domingo, 10 de noviembre de 2013

La garra.

(dedicado a Reginaldu)


No era su costumbre golpear al punzante despertador. Además ¿quién logra dormir una noche con cuarenta grados y su artillería de mosquitos afanosa ante el calor?
      -Podrido clima, podrida ciudad-- desencajó la única sábana ajustable para sacar el sudor de la frente. Los ojos cargados de recelo volvieron la mirada tan temprano vencida hacia el primer sol en el ventanuco con el ruido perpetuo de la Pueyrredón y el humo de la fábrica de azufre: la tierra salitrosa se agrietaría más ese tres de Enero- hoy va a estar peor; ni hablar de las colas de desocupados a la intemperie.
Pateó la ropa desparramada por el suelo antes de acostarse, yendo al baño. Se cayó. Cuando con bronca, fue a levantar con el pie la camisa china de $ 6.99, el otro pie se enredó dentro de una manga, pero al no ceder, con el cuello de la camisa atascado a la pata de la cama, sufrió el cimbronazo de su cara contra la madera del piso. Las cucarachas rezagadas, al ras del piso parecían Skodas escapando hacia túneles que él ni sabía existieran. Descansó un rato planchado así; hubiera intentado permanecer para siempre, pero el tiempo es el maldito círculo vicioso, que nunca cierra.
En algún espacio del espejo descascarado del baño vio en su piel amarillenta demasiado usada y enrojecida por el golpe, colgar pelos, pelusitas, astillas de madera, diminutas hebras de alguna escoba de más de cien años atrás
¿Hacía cinco meses que le habían cortado el gas?
Bajo la ducha, abrió ambas canillas esperando mayor caudal de agua fresca. Nada. La flor de aluminio que había sujetado por un alambre al techo el día que se le cayó sobre la nuca, ni se inmutó. Le dio una trompada. Toda la cañería exterior se bamboleó emitiendo un ruido ronco, estertor de plomo dentro de la pared rezongando sus tripas y gases; los caños externos tosieron, cabecearon, un temblor formidable arrancó restos de pintura en la pared y por fin sobre su escaso cabello empezó a descender el ansiado líquido. Herrumbrado. Ínfimo. Caliente.
Mojado, en cueros,  de pie sobre la toalla percudida, con la mandíbula en el ángulo de los dedos meditaba ¿qué me pongo hoy?  El dilema no es qué elegir, no tiene ni para dudar. Las secretarias de Staff, Brocker, Counsellor o de cualquier otra desgraciada empresa de servicios eventuales que se encargan de contratar personal le responderá siempre igual: “Usted supera el límite de edad para el puesto de Contador,  aparte de que en la cadena Hayat...” “Es cierto usted tiene una experiencia envidiable, pero no carece de títulos. Nuestros  clientes ya no quieren personas expertas solamente contadores jóvenes” “Sí, solo para que firmen balances y los arreglan con dos pesos” contestaría él “pero mejor cierro la boca” “Usted está fuera de lo que ofrecen la compañía ofrece” dirá el entrevistador mirando con desdén al Mickey fanfarrón sin notar al deprimido Donald, símil suyo, paralizados en la corbata que le sustrajo al sobrino hace dos años, en la última visita que le hizo.
En esas incongruencias deliraba el contador  en decadencia cuando tiró del hilo que a manera de manija, pendía del orificio en las puertas apolilladas del ropero. Húmedas, mugrientas, las puertas se habían atorado. Aplicó mayor energía; el resto de madera podrida que separaba los dos agujeros se desgarró dejándolo piolín[1] en manos. Se enfureció más. Pateó el piso queriendo llorar de impotencia. Se le hacía tarde. Quedaría último en la primer cola, la más importante si es que llegaba. Introdujo el dedo como un garfio en el agujero de la puerta; se ayudó aferrando la muñeca con la otra mano. Así, gritando, suplicando, “por favor, se me va el tiempo” por favor,  mirando al cielo.
Las puertas se desnudaron del moho que las entorpecía en dos violentas bofetadas contra el hombrecito. Como sacudido por el guante de un boxeador contra la mandíbula, la niebla marina con aroma a mangos se desmadejó desde el interior del ropero en una ondulación volátil y algo semejante a una tempestuosa cabellera lo enredó por brazos, piernas ascendiéndolo desde el toallón hediondo. Avergonzado por su desnudez, cuando tentáculos desmesurándose desde la oscuridad del ropero lo apresaron, pensó que sería derrumbado nuevamente y, más humillado,  ocultó la cabeza entre las manos aguardando que aquello lo despedazase contra el piso de todos modos. No hubo estruendo en la niebla mansa. Algo que aleteaba acarició sus poros prematuramente marchitos sobre la arena....cuando se le apareció Paracurú... el océano a la izquierda, a la derecha tan alto como a quinientos metros frías lagunas de agua dulce donde observaba la selva de cocoteros fundiéndose en el verano y así regresaba remando con los pies en las finísimas dunas, el cielo sobre su vida.
