Por qué? Porque sí... qué sé yo. Y desde ahora yo te llamo Sacha.
-¿Y eso que es lo qué? ¿Me presta su caña patr... Antonio?
-Bueno, Sacha es un nombre de varón. Como el hermano de un hombre muy importante llamado Antón, como yo, que vivió el siglo pasado.
-El siglo... ¿Qué es eso? Préstame la caña...
-El siglo pasado es desde ayer mucho, mucho tiempo para atrás, muchísimo.
-¡Ah! ¿como los dos días en auto?  La caña…
-No mucho más. Sacha y Antón eran rusos...
-Ah!  Bigotudos, gordos como Esmirnof. Viene cada vez que cobra la peonada con ropa y otras cosas. Viera las mujeres la polvareda que arman…se miran el espejito de la Ford o en los vidrios de la cúpula pa've' como le quedan las tela, se ponen tan linda pero esas patas chuecas y nunca pueden comprá' casi naa.
-Ellos tenían bigote, pero eran reflacos. Y murieron tuberculosos.
-¡Uh!! Como los indios de Gualjaina... no tienen trabajo, comida, nada. Ese Antonio que usted dice
-Antón.
-Ese ruso suyo, ¿tampoco tenía comida, ni trabajo?
-Tenía, era médico. Pero era escritor y no le pagaban mucho
- ¿Igual que usted?... Présteme la caña, patr...
-No. Es una boloñesa muy grande para vos. Otro día puede ser.
-¿Cuándo?¿mañana? Yo vengo todos los días aquí,  Clyde me deja.
-No sé,  algún día que nos encontremos de nuevo pescando.


Desde aquí una llamita mortecina ilumina algo la cabeza de Antonio. El recuerdo, las voces pesan sobre sus ojos, el agua lo acuna, lo adormece el cuello humedecido por la respiración del Francecito.