Desde la cúspide de las dunas, los niños sentados, los más hozados de pie sobre sus skate  de trozos de palmeras se deslizaban por el declive casi vertical hasta estallar sus cuerpecitos como alondras de agua en las verdes lagunas. Sintió con placer ese escalofrío de topacio salpicando su cuerpo.
Bajó al mar.
Reginaldo sobre Talúa, su barca, preparaba la red. Era un jangadeiro[2].
Especie rara ese negro. Pelo lacio, hasta más abajo de los hombros surcado por estrías amarillas. Pero esas franjas rubias, opacas y desteñidas de tanta sal son herencia de sus antecesores que en algún tiempo se habrían mezclado, al decir común, con cierta tribu amazónica. Por hambre y miseria  debieron radicarse en la costa. Pero lo más siniestro, estaba en la mirada.
Reginaldo se rió.
      -¿Vamos a entrar mañana bien adentro del mar?
Alguna vez él lo acompañó. El negro, zarpaba por costumbre cada domingo al atardecer desde la playa tan empinada, la última de la gran ciudad, donde casi nadie atinaba a bañarse ni embarcarse. Marcando un semicírculo hasta el otro extremo lejano de la bahía, navegaban veinte kilómetros hasta la Ponta do Mucuripe, como quien da una vuelta por el centro de la ciudad los fines de semana mirando escaparates. Regresaban por lo general muy de madrugada, ambos con demasiada cerveza por dentro, esquivando con elegancia las otras barcas pesqueras de otros paseantes domingueros y ebrios.
Un paseo, no más que eso, pero ¿entrar al mar bien adentro? ¿En esa cosa?
     -Amanhã você va embora- insistió con esa rara ansiedad que el muchacho generaba en el contador. Aquel extraño venido de alguna ciudad muy lejos, porque Prahina está demasiado lejos de todo, ¿cómo llegó aquí? ¿Por qué?-debe tener demasiado dinero para tirarse aquí días y días en mi  arena y le tiene miedo al mar-pensaba Reginaldo.
El negro de veintisiete años era su antítesis. Exponerse al riesgo, a la zozobra, era agredirlo, casi vencerlo. El brillo aciago en los ojos y  los mechones rubios, transmitían esa sensación.
     - ¿Amanhã?  - preguntó al fin el viejo sabiendo que ese tipo, la mitad más joven que él, lo llevaría a territorio desconocido, a un desastre. ¿Acaso él mismo lo ansiaba, cerrar de una perra vez el círculo, definitivo? Aquellos apacibles trayectos domingueros en la bahía, ¿tenían alguna diferencia a cuando en sus tiempos de contador glorioso e invencible se ganaba el lujo de pasear en góndola por los canales malolientes de Venecia coloreados por el ingenio de un argentino sobrador? ¿O qué pasión había en aquello de recoger caracolitos entre las rocas en una luna de miel a solas en Saint-Tropez? Y ahora ¿perseguir fotografiando cangrejos fucsia o malvas por la playa bajo este ridículo sombrero de paja nordestino? ¿O, en el Seaquarium observar, librito en mano, el comportamiento del pez escorpión de Merlet? ¿Por qué el camarón mantis tiene los ojos más complejos de la naturaleza? ¿Para qué le servirán mientras saca una piedra de su casa? ¿Para eso estaba aquí? ¿No le bastaban los libros de la calle Pueyrredón?  Harto de ser no otra cosa sino un aburrido negociante, fracasado, un abúlico espectador de la vida o un megalómano demasiado perdonado por ella, entrar al océano presentaba una trágica diferencia, el pez martillo, pulpos, tiburones mar adentro. Posiblemente, sintiendo que se entregaba o se ponía a merced de un océano que a nadie invita ni rechaza y al brillo especulador en los ojos de ese negro, como sometido a lo impostergable-Poderia ser amanhã- contestó sumiso.


Decena de hombres morenos a las cuatro de la madrugada preparándose para zarpar en sus jangadas[3] perfilaban el imperceptible amanecer sobre las aguas. El silencio estorbado por el roce de amarras, troncos de piúva[4] o la guitarra trasnochada contra la puerta cerrada de cualquier bodegón que lo rasgara
“partió lejos con la noche en sus manos
 el mar la llevó lejos, lejos
 y no está más buscando en la oscuridad
 mi barca, mi llegada”  
Ayudó a Reginaldo a empujar a Talúa desde los troncos de carnauba donde se la varaba. El oleaje sereno les baña los pies mientras la regresa a la arena. Un viejo quiso ayudar, pero el breve ademán de Reginaldo lo hizo desistir.
     -Sube tú- dijo Reginaldo-
     -Pero
     -Sube, te digo.
Intentó solo y cuando la barca ingresó en una ola más elevada casi al instante se inundó.
    -Va naufragar-gritó el ejecutivo aferrándose al tronco de la vela. Por fortuna fue solo su miedo de costumbre. Reginaldo se lo había explicado; es prácticamente imposible que se hunda la jangada aunque pesa unos trescientos kilos. En ocasiones si vuelca se requiere un marino experto y un buen nadador para enderezarla. Todo eso era Reginaldo. Saltó a la popa desde donde podía manejar el timón y condujo algún kilómetro adentro. Cuando desplegó la vela triangular blancuzca que se comenzó a inflar a medida que avanzaban, el viento se hacía más recio,
     -Los abuelos no usaban vela- comentó- cuando vinieron los portugueses la agregaron.
     -Cuan ignorante soy-se dijo el contador en tanto aquella cancioncita costera le despertó toda la nostalgia y comenzó a susurrar una similar de su tierra:
En mis pagos hay un árbol
Que del olvido se llama...
Para no pensar en vos
bajo el árbol del olvido
me acosté una nochecita, vidalitay,
Y me quedé bien dormido...
Despertó a la broma de Reginaldo cuando, como descomunal pico de águila se meció en ángulo sobre el viejo la vela grisácea inflada que avanzaba victoriosa contra los escollos del mar o el fragor del viento.
Estarían más de treinta kilómetros alejados de la costa. Ninguna otra barca. Le pareció muy raro, porque sabía que mar adentro siempre iban en grupos.
     -Vamos a entrar hasta los sesenta-el negro arrió la vela.
     -Estás loco nadie entra tan lejos solo.
     -¿No? ¡Ja! Ya verás. Echaré el ancla-y señalo una gran piedra dentro de un armazón de madera- disfrútalo mucho, no habrá otra venida- gritó Reginaldo.
    -Lo que pueda- respondió el otro intranquilo porque sabía que se necesitaban al menos un jangadeiro más en cada costado y otro en la proa para conservar el equilibrio.
    -Nunca dijiste por qué estás aquí, ni por cuánto.
    -Nadie sabe por qué está donde está ni hasta cuando. Nadie.
    -¿Será que como todos necesitas un lugar lejano para escapar de algo?
    -¿Escapar? Desearía haber vivido siempre aquí.
    -No me contestaste.
    - Todo es distinto. Sin embargo a veces cuando deambulo en la noche por la vereda del mar, esas luces tan pequeñitas bajo los techos de hojas de palmera… las risas de ustedes, los pescadores en la oscuridad, siempre ríen… me suena a burla.
    -¿Burla? ¿De qué? Solo una choza es lo que tenemos. Burla ¿de qué?
    -Sí, sin intención, inocente, pero burla; como si me abofetearan-y gritó desde la proa con las manos como bocina-“¡Nosotros sabemos por qué estamos aquí, tú no! ¿Qué haces aquí donde no te corresponde?”
    -Estamos encerrados. Más allá están ustedes. ¿Quién podría vadear este mar infinito siempre vigilante? Aquí estamos nosotros miserables, pobres; sin poder escapar con la jungla insalvable siempre detrás.
    -Como intentando huir ¿sí?
    -¿Quién no?
    -¡Qué más quisiera yo! Estar aquí y saber por qué...
    -¿Por esto?- Reginaldo extendió un brazo en círculo - ¡bah! Nada mais do que uma cabana, um peixe, alguns feijões e arroz todos os días. Arroz e feijão, só arroz e feijão para os mais pequenos-hizo un largo silencio- Ninguna escuela, y cuando la diarrea o el cólera se lo lleva ya ni tiempo tuvo el niño para preguntarse por qué estuvo aquí – Reginaldo blandió su navaja con rudeza con rudeza-¿por qué estuvo aquí?-había resentimiento, desgracia en el tono-pero por suerte sólo estuvo muy pocos días. No necesitó espantar la muerte cada amanecer sobre estos siete metros por uno ochenta como en una cáscara de palmera por el resto de su vida.
El zigzagueo brillante en una mirada carente de sonrisas, la agresión en el habla sin control reprochaba ausencias dolorosas.
El viejo como un jangadeiro más estaba de pie en la proa, no tenía otro refugio. ¿Necesitaba refugio? ¿Qué había comenzado a suceder? ¿Quién sabía de ese viaje suyo mar adentro con ese negro ahora ensombrecido? ¿A quién le interesaba ese viejo de todos modos? Podría suceder cualquier cosa y nadie lo sabría por siglos. Si alguien lo amaba estaría a miles de kilómetros y seguramente ignorando su nuevo vagabundeo.  Su vida era todo esa mañana, flotar como decía el negro sobre una cáscara chata, apenas sobresaliendo de la línea de flotación, con un breve palo donde apoyarse para espantar la muerte, aunque él ¿se había embarcado ese día para espantarla, en realidad? Flotar sobre una membrana de vida, ¿hubiera sido muy disímil?  Y con aquel tipo que por algún sin sentido le arrojaba su resentimiento madurado casi tres décadas... ¿qué flotaba en el aire?
     -¿Cuánto vale tu reloj?- el dedo negro apuntó el Rolex de titanio en la muñeca de él.