            Antonio a pesar de telescópica y ril alemán no puede con el pez. Un estremecimiento violenta al bote debajo de él. Se parapeta contra el mástil del farol para no ser arrastrado. Algo, atrás, como que lo retiene por la cintura,  pero la presa enorme, de derecha hacia izquierda sin pausa intenta arrastrarlo. Las agallas dilatadas como orejas de elefante sobre las olas dominan la situación... un... dos... tres... cuat... El ril se desprende las manos, una presión le achata la cabeza como si el cielo se achicara sobre él. Un intento de grito se ahoga bajo el agua. No puede. Algo excesivamente macizo lo apisona y el pez prehistórico con sus alas enervadas arrastra por el sedal al bote. Antonio, intenta, intenta pero su voz está bajo la superficie del agua... y ruge al despertar.
Miró hacia todos lados, encandilado por la luz. Varios pasajeros se vuelven a mirarlo. Desde la ventanilla, bajo un oleaje de nubes,  el campo por hilos marrones o azules de ríos teje su manta escocesa. Están ya, sobre la impresionante llanura. La mano izquierda, húmeda y caliente, rodeaba la mejilla del Francesito dormido. Respiró profundo. Apretó el hombro del niñito, sonrió, se rió un poco, más, más, y aunque cubierto con el brazo no pudo silenciar las carcajadas y todos los pasajeros no salían de su asombro. Azafatas y hombres de azul se acercaron que le sucede, señor necesita algo, ¿una crisis de miedo? ¿Hay un médico a bordo? ¿Qué le sucede señor?
- El muy maldito... el muy maldito-la risa lo asfixiaba- se llevó mi mejor... mi mejor-no podía controlarse- mi mejor caña y el ril que me trajo mi hermano de Alemania.
-¿Qué pasa Tonio, que te pasa?- el ruido y las convulsiones habían despertado al chico.
-Nada, nada Sacha... el muy maldito se la llevó... mi mejor caña- el capitán y las azafatas se decían en la mirada está chiflado y al apartarse como de un loco sin chaleco,  y una expresión mal disimulada en las caras de "está borracho, pobrecito, el chico "
Cuando Antonio le dijo que se irían en aquel viaje no de dos días, sino en avión desde Esquel, el Francesito saltó feliz y se lo contó a toda la peonada que sólo habían visto un avión, cuando pasaban a más de tres mil metros sobre las ovejas de la estancia esparcidas entre coirones y neneos.
El día de la partida la tristeza, el temor a lo desconocido y ojos llorosos se mezclaban. El Francesito era uno de ellos. Era esa tierra indomable bajo el viento, era los maitenes repletos de verde hasta bajo la nieve, era los pumas, las maras, los guanacos,  el Francesito era  un patagón. Aquellos petisos chuecos, con un rastro de bigotes, sombreros negros sobre frentes pequeñas y claras no entendían por qué mejor era para el niño ser injertado a algo distinto, ajeno y no morir algún día simplemente como peón. No les cabía comprender que la muerte de un rey o un peón fueran diferentes solo porque sé ritualizaran de manera diferente. Las flores, las velas se chamuscaban tanto en sus ranchos como en el Congreso de la Nación.
Después de aquella primera tarde. Antonio anhelaba regresar al agua. A ese verde abanico donde el niño contrastó como un presagio. Apenas ondulante la majestad del agua y el corazón del niño, humilde bellamente, lo dominaron. Durante dos interminables meses cada día aquel Francesito tan manso como un pitío enternecía la inteligencia añosa  en tanto Antonio le enseñó a sostener su costosa caña, el uso apropiado del cebo, perfeccionar el voleo y  cuando la risa infantil escapaba sobre la velocidad del ril si alguna trucha mordía aquel profesional, escritor o pescador,  demoraba su partida. El libro concluido desde semanas,  había perdido su prominencia
Antonio nunca antes se había interesado en aquella estancia de los ingleses, recortada al pie del Bonete nevado permanentemente, pero el Francesito, huérfano de profesión, le hizo conocer la estancia, las majadas, las tropillas, el aras, todo y la idea de abandonarla, alejarse del cristal luminoso de agua, espejo de lengas, le producían una ansiedad peligrosa. Y poco a poco para el intelectual de aguas profundas la vocecita aguda le quitó su personal ignorancia sobre esa tierra, su gente lejana, su hospitalidad indomable, y por unas semanas ya no escuchó los rumores antiguos bajo la superficie del mar.
Aquella noche durante la cena en el casco de la Estancia miraba a aquel mocosito sentado tan familiarmente entre el inglés Administrador y toda la jerarquía europea de paso. La gigantesca araña de bronce resaltaba al niño entre toda esa gente acartonada y opaca. "Es igualito..." y sentía la fuerza que necesitaba.
Al finalizar, durante el café, antes de que el inglés lo regresara en el Mustang a "Las Tejas Rojas",  todos quedaron aparentemente helados cuando insistió:
-          Merece una vida diferente, un padre, heredar a alguien o algo. Quiero llevarlo conmigo. Uds. pueden tomar sus recaudos, su seguridad, pero no habrá nada  que le impida irse conmigo, excepto el que él no lo quiera.
Y los miró fijamente conociendo que detrás de esa actitud de sorpresa, se escondía un esperado alivio, un librarse de algo culposo. Aquellos pálidos y lánguidos hombres y mujeres de otras tierras que aseguraban tenerle cariño, eran casi los culpables de la orfandad. Al padre, un francés atorrante, otro de tanto zánganos europeos paseando meses en la estancia, lo pusieron de prepo en un avión en El Bolsón. Había que facilitarle el escape la misma mañana cuando corrió la voz de que Eirin, la galesita pueblerina de Los Tepúes esperaba un hijo de quien sabe quien... el violador que hacía dos meses la gendarmería se empecinaba  en encontrar entre puesteros,  peones y obreros del ferrocarril. Y la rubiecita de quince años, después de parir a Sacha había muerto, por anémica…según decía el informe y porque demasiada nieve impidió llevarla a Esquel.
¿Tendría que decirle esto alguna vez al niño o quedarse con aquella mirada verde sin una lagrima cuando el chico dijo que no saber como lo llamaban sus padres, porque no venían nunca?
-Uds. lo aprecian sin dudas- agregó cortando sus pensamientos-  pero todos se irán algún día y lejos y él quedará siempre aquí. Yo le ofrezco mucho más que ser un guacho aquí.

Los días, extensos. Los encuentros sobre el agua o en la estancia, insuficientes. Pescaron regularmente. Comieron sobre el mismo risco, donde colgaban las piernas del chico con un lago apacible muchos metros más abajo. Hablaron, hablaron. El muchachito hizo planes y planes, pero Antonio no se atrevía. ¿Si despertaba viendo una trucha arco iris espléndida huir libre entre las piedras, el sedal roto por su descuido al recoger demasiado cerca de la orilla?
            Entrando en el otoño. Una mañana de marzo el Juez en Esquel citó a todos. El pecho de Antonio, bajo el gamulán, temblaba durante la causa y  más al firmar la adopción. Y veía tras su trazo al Francesito muy seguro aguardándolo en la Estancia con su ropa de viaje, en un bolso sus escasas pertenencias, sintió el abrazo fuerte, muy fuerte, el de siempre. Sintió la tristeza en el rostro de todos, alguna lágrima de mujer estéril, nostalgia futura entre los establos, a las mujeres de la peonada temerosamente de pie sobre los tacos altos de zapatos pasados de moda diez años atrás que no podían ocultar sus mejores pollerones desteñidos. Reclinado sobre el oficio, detrás del Juez terminando su rúbrica, miró el sombrero sudado en manos de los puesteros,  los ovejeros saltando alrededor de los peones y los mozos, látigos al hombro cuando el Mustang del inglés arrancaría hacia la tranquera  rumbo al Aeropuerto de El Bolsón y el inglés, al apretarle la mano delante del Juez no pudo entender la sonrisa del pescador que miraba la ventanilla del auto desde donde el Francesito despedía a todos agitando como un pañuelo en su mano la vieja y  modesta cañita de colihue que por supuesto no olvidaría, como si en ella se llevara enganchado para siempre todo aquello que jamás olvidaría amar.