     -¿El qué?- preguntó el contador, saliendo de sus cavilaciones.
    -El reloj.
El viejo observó a Reginaldo y se sintió una ostra en la inmensidad del piélago fosforescente.
     -Podríamos hacer una sociedad nosotros-desvió la conversación- La sociedad del mar, comprar jangadas, mejorar la tuya. Talúa,  será la reina de la flota. Contratar algunos amigos tuyos diestros, y trabajar la pesca organizada.
    -Mira estas manos. ¿Ves las cicatrices, las callosidades?-el negro soltó el rústico timón y extendió las palmas de las manos en alto- Usamos la manzuá[5] solo para atrapar langostas pero el resto, tú lo sabes, lo pescamos sin cañas a sisal limpio que nos agrieta la piel.
    -Entiendo, por eso deberíamos formar…
    -Sí una cooperativa como dices desde que te conocí… tendríamos más barcas, más faena, pobres siempre, ajustados, coqueteando con tiburones, mientras tú todo el día en tu hotelito ¿eh? – lo atacó Reginaldo inesperadamente mientras sus manos color barro con la filosa navaja eliminaban hilos sobrantes de remiendos en la red- y nosotros aquí.
    -No, yo
    -¿Cuánto pagaste por ese reloj?
    -No, yo me acostumbraría a venir todos los días, sí, con todos a pescar...
El negro en su ironía, arrojó la cuchilla que se clavó a un palmo de la pierna del otro hombre.
    -¿Cuánto cuesta tu reloj?
    -Anoche tomaste muchas cervezas de más.
    -Sí, ¡muchas! y sin dormir soñé que estaba colgado aquí, en el borde. En el lugar del mar, había un agujero espantoso  y ese pájaro maligno me hería con el pico las manos. Miré hacia abajo y el fondo era como cráter de volcán cubierto con un reloj. Las agujas giraban sin parar envolviéndose en humo y fuego. El pájaro seguía mordiendo mis manos ensangrentadas y estaba por caer cuando, de pronto…
El viejo se quitó el reloj y con un gesto asustado entre las cejas se lo arrojó. Tan desconfiado como ágil el negro lo atrapó, pero no supo como ajustar la malla. El contador se acercó temblando al muchachón, le tomó el brazo:
    -Así, pendejo idiota-protestó, presionando la traba de titanio- así.
    -¡Iujuuuu!- aulló el joven apreciando en lo alto el titanio que refulgía sobre su piel, y los saltos hicieron bambolear a Talúa vertiginosamente que el viejo se abrazó al palo de la vela. El pecho del negro parecía explotar y alzándolo en el aire como nada apretó contra sí al compañero de tripulación quien suspiró aliviado o lleno de terror.
El océano era una pizarra estática, extrañamente inmutable, insonora.
Reginaldo vociferó de satisfacción a los cuatro vientos; se desnudó totalmente e impulsándose con los pies dio una voltereta contra el cielo despejado para hundirse de cabeza en las entrañas de la sal. Asomó resoplando un saludo para el viejo con el brazo del reloj en alto. Se sumergía resurgiendo otra vez treinta o cuarenta metros más allá y regresaba escalando la distancia con la precisión y belleza de un delfín negro.
El contador añoraba eso.
Prematuramente envejecido por un sistema de presiones y status, ahogó su destino de fuego tras la máscara perfumada de corbatas de seda italiana al principio y al final de dos por cinco pesos. Era demasiado tarde; tan sólo pensar en lo perdido espantaba más que lo perdido. Y aquel grotesco personaje, quizá no tan grotesco como él mismo, despreciaba, aparentemente, todo lo que él, envejecido ya no sería capaz de hacer: maniobrar esa Talúa tan endeble en un mar de borrascas, arrastrar mil kilos de pescados en los remiendos de la red, sumergirse en aguas negras donde seres extraños quizás planearan eliminarlo, traer y llevar esos barcos de juguete contra las olas rompientes, o subir descalzo veinte metros por un tronco de cocotero, compartir el sueño de su niño escapado antes de tiempo en su loft de hojas con lagartos, arañas o cangrejos y todos los días pescado con feijoada... ¿era eso lo que le atemorizaba en aquel negro, ahora un aparente chiquilín ansioso de juguetes dañinos, un anfibio sin conciencia nadando con la amañada señal de muerte del titanio en su muñeca? ¿O sería capaz de eliminarlo por simplemente creer como sus padres, haber nacido en una situación de la cual no podría alejarse jamás? ¿Qué estaría planeando?  ¿Borrarlo, por lo que no tendría jamás de otro modo?
Fue un pensamiento funesto, repentino, librarse de ese negro.
¿Por qué? ¿En realidad cuál era el riesgo de permanecer allí con él? O todo el riesgo ¿estaba latente en el negro... su tiempo perdido y por perdido, irreparable?
Había algo tan vago, tan indefinible, tan ambiguo en toda esa situación como la misma razón de haber aceptado la proposición del viaje sabiendo lo que en realidad sucedería.
¿Qué pretendía de él, ese pescador? ¿O qué pretendía él? Es más ¿cómo regresaría sin el negro? ¿No sería mejor escapar en el sentido contrario?  ¿En el sentido contrario? ¿El océano? Imposible. En un instante aleteó dentro de él el mismo sentimiento del negro, lóbrego, prisionero, encerrado en una isla de contornos inviolables.
¿Por qué razón hacía dos meses que mañana a mañana se encontraron sin haberlo planeado jamás?  A partir del amanecer en que lo vio, gigante de pie en la popa, con los comerciantes a sus pies peleando precio de langostas, rayas que sin ayuda alguna recogiera millas adentro. ¿Qué los había unido, sin saberlo? Ambos callaron sus cosas y aunque no sabían dónde viviría el otro cada día se encontraron  ¿Eran dos desesperanzas atraídas secretamente por una peligrosa admiración o envidia mutuas?
Librarse del negro, fue un pensamiento siniestro. ¿Por qué era impostergable?

    -Cuando el trueno rugió, ¿de qué sirve taparse las orejas? ¿Lo habría aprendido de Reginaldo?- pensó acercando hacia sí el trozo de madera pesada, donde enrollaban las redes sin uso, para cuando el negro reapareciera, por si acaso.
Fue repentino. El negro surgió a sus espaldas, los jirones rubios del cabello pegado a los hombros. Él aferró el trozo de madera. El negro se escabulló debajo de la popa.
El silencio se quebró cuando el helicóptero pasó rozando el agua hacia la isla. El viejo hizo las señas de un mensaje tan desesperado como incomprensible con el garrote de madera en alto. Reginaldo los saludó desde el agua, agitando el brazo del reloj, pero el helicóptero de la Petrobras continuó destino a las plataformas petrolíferas allá lejos, esas torrecillas de escarbadientes, o más lejos todavía,  a la Isla de Noronha de seguro.
Reginaldo se aferró al borde de la barca y sobre él la sombra del viejo con la madera temblando parecía el pájaro perplejo que lo había picoteando en sueños. Antes de que el contador  pudiera endurecer sus gelatinosos músculos, el muchacho brincó como un pez espada, rió y así, mojado y desnudo se recostó boca arriba. La respiración agigantaba rítmicamente el tórax de uno por el ejercicio arriesgado, y del otro por el ensayo macabro esperando que el negro se durmiese.
El muchacho lo miró radiante, cerró los ojos, giró sobre un costado, dejando el cráneo expuesto. El contador esperó que la somnolencia lo dominase y observaba algún lugar del cráneo del pescador, el garrote, el cráneo, el garrote, el cráneo.
Fue al iniciar el hombre el envión de quien levanta un hacha, que el negro semidormido cubrió su cabeza con el brazo y en el titanio las agujas  comenzaron a girar atropelladamente hacia adelante hacia atrás, hacia un joven tan blanco como pobre, atascado entre imposibles. Los músculos flácidos desobedecieron desplomando al viejo en el extremo opuesto de la barcaza, a la sombra vetusta de las redes que como el negro todavía aguardaban el milagro diario.

La ráfaga, angular y solitaria, ardió sobre Reginaldo sacándolo del sueño con brusquedad.
    -¡Eh, hombre, mira detrás de ti!- gritó al contador, que aun en el pasado descorrió las redes. Frente a él alguien abrió como un cofre en un punto inalcanzable del horizonte donde el mar y el cielo parecían estrangularse: relámpagos mudos se fundían en si mismos y al converger en diagonal hacia los hombres, nubes rojas y verdes, elefantes imparables los engullían. Como frente a la amenaza del volcán en las islas miró tan  desconcertado mientras el pescador que se vestía veloz-Desamarra la vela, desamárrala ya.
Agilizó sus manos, con dificultad logró destrabar dos nudos, cuando por la segunda ráfaga aislada más violenta trastabilló y el blanco golpeó contra cubierta.
    - Vamos. No te quedes tirado ahí-lo levantó de un brazo empujándolo contra el palo de la vela. Desató los nudos restantes, la enarboló  en el momento preciso que la tercer ráfaga azotó, era lo esperado para hacer virar la embarcación hacia la costa aunque parte de la vela se desgarró- ahora veremos si es como decías que te gustaría ver a la naturaleza desplegarse con furor sin que nada la pare, veremos.
Diez minutos antes nadie lo hubiera imaginado. Las nubes se encrespaban más aún y con precisión endiablada convergían sobre el cascarón como si fuese el ombligo del mundo en ese instante. La tormenta entenebró el cielo a las tres de la tarde; solo los relámpagos hicieron la diferencia aunque el contador acostumbrado a verlos caer sobre su llanura distante nunca comprendió dónde comenzaban o terminarían,  pero rugió ante la idea de que en esa planicie inestable y neurótica todos los senderos hambrientos convergían hacia ese mendrugo espumante de barco.