No hay luz en el farol. Se acabó el querosén pero lo infatigable, sigue llamando desde las aguas aún oscuras... pero ya delante de mí, a espaldas de ellos una línea comienza a dibujar rápidamente el día.

Antonio, agarrotado, despierta. Durmió dos o tres horas, el niño encima de él. Acalambrado, pero por dentro, algo ha cambiado; no sabe qué. Hace dos años que pescan  en este lugar tan distinto al abanico verde, estos veranos tan calientes, y cercanos a gente tan diferente a los de la estancia, a la galesita de muerta prematura, a los señoras tomando té galés en  "Tejas Negras"…  No obstante, algo ha cambiado, a vuelto a ser como allá. Lo ve en el rostro dormido del niño.  “Es igualito”. De manera incómoda guarda el gran trofeo de Sacha en otra canasta mayor, a la sombra. Es hora de volver a casa.
-Vamos, pescador ¡Despiértese! Es hora del regreso- el niño los ojos atacados por la luz imprevista le pregunta.
-¿No podríamos quedarnos para siempre acá, pa?-y se abrasa al cuello de Antonio.
-Vamos, hijito-responde él-recogé las cosas.

Antonio toma los remos  y comienza a deslizarse hacia mi orilla, muy lento, demasiado, como tampoco queriendo abandonar el agua. El chico, sentado en el piso, descansa la espalda y la cabeza en la pierna de su padre. Antonio rema desganado, no por sueño ni cansancio.

-Ya llegará- le dice- el día cuando no importe donde estemos, todo será diferente y agradable. Como estar siempre en el agua. Las personas más bellas, más buenas aún que los peones y las paisanas de la Estancia.
-¿Más buena que ellos?  ¡Nooo!!!
-Sí más buenas, más saludables, más felices y ya no vendremos a pescar.
-¿No vendremos? ¿Por qué no?
-Bueno, quizás, no. Posiblemente nunca vengamos a ejecutar la muerte de los peces. Mirá ese valiente paralizado en la cesta. ¡Cómo peleó anoche! ¿No te da lástima que alguien tan digno de respeto haya terminado así?
           -Y… sí, la verdad me da un poquito…pero ¿qué vamos a comer?
     -Habrá muchas cosas más lindas para alimentarnos, sin necesidad de sacrificar cada vez un milagro bajo las aguas... pero que te parece poder meter las manos allí, abajo , tocarlos, agarrarlos sin que escapen, nosotros dándole de comer directamente en su boca y escuchando en nuestra piel sus voces?
- ¿Cómo a un perrito? ¿Eso dicen tus libros?
- No los míos. Otro sí. Imaginate si ellos estuvieran ansiosos de vernos todos los días, esperándonos, aguardando escuchar nuestros voces conocidas por cada uno de ellos?
-Sería fantástico pa...pero ¿y mis cañas, la nueva que me prometiste? Ya no servirán.
-Bueno, podríamos usarlas igual. Si fabricáramos un dispositivo semejante a anzuelo y le colocáramos alimento, desde aquella orilla podríamos arrojar la tanza cien metros y vendrían a comer justamente el que vos llamaras por nombre, sin lastimar, sin daño.


Disculpen. Es que soy tan viejo y a veces una lágrima se me cae.
Desde aquí observo a Sacha. El Francesito salta dentro del bote. Un destello temprano y eterno en sus ojos traspasa esta espesa niebla que ha comenzado a levantarse. 
Me ha visto.
Debo irme.
Como si no hubiera estado.
Sí.
Me iré antes... aunque el hombre rema como para no llegar. Sacha de pie lo rodea desde atrás con sus pequeños brazos de pescador y Antonio se demora, se demora... ¿esperará en el lago por si llega la noche o por si acaso el Francesito pudiera dar de comer a aquel pez soberbio y salvaje cuando escuche el llamado, su nombre, bajo la superficie del agua?


No hay comentarios:

Publicar un comentario