La lluvia en guillotina sin aviso los desparramó;  resbalaron de espaldas, sentados, de costado, era inútil ponerse de pie. Reginaldo, casi en cueros, aguantaba indomable pero el otro sentía congelársele el resto de los años. Un soplo  en dirección totalmente opuesta a la tormenta  engolfó en el resto de la vela inclinándola hasta quedar horizontal, casi paralela al agua, y el jangadeiro debió oponer su muralla al cuerpo del blanco que sería arrastrado hacia lo profundo. Los relámpagos se repitieron en el Rolex del brazo cuando atenazó al viejo, mientras con el otro rodeaba el único palo que no se había desprendido de Talúa. Cuando esta pareció enderezarse, soltó al viejo, tomó lo nada de vela restante, la ató en tres nudos, fracción antes de que las primeras olas comenzaran a barrer la explanada nuevamente. El viento detrás, la orientó  hacia la costa, lejísimo; deberían mantener ese rumbo a pesar del oleaje que recién comenzaba.
En ese instante todo pareció detenerse.
Reginaldo sabía cuánto engaña el mar en las cosas que varían por minutos.
El cielo, estanque viscoso de petróleo, deforme, sin relámpagos. La lluvia imparable. El viento, congelado en el vórtice lejano del ciclón.
    - Aquí, sin moverte, ni soltarte de mí-atrajo al viejo e hizo que con un brazo se aferrara a su pierna que parecía soldada a la base. Aunque quiso, en esa noche sin aviso al comienzo de la tarde, no pudo ver el resplandor siniestro de costumbre en los ojos del negro; con el coraje altivo en la mirada-ya se aproxima – dijo quedamente.
La misma sensación. El espacio frente a ellos, dilató su pulmón de silencio ensanchando la distancia entre los hombrecitos el océano y el horizonte clausurado, pero la tormenta siempre acechaba. ¿Será el fin, el principio esto? Tan testarudo el contadorsuelo dedujo que sería solamente el fin, nada más, el saldo de su cuenta en rojo y respiró la última oportunidad, abarcando todo el aire húmedo posible como nunca lo hiciera antes.
El vacío espera; tan sólo la lluvia se mueve y estrella contra los cuerpos.
La barquita, inició su desliz sobre la superficie ahuecada en un semicírculo, ascendió al tope extremo del mundo, y descendió al abismo atravesando un túnel donde el ruido apagado  acható a los hombres contra la superficie. Talúa impelida a través del pasadizo, quien sabe por quién, cuando finalmente el universo se derrumbó sobre ella con crujir lamentoso el palo de vela se quebró casi al ras y azotó la explanada de troncos a pulgadas del viejo. El muchacho, como un resorte se desprendió bruscamente y arrastró consigo al amigo. El silbido del mar había dado su coletazo sobre el costado a punto de voltearlos en un giro de campana. Se aferraron a la nada; cuando la bestia avasalladora niveló todo se encontraron abrazados al resto del palo retenido sobre cubierta.
     - Vendrá de frente esta vez-dijo Reginaldo sin necesidad de gritar-al piso, pai al piso- lo empujó sin miramientos, se arrojó sobre él boca al cielo, en tanto encajaba los pies en el agujero para la quilla  y los brazos en arco cóncavo aferraron los bordes de la jangada – garra virá novamente, garra virá a nao sei...
El contador, escupía agua salada que se le venía contra la boca. Ya no discurría en por qué, ni cómo habría llegado hasta eso. Estaba allí; un negro desconocido con la vista clavada al cielo, aprisionando parte de su cuerpo exhausto  contra la madera vieja por donde el mar declinaba hacia el mismo mar bañando el Rolex del muchacho indicando en la oscuridad un misterioso pasado las cuatro. El único cedazo de red que no había sido arrebatado se amontonó contra sus ojos, su boca, sus orejas. Hasta el silencio se ahondó más, y la idea de estar prisionero en alguna mazmorra, alejado de todo peligro, protegido de todo peligro lo dominó y se sintió víctima a sacrificar por su propia estupidez cuando un vestigio de vela resaltaba en la oscuridad hacia adelante, una flecha, una señal en el camino.
La fuerza funesta succionó bajo la superficie de madera aumentando la depresión entre ellos y el cielo amoratado. Sólo recordó haber visto en ese momento la muralla estirando su garra hacia ellos. Reginaldo boca arriba sujetándolo todo.
     -Es la garra, es la garra-gritó dándose cuenta que estaban en el extremo derecho de una marejada tan elevada y adversa como para derretir al mayor buque tanque. Nada en la superficie de Talúa pondría resistir a una mole de veinte metros.
Talúa un pequeño detalle de madera, astilla de palmas, ellos serían unos peces más si se dejaban arrastrar bien aferrados a aquel coco flotante en la borrasca. Giraría y giraría, aunque diese vueltas y vueltas quizás sobrevivieran, quizás. La garra rompería en algún punto de los altísimos arrecifes y continuaría rompiendo sucesivamente en los canales laterales hasta diluirse sumisa, a menos que la vorágine sobre ella…
Cuando la cresta de la garra estuvo a unos cincuenta metros, Reginaldo pensó que se achicaría, pero era imposible. Lo real era que la energía en las raíces de la marejada los elevaría hacia el tope, con las nubes rozándoles la frente. Clavó las uñas en los bordes de la barca, entesó los pies contra el agujero para la quilla asegurándose que el cuerpo del viejo, bajo el suyo, no se desprendiese y dejó que la garra los pasease por la muerte a más de sesenta nudos por hora hacia un fin inexplicable. Había oído de eso a algún viejo sobreviviente en una jangada, cuando la garra arrebató barrios enteros en la costa baja de la capital del Estado. Su Talúa comenzó a ser apaleada como una muñeca de trapo húmedo y pegajoso. Ascenso y descenso hasta el punto de ser engullida en un rugido feroz entre volteretas y  cabriolas mortales, todo a una en el intento de la garra por arrasar a aquellos dos gusanos que ensuciaban la cubierta de Talúa.
Tras un tiempo incalculable el cielo se puso algo más claro. Creían estar superando el fin de la borrasca. Reginaldo intentó calcular el muy reducido lapso en que estaban siendo devueltos a casa. Se equivocó, ni la marejada ni el ciclón disminuyeron. El desastre latía delante de ellos con su final desbastador.
De pronto como en un choque de barcos, aquel vértigo fue frenado de modo bestial. Su corazón bautizado en la sal marina comprendió con rapidez y pesar a la vez. Las raíces de aquel mar desatado los habían devuelto a la costa cien veces más rápido de lo que hacía regularmente y habían rebotado contra el más encumbrado arrecife que los separaba varios kilómetros de la costa oeste. Allí la corteza submarina poco profunda comprimió brutalmente el oleaje, redujo en cuarenta segundos su velocidad a menos de la mitad, y lo transformó en una montaña moviente con fauces de menos de diez metros de alto. Cuando la raíz violenta de la garra venida de tan lejos perdió repentinamente profundidad contra el arrecife, elevó a la jangada casi desecha hacia la cúspide de espuma sacudida por la violencia del viento y en un instante la luz olvidada los enceguecería.
Cuestión de segundos. La ola se suicidaría sin misericordia. Reginaldo se soltó, no encontrando a qué aferrarse al momento que la jangada partida en dos por el espinazo como caballa dejó que fueran arrojados más alto que la cumbre asesina en tanto los restos de Talúa fueron engullidos sin piedad por la nueva ola recién gestada.

Eran las 17 horas.
El peor peligro no era ser cortados en dos pedazos. Ni ser aplastado por la ola. Lo sabía, el peligro era ahogarse. Estaba bien acostumbrado a ese mar, pero ¿el viejo? Tampoco él conocía aquellos instantes en que tras la garra, bajo el agua, no se puede distinguir en qué dirección estaría la superficie para nadar hacia ella. El pánico, en ese instante era lo peor de la garra y en eso él tampoco tenía experiencia. Llevado hacia la zona de impacto en el vientre espumoso tan denso y sombrío le era imposible ascender. ¿Ascender hacia dónde? Todo era oscuridad entonces. El cielo seguramente despejado del atardecer afuera destilaba luz, pero la compacta barrera de espuma la bloqueaba y aquel pescador joven se encontró desorientado, ciego.
Luchó ferozmente al sentir que el cuerpo se le desharía en mil fragmentos. Aquel viejo pescador sobreviviente había contado que en un colapso de ese tipo había una fracción pura de tiempo, un instante, ni antes ni después, ni pasado ni futuro. Solo un fragmento que aunque se siente eterno es infinitesimal. Ascendería por una montaña que cambiaría de modo inexplicable sin darle tiempo a adaptarse, inmerso en un caleidoscopio de protuberancias que aparecían y desaparecían como ráfagas líquidas sin permitirle nada, sin saber si la superficie estaba sobre su cabeza o bajo sus pies.
Aguantó lo más que pudo sin tragar agua, impulsándose con los brazos en cualquier dirección en la oscuridad hasta que estallaran sus pulmones. Hubo un segundo, con los ojos cerrados cuando sintió que su cara fue azotada por algo que no era agua y nuevamente fue tragado hacia el fondo –Es aire, viento- se dijo y arremetió en la misma dirección que pensó habría sucedido. Se empecinó hacia esa dirección del aire donde supuso terminaría ese diabólico encierro.
Todo sería diferente. Su cabeza al aire parecía la aleta de un escualo cuando entró al canal de aguas profundas a su izquierda que conocía muy bien desde la infancia cuando se lanzaban al fondo del canal izquierdo desde los arrecifes. Con un poco de suerte, si encontraba las rocas podría salvarse, antes de que la siguiente ola se abatiese sobre él con tanta violencia como la anterior. Se zambulló con rapidez hacia el corazón del canal donde la raíz de las olas carece de influencia. Así y todo hubo un tiempo en que debió dejarse mecer de aquí para allá como un pez muerto flotando hasta que logró aferrarse a una roca. Trepó a ella, respiró sin interrupción mientras ola tras ola iban muriendo en su estertor. Estaba en casa.

Andrajoso, erguido sobre el mayor promontorio, observó las olas que rompían cada vez más vencidas y trató de saber qué habría pasado con aquel tripulante, su compañero. El Rolex marcaba casi las 18 horas y aunque él no supiera leerlo el atardecer rojizo dentro del reloj le aseguraba que media aldea amurallada en lo más alto donde la garra jamás llegaría, lo estaría buscando. Hacía años que no se hablaba  nada de la garra. Era cosas de viejos, decían.
Descendió hacia la zona baja de la playa donde creyó que fueron lanzados al aire por el oleaje. No podría llamar al viejo porque ignoraba su nombre. Sólo sabía que aquel hombre representaba todo lo que él no era ni sería jamás. Pero estaba convencido que si dos hombres pueden  tutear al mar como lo habían hecho esa tarde, es porque  la misma sal le sangra por las heridas. Si el viejo había soportado por dos horas la rutina del jangadeiro, rutina de sal, sol, sudor y tormenta, el viejo era como él, un jangadeiro más. Por eso comenzó a gritar lo único que el otro podría comprender, el lenguaje humano:
     -¡Eh! Pai, pai – reforzando con la bocina de sus manos, mientras negro y robusto saltaba sobre la superficie filosa de las rocas, enmarcadas en la fragorosa saliva de las olas- Pai, pai- solo ondas aquietándose – pai!!!- algo grisáceo y amarillento ondeaba y se detenía en la curva llana de la bahía a ras de las piedras según la rompiente llegase a la parte de la arena donde no podía avanzar.
Conocía eso, corrió.
Aquel retazo de la vela de Talúa, aunque desgarrado, había superado la voracidad de la tempestad atado a un trozo del mástil que flotaba. Abrazado a ese miembro en pedazos de Talúa, todo ensangrentado, el extraño del reloj.
Se arrojó hacia él. Parecía soldado al mástil de la vela. Costó mucho desamarrarle los brazos para volverlo boca arriba. Le arrancó trozos de red en la boca, los que le aprisionaban la garganta. Las últimas nubes brillaron un poquito en un ojo entreabierto y quieto.  Lo levantó y en sus brazos lo llevó hasta depositarlo en la arena libre de rocas.
     - Amigu, amigu – bramó, dándole unas bofetadas que más que reanimarlo lo hubieran matado a no ser que en el fondo el viejo... – meu irmao, meu irmao-casi llorando Reginaldo encaramado a él, comenzó a presionar los pulmones que si no reventaban, responderían- pai, pai, não vá ainda, nao va- Por un momento ambos ojos verdes se abrieron más y las nubes reflejaron algo mejor. Puso una oreja sobre la boca del viejo. Un hilillo de hálito intentó salir. Retornó a presionar el pecho, el diafragma, con un poco más de cuidado y rítmicamente. Un zumbido constante se inició en sus oídos. El hombre más pálido que blanco se agitó de pies a cabeza, como por alto voltaje dos veces. Debió suponer que era la mar nuevamente en su intento de destrozarlo. Se arqueó un instante, y la fuerza interior convulsiva se rasgó en un gemido quebrado y el agua borboteó atropelladamente.

El oleaje insiste contra la playa y el viento casi lo empuja a romperse con suavidad, primero aquí, luego allá extendiendo una caricia sobre el suelo donde habría muerto el contador si no fuera por residuos de madera, vela y redes de Talúa la vulgar, la empobrecida  la jamás hubiera osado compararse a los acorazados yanquis que surcaban altivos y señoriales frente al modesto embarcadero de carnauba en la playa casi vertical donde nadie querría ni zambullirse ni zarpar.
Y allí se los ve, protegidos del frío crepuscular con los harapos sobrevivientes de Talúa.
Reginaldo, el negro,  quemados por tanta sal la piel, la melena negra y pajiza, un Rolex de titanio en la muñeca, asciende por la escollera llevando en brazos una ofrenda a un viejo aterido, un pálido cuerpo casi cadáver, incrustado de astillas y algas hediondas que lo obligarán a vivir.
A sus espaldas la garra abierta cuando los ve alejarse extiende un bramido en sosiego, el último trueno, en tanto la oscuridad la adormece porque los dos muchachos mañana... zarparán sin apiadarse de ella.




Omar A. Dagatti Giuliano, Paracurú,  Fortaleza (Ceará) Brasil





[1] Trozo de hilo muy reforzado que utilizan los albañiles en la construcción
[2] Intrépidos pescadores de Brasil.
[3] Jangada significa “unión”, por los portugueses, quienes antes de llegar a Brasil habían incorporado esta palabra tamil a raíz de sus expediciones a la India.
[4] Cinco a ocho de madera con que se construían las viejas jangadas.
[5] Trampa casera hecha con bambú y nylon. 

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